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LA POLITICA SUICIDA DE ARIEL SHARON

Oct 31 2003

por Mario Soares (*)

LISBOA, oct(IPS) No puedo ser acusado de antisionismo, y mucho menos de
antisemitismo. He sido, como antifascista, un testigo de la tragedia de los
campos de concentración nazis y de las cámaras crematorias. Después de la
Segunda Guerra Mundial ví con enorme simpatía la creación del Estado de
Israel en 1948.

Fue un movimiento de esperanza y de reparación moral que todos juzgábamos
necesario para un pueblo perseguido como ningún otro, sometido a un
holocausto que recién entonces comenzaba a ser conocido en todo su horror.

Con idealismo, y sorpresa e incomprensión debidos al desconocimiento de la
problemática de la región- observé los conflictos sangrientos entre judíos
y musulmanes que siguieron a la terminación del mandato británico en
Palestina. Supe entonces de la existencia de una Liga Arabe que declaró la
guerra a los judíos de Palestina. No por ello se entibió mi entusiasmo por
la naciente democracia israelita que se dotó de un Presidente, Chaim
Weizmann, que era un sabio, de un Parlamento y de un gran político
visionario y socialista, David Ben Gurion, como jefe de gobierno.

Bastantes años después conocí en las reuniones de la Internacional
Socialista a Golda Meir, una mujer excepcional, y a mis amigos Shimon
Peres e Ytzak Rabin.

Durante mi primer gobierno (1976-1977) y por mi iniciativa en respuesta a
un pedido de Rabin, Portugal estableció relaciones diplomáticas con Israel.

Cuando en 1982 Israel invadió el sur de El Líbano, Willy Brandt me
encomendó la presidencia de una comisión de la Internacional Socialista
creada para dialogar con las partes en conflicto. Así conocí al entonces
primer ministro israelí Menahem Beguin y a Ariel Sharon, a quien visité en
su propiedad agrícola.

A Arafat lo encontré en un bunker, bajo las bombas israelíes que explotaban
en las proximidades y me produjo una impresión extraordinaria: de coraje,
de lucidez, de autocontrol y por la dignidad con que asumía su situación.
Claro que Arafat ha sido un terrorista, como también Beguin lo fue.
¿Cuántos políticos, en esta región, están a salvo de ese epíteto infamante?

Se trataba entonces lo mismo que hoy en día, veinte años después, de saber
si es posible que dos pueblos, con características y religiones diferentes,
pueden coexistir pacíficamente y compartir en paz un territorio reivindicado
por ambos. Siempre he creído que sí.

Mucho después se firmaron los acuerdos de Oslo, otro momento de gran
esperanza. Y durante el mandato de Bill Clinton el acuerdo de paz estuvo
cerca de ser alcanzado, pero en esta ocasión la intransigencia de Arafat
echó todo a perder.

Los años pasaron y los atentados del 11 de septiembre actualizaron la lucha
contra el terrorismo. Se sucedieron la guerra contra Afganistán y la
invasión y ocupación de Iraq. Las consecuencias están a la vista.

Todo el Oriente Medio ha sido profundamente desestabilizado y se halla en
una combustión lenta, como un volcán que en cualquier momento puede entrar
en erupción.

Siempre he pensado que la llave para una verdadera tentativa de
estabilización de la región -que exige el combate al terrorismo- pasa por la
resolución del conflicto entre Israel y Palestina. Por ello, la estrategia
de Sharon me parece suicida y causante de un desastre irremediable. Según
el viceprimer ministro israelí el gobierno debe expulsar a Arafat o
eliminarlo físicamente. Y el presidente Bush, que varias veces se pronunció
a favor del reconocimiento de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), afirma
ahora que todo es culpa de Arafat y que debe ser substituído por alguien
creíble (según los criterios de Bush y Sharon, claro está).

¿Cómo es posible, en términos de derecho, preconizar públicamente el
asesinato del adversario, Presidente elegido del ANP y Premio Nobel
de la Paz? ¿No se consideran las repercusiones que ello ocasionaría no sólo
en el Oriente Medio sino en el mundo entero?

La resolución aprobada en la Asamblea General de las Naciones Unidas hace
unos días, casi por hunanimidad, en la que Estados Unidos quedó
completamente aislado junto a Israel y dos pequeñas islas desconocidas,
muestra claramente la incomprensión política y moral del mundo hacia Israel
y hacia la política medioriental de Washington.

El llamamiento de Avraham Burg, ex presidente del Parlamento israelí, para
quien «la nación israelita hoy no es más que un conjunto informe de
corrupción, de opresión y de injusticia», se suma a la exhortación del gran
escritor y filósofo Zeev Sternhell, que pide a todos los israelíes de
buena fe que se lancen a las calles y se manifiesten como lo hicieron en el
pasado contra el rumbo suicida de la política de Sharon. Es una política
que enjuicia en forma duradera y tal vez irreparable el prestigio moral y
político de Israel, este pueblo históricamente perseguido que se está
convirtiendo en perseguidor, opresor y colonialista. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mario Soares, Primer Ministro de Portugal en los períodos 1976-1978 y
1983-1985 y Presidente de la República en el período 1986-1996.
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