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ESPANA-EE.UU: MAS ALIADOS QUE NUNCA

Jul 24 2003

Por Joaquín Roy (*)

MADRID, Jul (IPS) Mientras el presidente del gobierno español regresaba
de su gira por Centroamérica y los territorios «hispanos» de los Estados
Unidos, del puerto de Valencia salía la avanzadilla del ejército español
que servirá en Irak. A juzgar por la cálida recepción en El Salvador, cuyos
soldados (junto a hondureños, nicaragüenses y dominicanos) se encuadrarán
en la brigada «Plus Ultra», y los aplausos recibidos en Estados Unidos,
José María Aznar puede estar plenamente satisfecho por los réditos
recibidos a raíz de su contundente y polémico apoyo a los Estados Unidos en
su estrategia contra el régimen iraquí.

Como deseaba Aznar, España parece estar en la primera división de la escena
mundial. Los malos augurios de la guerra no se cumplieron cuando terminaron
las elecciones municipales de mayo, que se veían como unas «primarias» y un
pase de factura por el desdén con que el presidente español había
respondido a las masivas manifestaciones en contra.

Aznar parece seguir impávido en su senda de apoyo incondicional a George W.
Bush, para escándalo de sus opositores socialistas, la satisfacción en
Washington, y el resquemor en el amplio «establishment» de Bruselas. Pero
en este mundo tan confuso y contradictorio de la ya lejana Guerra Fría,
presidido por el síndrome tópico del 11 de septiembre, no todo lo que
resulta explícito es exactamente como existe en los subterráneos de la
política y la intrahistoria.

Aunque las convicciones personales estaban y están presentes, las
motivaciones de Aznar no fueron resultado de un pronto (al que parecería es
muy proclive), de un simple desdén (comprobable) de sus colegas europeos, y
mucho menos de una trama de intereses económicos con la expectativa de
recompensas rayanas en la corrupción. Muy bien colocado en la escala de
valores destaca el trauma del terrorismo, no solamente por la experiencia
personal de haber escapado del atentado a manos de ETA, sino porque la
variante vasca amenaza de lleno a la yugular de una convicción personal y
partidista acerca de la necesidad de preservar, a todo costo, la unidad de
España, o de un concepto particular de ésta. En segundo lugar, la
percepción, rayana en la fe, de que en este mundo tormentoso, es del
interés nacional estar convenientemente del lado de los poderosos y los
aparentes ganadores, más que correr el riesgo incierto de aliarse con los
dubitativos y sin medios suficientes para ejecutar sus deseos en política
exterior.

De ahí que, en la combinación crucial de estos factores fundamentales
(lucha contra el terrorismo, alianza con la superpotencia) cuenten menos el
resto de los argumentos, sobretodo si residen en lo que en la mentalidad de
Aznar se considera como inciertos mitos de escaso beneficio. Aunque se
niega oficialmente con una contundencia digna de encomio, el europeismo
disfruta de un puesto insignificante, sobretodo si se lo compara con la
importancia extrema de valor patriótico y simbólico que tienen Ceuta y
Melilla. Más concretamente, la clave pudiera estar en la delicada operación
ejecutada ante el reto marroquí en la isla Perejil hace precisamente un
año. Mientras que Chirac se lavaba las manos en el conflicto del islote,
Powell le sacaba las castañas al fuego a Aznar con un telefonazo al Rey de
Marruecos.

Todo este panorama está a su vez cimentado en la firme creencia de que el
mundo no solamente cambió el 11 de setiembre, sino que había ya variado
mucho antes, en un esquema del que la transformación del Labour en la
Tercera Vía de Blair es solamente una muestra. Además, los franceses nunca
han sido de fiar (e incluso invadieron España, según explícitos recuerdos
del gobierno), los alemanes son antipáticos, y los polacos son fiables por
católicos, y deben contar con los favores del Papa (quien regañó a Aznar
por su apoyo a la guerra), al que no le hacen falta las divisiones aludidas
por Stalin.

Hablando de Polonia, parece poco importar la soterrada irritación de los
mandos militares españoles al verse bajo mando de militares polacos en Irak
y recibiendo instrucciones en Varsovia, antes de partir a proteger los
oleoductos iraquíes, mientras deberán mirar por el retrovisor a los
francotiradores. Nadie sabe hoy cómo reaccionarán los votantes del
oficialista Partido Popular cuando lleguen los primeros ataúdes (Dios no lo
quiera).

De momento, el desgaste no aparece por parte alguna, a la vista de que, en
contraste con las declaraciones de Bush y Blair, quienes ya reconocen que
presentaron evidencia errónea acerca de la disponibilidad de armas de
destrucción masiva, el gobierno español sigue prediciendo que las armas
letales terminarán por aparecer.

En este sentimiento reside precisamente el dilema español. El consenso en
política exterior anterior está tan destruido que se duda no solamente de
la preparación logística y técnica del contingente español, sino de la
capacidad profesional de unos militares que ya han estado presentes sacando
minas en Centroamérica, desarmando a guerrillas y ejércitos represores,
entrenando a policías en Mozambique, ganándose la confianza de niños en
Bosnia, y también liberando a Afganistán. Nunca antes, desde las aventuras
coloniales de Cuba y Marruecos, ha estado tan cuestionada la actuación
militar española en el exterior. Es la primera baja de la histórica
decisión, nunca bien explicada por parte del gobierno. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es catedrático «Jean Monnet» y director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@miami.edu).

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