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Iraq, segun Soares y Bonino

Nov 24 2003

A continuación, enviamos dos análisis, de la italiana Emma Bonino, ex Comisaria de la UE y Mario Soares, ex presidente de Portugal. Ambos ocupan un lugar de representación en el Parlamento Europeo, pero no comparten sus puntos de vista sobre la situacion en Iraq. Recordamos que la reproducción de estos artículos es prohibida y solo son enviados título informativo.

POR UN IRAQ LIBRE Y DEMOCRATICO

Por Emma Bonino (*)

EL CAIRO, Nov (IPS) – Después de haber creído que habían vencido la guerra
en Iraq casi sin combatir, los norteamericanos parecen ahora empantanados
en una «paz» que tienen aún que inventar, ya que es evidente que no habían
planificado una estrategia creíble.

¿Es esta una razón para dejar que se las arreglen solos, ha sido realmente
un error haber intervenido y permanecer en Iraq?

Comienzo por observar que ahora hay un dictador menos en el mundo. Pese a
la capacidad operativa residual que tiene aún Sadam Hussein, el pueblo
iraquí se ha liberado de la dictadura y en su mayoría -según las encuestas-
desea que las tropas de la coalición internacional continúen en Iraq y se
fía más de los estadounidenses que de los esbirros de Sadam.

Adoptar hoy una actitud pacifista equivale a perseguir la política cínica y
calculadora de aquellos que sentencian: «al fin de cuentas los
norteamericanos se la fueron a buscar».

Muchos creen ver en esta guerra el síndrome de Vietnam. Pero el riesgo
mayor no es tanto el síndrome de Vietnam cuanto el síndrome de la «retirada
de Vietnam» Lo peor que puede suceder es la réplica del escenario sucesivo
a los acuerdos de Paris del 1973 sobre Vietnam, cuando Estados Unidos
decidió su retiro, provocando el júbilo del movimiento pacifista. ¿Y qué
sucedió después? El gobierno de Vietnam del Sur, poco representativo y
desacreditado hasta para su aliado estadounidense, no obtuvo del Congreso
de Washington ni siquiera la ayuda para hacer respetar ese acuerdo y fue
invadido por Vietnam del Norte dos años más tarde. En el mismo año 1975 Pol
Pot se adueñó de Camboya, hasta entonces bajo un régimen proamericano. El
retiro significó para esa región veinte años de horrores y de opresión de
los que sólo ahora y con grandes dificultades comienza a salir, dejando
atrás millones de muertos.

Hay que reconocer que los estadounidenses tienen una ilusión militarista y
piensan que su supremacía debe apoyarse esencialmente en su poderío bélico.
Se trata, de cara a los desafíos actuales, de una pura ilusión. Son una
ilusión los exhorbitantes gastos militares de Washington y sobre todo la
creencia de que el problema iraquí pueda ser resuelto con un enfoque
solamente militar.

Para corregir el rumbo es necesario que todos, comenzando por los países
europeos, dejen a un lado la política calculadora que hasta ahora los ha
caracterizado. Debemos pedirle a Europa que esté presente en Iraq y a los
países que ya están allí, como Italia, que permanezcan.

Debemos empeñarnos para que participen en la reconstrucción los países
árabes, donde pese a la retórica de la clase dirigente la opinión pública
comienza finalmente a interrogarse seriamente acerca de la naturaleza del
terrorismo, particularmente después de los atentados del 12 de mayo en
Riyad, Casablanca, nuevamente Riyad, Estambul.

Debemos hacer de todo para que el esfuerzo que se está haciendo en Iraq,
cualesquiera hayan sido las posiciones precedentes, tengan un buen éxito.

Nosotros los radicales, por ejemplo, sostuvimos en Italia una posición
diversa de la que finalmente prevaleció y que tanto se diferenciaba de la
postura del gobierno como de la oposición.

Nuestra posición se resumía en el eslógan «Iraq libre y democrático», que
seguimos sosteniendo. No se trataba, como algunos interpretaron, de
imponerle a Sadam un exilio forzado, sino de crear una situación que
resultara más atrayente, aún para Sadam, y lo indujera a dejar el país en
vez de perecer bajo las bombas.

Nuestra propuesta no estaba desprovista de fundamento; basta pensar en lo
que sucedio en Liberia hace dos meses, en una situación similar: la
voluntad unívoca de la comunidad internacional y la ayuda del Tribunal
Especial para Sierra Leone a cuya creación tanto hemos contribuído los
radicales, indujo al dictador liberiano Charles Taylor a optar por el
exilio. La idea es aún válida y podría plantearse ahora mismo partiendo del
presupuesto de que subsiste un cuadro de beligerancia al que se podría
poner fin con una fórmula que incluyera una oferta de exilio a Sadam.

