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De Cancún a Cancún: disfraces megadiversos

Jul 15 2003

Silvia Ribeiro

ALAI-AMLATINA, 14/07/2003, México. En febrero de 2001 se
reunieron en Cancún, a iniciativa de la Secretaría de
Medio Ambiente y Recursos Naturales de México (Semarnat),
representantes de 12 países con los más altos niveles de
diversidad biológica y cultural, para conformar el
llamado Grupo de Países Megadiversos Afines. Actualmente
sus miembros son: Bolivia, Brasil, China, Colombia, Costa
Rica, Ecuador, Filipinas, India, Indonesia, Kenya,
Malasia, México, Perú, Sudáfrica y Venezuela. Según su
propia estimación, en estos países se encuentra 70 por
ciento de la diversidad biológica y 45 por ciento de la
diversidad cultural (léase indígenas, campesinos,
pescadores, comunidades negras, habitantes de los bosques
y otros).

Ese grupo ha actuado desde entonces como organismo de
«consulta y cooperación para promover los intereses
comunes relacionados con la conservación y uso sostenible
de la biodiversidad» en varios foros de Naciones Unidas,
tales como el Convenio de Diversidad Biológica, la Cumbre
Mundial de Desarrollo Sustentable en Johannesburgo y
otros.

La «consulta» ha sido desde entonces entre sectores de
gobiernos y en ninguno de los países se han molestado en
consultar a 45 por ciento de la diversidad cultural del
mundo presente en sus países para saber lo que opinaban
de esta propuesta. Esto no inhibió que México en
Johannesburgo, aunque hizo un vergonzoso silencio sobre
la contaminación del maíz indígena con transgénicos -que
aún mantiene- y a la falta de respeto a los derechos y
culturas indígenas, destacara esta iniciativa como una de
las mayores contribuciones que ha hecho al desarrollo
sustentable. O a que Bolivia, mientras perseguía y
reprimía a los indígenas y campesinos de su país,
informara que su mayor logro en esa cumbre había sido
integrarse al Grupo de Países Megadiversos Afines.

Inmersos en un considerable derrame de «ecodemagogia»,
como la llamó Alejandro Nadal, los objetivos reales del
grupo son constituir la plataforma de un cártel para
vender su biodiversidad al mejor postor. Funcionalmente
a este objetivo, en la Declaración de Cancún que les dio
origen, sientan las bases, entre otras cosas, para la
valoración económica de la biodiversidad, para fomentar
la participación privada en la «conservación» de ésta,
las patentes sobre seres vivos a cambio de que se
reconozca el origen de los recursos y se pague algún
porcentaje sobre ellos, y ya que estaban en las
confesiones, también para fomentar el desarrollo de la
biotecnología.

En una reunión posterior realizada en Cusco, Perú, en
noviembre de 2002, recogen también el mandato de la
Organización Mundial de Comercio (OMC) en Doha, donde se
planteó que en el contexto de las discusiones sobre
propiedad intelectual -ADPIC, que obliga a todos los
países miembros a patentar seres vivos-, ver la relación
de estos acuerdos con el Convenio de Diversidad Biológica
(CDB) y el conocimiento tradicional. Una propuesta que
ya desde antes había sido ampliamente rechazada por
muchos pueblos indios y organizaciones indígenas,
campesinas y sociales del mundo, por oponerse a cualquier
forma de patentamiento sobre biodiversidad y
conocimientos asociados a ella, y por considerar que la
OMC es el foro más antidemocrático e inadecuado para
tratar estos temas y que su inclusión responde al intento
de subordinar -ahora legalmente- todos los temas a la
voracidad del dios único del comercio internacional y a
sus sacerdotes, las trasnacionales.

Paralelamente, el Convenio de Diversidad Biológica ha ido
allanando este camino cada vez más, por ejemplo mediante
las Directrices de Bonn, que aceptan las patentes como
medio para recibir un «reparto de beneficios» por el uso
de la biodiversidad, y que insta a que los países -sobre
todo los megadiversos- creen legislaciones de acceso a
los recursos genéticos que legalicen la biopiratería. Al
mejor estilo de Inglaterra con Francis Drake, que
mientras no pagaba porcentajes a la corona era un salvaje
pirata, pero cuando accedió al «reparto de beneficios»,
siguió haciendo exactamente lo mismo, pero la corona
inglesa lo nombró sir Francis Drake.

El próximo septiembre se cierra el círculo y, otra vez en
Cancún, ahora en la reunión ministerial de la
Organización Mundial de Comercio, los integrantes de este
Grupo de Países Megadiversos Afines, liderados por México
como anfitrión, se preparan a aparecer como los grandes
defensores de la biodiversidad y el conocimiento
tradicional, al demandar que los ADPIC deben asegurar que
se reconozca el origen de los recursos para patentar y
que se pague algún porcentaje por ellos.

O sea, ahora parece que las patentes, que son uno de los
instrumentos privilegiados de las multinacionales para
privatizar y monopolizar los bienes comunes y públicos,
serán el instrumento justiciero de los mismos pueblos a
los que han saqueado por centurias.

Y como paradoja final, frente a la aparente falta de
acuerdo de las potencias mundiales sobre como van a
negociar en Cancún los aspectos agrícolas para explotar
mejor al Tercer Mundo y terminar con las economías
campesinas, estos países saldrán al rescate de los
gobiernos y las multinacionales de Estados Unidos y
Europa, ofreciendo una salida de buena venta mediática,
haciendo aparecer que la venta de la biodiversidad e
incluso de muchos otros servicios ambientales es una
reivindicación del Sur.

* Silvia Ribeiro es investigadora del Grupo ETC.

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