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LA PAZ Y LA DEMOCRACIA NO SIEMPRE VAN DE LA MANO

Jul 29 2003

Por Boutros Boutros-Ghali (*)

PARIS, Jul (IPS) ¿Es verdad que la propagación de la democracia trae
consigo el advenimiento de un mundo más pacífico? La idea de la paz
democrática fue formulada en el proyecto de paz perpetua del filósofo
Emmanuel Kant, en 1795. Esta teoría que durante largo tiempo fue
considerada utópica, volvió a estar en boga en los años 80, hasta
convertirse en doctrina oficial de la administración estadounidense.

La teoría se apoya, más que en el carácter pacifista de las democracias,
en el hecho de que ellas generalmente no llegan hasta la guerra en caso
de diferendos con otras democracias. En tal sentido se invocan tres
argumentos:

1. La participación de los ciudadanos en el debate sobre los costos y
los beneficios de las guerras, así como las exhortaciones en favor de la
paz que reciben los gobernantes, ponen en evidencia los riesgos de
aventuras militares que afectan el bienestar de los ciudadanos y
pueden costar caro a los propios gobernantes.

2. Las disposiciones constitucionales, particularmente la separación de los
poderes legislativo y ejecutivo, junto con la complejidad de los procesos
de decisión en las democracias, tienden a limitar la autonomía de los
dirigentes y por ende los desbordes arbitrarios.

3. La cultura política democrática favorece la búsqueda de soluciones
negociadas, transportando a nivel internacional las normas y procedimientos
que permiten la búsqueda de consenso en los ámbitos nacionales.

Sobre esta argumentación cabe observar que, aunque las democracias no se
hagan la guerra entre ellas, no siempre se comportan pacíficamente en
relación a los Estados que consideran antidemocráticos, canallas o bárbaros.

Desde las conquistas coloniales hasta los golpes de Estado organizados por
democracias occidentales en algunos países, pasando por la guerra
preventiva recientemente lanzada en Irak por Estados Unidos, abundan
ejemplos que respaldan la sentencia de Tocqueville: «Si los Estados
democráticos desean naturalmente la paz, los ejércitos democráticos desean
naturalmente la guerra».

Es preciso profundizar la interacción paz-democracia a la luz de la
experiencia de los últimos años. Aunque se suele reconocer la
influencia benéfica a largo plazo de las instituciones democráticas en
la afirmación de la paz, también es necesario calibrar los peligros a
corto plazo que corren los regímenes de transición, y las dificultades para
hacer funcionar la democracia en los países donde las instituciones son
relativamente débiles y requieren tiempo para consolidarse.

Un pequeño grupo de países ha logrado, en menos de diez años, esa
consolidación: Hungría, Polonia, la República Checa, Brasil, Chile,
Corea del Sud, Tailandia, Taiwan y, en menor medida, Filipinas.

Pero también vemos casos de rupturas democráticas, de fracaso de
algunas consolidaciones y de perversión de las instituciones
democráticas en los regímenes en transición.

Citaré unos pocos ejemplos. Ante todo, la historia reciente muestra que
la probabilidad de que una transición democrática desemboque en un
conflicto armado, interestatal o interno, es elevada. Algunos analistas
observan que, mientras estos riesgos suelen ser pequeños en las
primeras etapas de un cambio de régimen, aumentan en los diez años
siguientes a la transición, y destacan los conflictos entre Armenia y
Azerbaiján, Rusia y Chechenia, Croacia y Serbia.

Asimismo, las transiciones pueden ser propicias al estallido de
conflictos internos; por ejemplo, cuando minorías étnicas son víctimas de
represión por parte de gobiernos autocráticos, se instala un clima de
violencia que con el tiempo conduce a la emergencia de movimientos
etno-nacionalistas radicalizados.

Al mismo tiempo, la transición generalmente implica un sistema de
libertades semi-abierto que no permite desde el comienzo una
participación democrática plena que ofrecería una escapatoria a las
frustraciones de las minorías.

La situación se complica aún más cuando los movimientos secesionistas
incluyen grupos considerados como «terroristas» por las etnías dominantes,
como sucedió en Kosovo o en Timor Oriental.

Por otro lado, la instauración de una democracia no garantiza
necesariamente la calidad del gobierno. En efecto, no raramente los
dirigentes de Estados que han accedido recientemente a la democracia
pervierten las instituciones a fin de proteger sus intereses. En los últimos
veinte años hemos visto emerger democracias solo de «fachada»:
elecciones fraudulentas, dirigentes que eluden sus responsabilidades
ante el parlamento, precario estado de derecho, débil protección de
las libertades civiles.

En las condiciones actuales, creo que el desafío lanzado a la
comunidad internacional no es sólo el de prevenir los conflictos violentos
en los países en transición hacia la democracia sino también el de
promover las instituciones democráticas en las sociedades donde los
conflictos violentos han sido evitados pero aún no se ha hecho efectivo
un sistema de gobierno verdaderamente democrático. En este sentido,
debemos admitir que la política de democratización que se ha impulsado
en los últimos años ha sido en buena parte vacilante, oportunista e
inconsistente.

Es indispensable adoptar una política de largo plazo que apunte al
desarrollo de los actores y de las instituciones esenciales en el proceso
democrático: partidos políticos, sistema jurídico y judicial, sociedad
civil, prensa independiente, ejércitos profesionales y apolíticos. Las
democracias occidentales deben comprender que un firme empeño en tal
política de desarrollo democrático es la mejor manera de servir sus propios
intereses a largo plazo. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Boutros Boutros-Ghali, Secretario General de las Naciones Unidas
en el período 1992-96.

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