Por lo que se refiere a la democracia, es un tema que en Europa parece un
tabú, no para nosotros mismos, que estamos tan apegados a la democracia,
sino para los «otros», para nuestra política exterior y para nuestra
política comercial. De esto el único que parece interesado es el presidente
Bush, no obstante las enormes contradicciones de la política
norteamericana, entre ellas el unilateralismo, su política negativa en
relación al Tribunal Penal Internacional y a las negociaciones comerciales
mundiales y la política hacia el medio ambiente. Por ejemplo, Bush hace
bien en sostener que el Islam es perfectamente compatible con la
democracia. Pero esto hay que demostrarlo concretamente, respaldando ante
todo a los núcleos democráticos que en todo el Oriente Medio luchan por tal
objetivo. El asunto no es «exportar la democracia», sino ayudarla a
florecer en cada uno de los países árabes. Este es quizás el paso más
complicado, pero a veces basta con descubrir lo que existe y no queremos
ver. Esto es lo que hay que hacer en este caso, en vez de pensar que no es
más que una utopía estadounidense, cuando es la clave para «vencer la paz»
en Iraq y el Oriente Medio. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Emma Bonino, diputada en el Parlamento Europeo y dirigente del
Partido Radical Transnacional.
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IRAQ: ¿COMO SALIR DEL AVISPERO?

Por Mario Soares (*)

LISBOA, Nov (IPS) – Es extraordinario comprobar que en política la mentira
no recompensa a su autor (pese a las apariencias en contrario) y cómo,
tarde o temprano, termina por volverse en contra de quienes la inventaron y
propalaron. De esto la historia nos muestra innumerables ejemplos. Pero con
la aceleración de los acontecimientos -un fenómeno característico de los
tiempos que vivimos- la evidencia de las mentiras surge ahora más velozmente.

Esta enseñanza viene a propósito de la guerra en Iraq. Era imposible
imaginar, cuando la amenaza bélica comenzó a pesar en el mundo, que lo que
estaba por detrás del embuste (el petróleo) se iba a imponer rápidamenrte
en la consciencia de todos como la razón esencial del conflicto.

La Cumbre de las Azores, que imprudentemente algunos ensalzaron en contra
de la «Vieja Europa», en pocos meses pasó a la historia como la Cumbre de
la Mentira. Los pretextos invocados para justificar la guerra se revelaron
incuestionablemente falsos. La mentira persigue ahora a sus autores, al más
alto nivel de responsabilidad -Bush y Blair-, y a quienes en ellos creyeron
(o fingieron creer): Aznar, Berlusconi y Durão Barroso. Los primeros
contemplan una acentuada caída de su popularidad y los segundos están en
una situación cada vez más inconfortable, sobre todo en una perspectiva
europea, donde se aproximan negociaciones decisivas.

La insensatez y la improvisación de la estrategia estadounidense en Iraq -y
en Oriente Medio en general- está a la vista de todos. Ahora la
interrogante es saber cómo -y cuándo- salir del avispero iraquí donde todos
los días mueren norteamericanos y aquellos que hacia allá fueron bajo el
pretexto falaz de evitar una inminente amenaza terrorista (que no existía),
de instalar la democracia (¿quién piensa en un Iraq caótico en democracia?
o de combatir el terrorismo (cuando la ocupación del país ha creado un
semillero de nuevos y cada vez más peligrosos terroristas).

Bush se vió obligado a pedir el apoyo de las Naciones Unidas y a abandonar,
por lo menos transitoriamente, el unilateralismo.¡Un espantoso desaire
político!

En un artículo reciente el ex titular del Consejo de Seguridad Nacional de
Estados Unidos y respetado politólogo, Zbigniew Bzrezinski, relató lo
ocurrido al entonces Secretario de Estados Dean Acheson, enviado por el
Presidente Kennedy a Francia, para pedirle a De Gaulle el apoyo de Francia
en ocasión de la gravísima crisis de los misiles en Cuba. Cuando Acheson se
preparaba a mostrar las pruebas fotográficas de la existencia de los
misiles De Gaulle, fiel a su estilo, le dijo: «No deseo ver las
fotografías. Me basta la palabra del Presidente de los Estados Unidos». A
continuación Bzrezinski hace una pregunta terriblemente pertinente: ¿Habrá
hoy en día un líder mundial que reaccione del mismo modo ante un emisario
del actual Presidente de Estados Unidos? Es obvio que no.

Este es el problema de la credibilidad perdida, que tan difícil es de
recuperar, mientras las circunstancias no cambien. Y por extraño que pueda
parecer -y lo es- todo depende de las próximas elecciones estadounidenses.
Como dice Moiséa Naim, director de la revista Foreign Policy, de
Washington: depende «de las mentiras, de los muertos y de los
desempleados». ¿Qué peso tendrá en la opinión pública norteamericana la
conciencia de que Bush mintió a sus compatriotas para obtener la aprobación
de la guerra contra Irak? ¿Y cuál será el efecto de los ataúdes que llegan
todos los días a Estados Unidos provenientes de Iraq, para no hablar de los
aún más numerosos heridos y mutilados? Por otro lado, si es cierto que la
economía está (parece) saliendo de la recesión con un ritmo de crecimiento
previsible superior al de la Unión Europea ¿esto traerá como consecuencia
una disminución del número de desempleados? No es seguro.

Otro de los factores más condicionantes en relación a las próximas
elecciones presidenciales que tendrán lugar en noviembre del 2004 es el
financiamiento de la campaña. Bush ya recogió 175 millones de dólares para
su campaña, lo que le otorga una situación cómoda frente a la cosecha de
sólo 25 millones de su rival demócrata Howard Dean. ¿Pero será suficiente?
Quizás el dinero no sea todo, ni siquiera en la gran democracia
estadounidense que se asemeja cada vez más a una oligarquía plutocrática.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mario Soares, presidente de Portugal entre 1986 y 1996.

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