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LA REVOLUCION DEMOCRATICA DEL PRESIDENTE LULA

Jul 15 2003

Por Tarso Genro (*)

BRASILIA, Jul (IPS) El gobierno de Lula ha sido objeto de fuertes ataques
por una parte de la intelectualidad de izquierda que anteriormente apoyó su
proyecto político. Se trata de pensadores que siempre estuvieron en la
vanguardia de las luchas que emprendimos contra un modelo de política que
intentaba justificar la recesión y el desempleo como factores «clave» de
una posterior regeneración económica del país.

Esta crítica es importante en el sentido de que nuestro gobierno no se deje
absorber por un espontaneismo acomodaticio que lo lleve a pensar que
basta con tener baja inflación y buena imagen en el mercado para que todo
se resuelva.

En la otra punta, duros opositores de nuestro Partido de los Trabajadores
(PT) y defensores del neoliberalismo, están exultantes. Elogian al
gobierno, ironizan sobre el «pasado radicalismo del PT» y procuran
demostrar que «siempre tuvieron razón».

Mi punto de partida es que el gobierno Lula está empleando políticas
tradicionales para crear las condiciones objetivas -económicas y políticas-
para cambiar el modelo de desarrollo. Este cambio no significa, en las
actuales condiciones internacionales, una ruptura sino una transición. La
única transición posible aparte de una revolución es una transición
negociada interna y externamente, que cree una base social estable para
sustentarla fuera y dentro del Congreso. Pensamos que no sólo es
necesario «convivir» con el mercado sino también considerarlo
meticulosamente para salir, a mediano plazo, del enredo especulativo
que se ha arraigado en la economía brasileña desde el gobierno de
Collor de Melo (1990-92).

El camino es estrecho, pero existe. Sin embargo, el hecho de que hasta hoy
ningún país lo hayan recorrido, nos recomienda que encaremos el debate
con una dosis de humildad.

En las grandes revoluciones del siglo pasado el proceso de acumulación
interna que permitió grandes saltos económicos se apoyó en las
expropiaciones de los bancos y la industria, que pronto se agotaron.
Después de ello, el Estado pasó a explotar brutalmente la fuerza de trabajo
del proletariado. Acto seguido y después de haber liquidado a la mediana
y la gran propiedad rural explotó al campesinado no sólo mediante
requisiciones sino también por los bajos precios pagados por sus
productos.

Es fraudulento e inexacto afirmar que los que pagaron por el desarrollo que
se obtuvo en esos países fueron «los de arriba», ya que los activos
financieros que no se fugaron resultaron insuficientes para mantener al
Estado funcionando más que unos pocos meses.

El capitalismo de Estado, no el socialismo, fue lo que sustituyó al
semifeudalismo chino y a la gelatinosa sociedad autocrática de la vieja
Rusia. No por causalidad la Unión Soviética quebró «no con un estruendo,
sino con un gemido» como diría T.S. Elliot y China salió de la revolución
para adoptar el más puro reformismo: integración en el mercado mundial,
atención a la bolsa de valores, competitividad global y -¡asombro!-
fundada no sólo en las innovaciones tecnológicas sino asimismo en la
brutal extracción de «plusvalía» obrera, sin libertades sindicales y
políticas.

Con todo esto quiero destacar que estamos ante una transición atípica, en
un momento de crisis del modelo neoliberal pero no de crisis de
supervivencia del capitalismo. Nuestra situación es pos-revolucionaria
-en el sentido de las viejas revoluciones fallidas del siglo pasado- y
pos-española (en el sentido de una transición que se dió en el ámbito de la
caída de una dictadura. Nosotros no podemos ni queremos militarizar los
sindicatos y sostenemos que toda ruptura del frente que gobierna a Brasil
con mayoría parlamentaria es una irresponsabilidad.

Por ello, tenemos el deber de ser muy claros: lo que hoy está en cuestión
en Brasil es si tenemos o no las condiciones para poner en marcha un modelo
con altas tasas de crecimiento; un modelo basado en un sector productivo
capaz de competir en escala global y de crecer distribuyendo la renta dentro
del régimen democrático y con un amplio sistema de alianzas.

Lo que está en juego en Brasil no es una transición al socialismo o hacia
una democracia popular. Nuestra agenda es más modesta: buscamos otra
plataforma productiva, civilizadora, democrática, otras condiciones inclusive
para que la gente luche por un nuevo socialismo, generando una situación
«sin retorno» al atraso y a la barbarie, como ha venido sucediendo en todos
los países que habían experimentado evoluciones que desembocaron en
dictaduras burocráticas (como el franquismo).

Esto es lo que hizo España sin un «pacto social» y hubiera podido avanzar
aún más si la izquierda marxista tradicional no se hubiese apartado de una
negociación que no se completó positivamente en términos económicos, pese a
que los trabajadores y los sectores medios lograron arrancar a lo largo del
proceso, conquistas importantísimas.

Tales conquistas colocaron a las clases trabajadoras y medias en una
condición mucho mejor -repito, mucho mejor- de la que viven esos mismos
sectores en Brasil.

Si en términos sociales el gobierno Lula consigue para los trabajadores y
sectores medios conquistas semejantes a las resultantes del proceso de
transición en España, haremos una revolución democrática en este país.

En España la izquierda tradicional, que entró en la transición con más de
20% de los votos, salió de ella completamente diezmada, sin propuestas
capaces de seducir a la nueva sociedad española y más aún: sin la
posibilidad de tener un Lula en la Presidencia. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Tarso Genro, ministro de la Secretaria de Desarrollo Económico y
Social, ex alcalde de Porto Alegre y miembro de la dirección nacional
del Partido de los Trabajadores (PT).

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