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LO QUE PASÓ CON EL PAPA EN NICARAGUA

Nov 13 2003

Por Ernesto Cardenal (*)

MANAGUA, Nov (IPS) – De las primeras cosas del Papa cuando pisó suelo
nicaragüense el 3 de marzo de 1983, fue la humillación pública que me hizo
en el aeropuerto enfrente de todas las cámaras de televisión.

Después de todos los saludos de protocolo, incluyendo los de la guardia de
honor y la bandera, el Papa le preguntó a Daniel
Ortega (el Presidente de Nicaragua) que lo llevaba del brazo si podía
saludar también a los ministros, y naturalmente le dijo que sí; y se
dirigió a nosotros. Flanqueado por Daniel y el cardenal Casaroli fue dando
la mano a los ministros, y cuando se acercó donde mí yo hice lo que en ese
caso había previsto hacer, alertado ya por el Nuncio: y fue quitarme
reverentemente la boina, y doblar la rodilla para besarle el anillo. No
permitió él que se lo besara, y blandiendo el dedo como si fuera un bastón
me dijo en tono de reproche: «Usted debe regularizar su situación». Como no
contesté nada, volvió a repetir la brusca admonición. Mientras enfocaban
todas las cámaras del mundo.

Me parece que todo esto fue bien premeditado por el Papa. Y que las cámaras
de televisión estaban sobre aviso. El hecho es que esta imagen fue
difundida por el mundo entero, y lo sigue siendo todavía: ahorita mismo, me
informan que la han vuelto a sacar con motivo de unos recientes viajes del
Papa.

En realidad era injusta la reprimenda del Papa, porque yo tenía
regularizada mi situación con la Iglesia. Los sacerdotes con cargos en el
gobierno los teníamos con autorización de los obispos, y ellos habían hecho
pública esa autorización. (Hasta después fue que el Vaticano nos prohibió
tener esos cargos.)

Y la verdad es que lo que más disgustaba al Papa de la revolución de
Nicaragua es que fuera una revolución que no perseguía a la Iglesia. Él
hubiera querido un régimen como el de Polonia, que era anticatólico en un
país mayoritariamente católico, y por lo tanto impopular. Lo que menos
quería era una revolución apoyada masivamente por los cristianos como la
nuestra, en un país cristiano, y por lo tanto una revolución muy popular.
¡Y lo peor de todo para él es que fuera una revolución con sacerdotes!

El gobierno hizo todo lo posible para que la plaza de Managua, en la misa
del Papa, se llenara de gente; porque llenarse de gente sería llenarse de
revolucionarios.

Nos extrañó que el Papa en su discurso en el aeropuerto hablara de aquellos
impedidos de llegar a su encuentro como hubieran querido. Lo que repitió
varias veces durante la misa. Y ponía un énfasis perverso en cada sílaba,
para que se entendiera bien que eran muchos a los que no se les había
permitido llegar. ¿Acaso podían haber llegado más de las 700.000 personas?
Y como los discursos los traía escritos, y habían sido hechos en Roma ¿cómo
es que ya sabían desde antes que eran muchos a los que les impidió llegar?

Las lecturas de la misa no fueron inocentes. Se veía que habían sido
escogidas exprofesamente contra los sandinistas. Del Antiguo Testamento fue
leído lo de la Torre de Babel: los hombres que se quisieron igualar a Dios.
Del Nuevo, lo del Buen Pastor: solamente Cristo lo es; los otros son
ladrones y salteadores.

El tema de la homilía papal fue el de la unidad de la Iglesia, lo que
quería decir un ataque a la llamada «Iglesia popular», o también «Iglesia
paralela»: los cristianos revolucionarios a los que se acusaba de querer
destruir esa unidad.

Era evidente que el Papa odiaba la revolución sandinista, y había llegado a
Nicaragua a pelear. Lo desconcertante era que en cada final de frase la
plaza estallaba en aplausos y en vivas al Papa. Hubo un momento que pensé
que la revolución se venía abajo. Me dije que de seguir eso así, a todos
los de esa tribuna del gobierno nos iba a tocar hacer maletas esa tarde.
Pero entonces es que cesaron los grandes aplausos; los que aplaudían ya
eran sólo los 50.000 que había acarreado el padre Carballo, y el resto de
la plaza comenzó a protestarle al Papa.

Después me enteré que la orientación de la revolución en todo el país había
sido de no decir ninguna consigna política, tan sólo gritar vivas al Papa y
aplaudir lo que dijera. Se pensaba que lo que diría sería de carácter
pastoral; eso había asegurado repetidas veces el Vaticano.

Si uno ve los videos de la misa puede comprobar que hubo un cambio
progresivo en la gran mayoría de la plaza, dejando de aplaudir primero, y
protestando más y más después, conforme se van dando cuenta que el Papa al
hablar de la Iglesia está hablando contra la revolución y contra los
cristianos y los sacerdotes de la revolución. Y que por lo tanto no fue
como muchos dijeron después, un ataque al Papa hecho premeditadamente por
los sandinistas; sino que el Papa atacó primero a la revolución, el pueblo
se mantuvo confuso y dudoso como veinte minutos, y después reaccionó contra
el Papa.

Repetidas veces el Papa había dicho que Nicaragua era su «segunda Polonia».
Y ése fue un gran error, porque Nicaragua no era Polonia. Él creía que
había un régimen impopular, rechazado por la gran mayoría cristiana, y que
su presencia beligerante provocaría una sublevación del pueblo contra los
comandantes de la Dirección Nacional y la Junta de Gobierno que estarían
presentes en la plaza. Que bastaba que él hablara contra la revolución
sandinista, y tendría el respaldo masivo de esa plaza. Y el Papa llegó a
Nicaragua a desestabilizar la revolución. Si el Papa no hubiera estado
equivocado, la noticia mundial ese día habría sido que el pueblo de
Nicaragua rechazaba la revolución. Y ciertamente ése hubiera sido el
derrumbe de la revolución sandinista, como yo lo llegué a temer esa tarde.
Pero como el pueblo defendió su revolución y rechazó al Papa, la noticia
mundial fue «el agravio que se hizo al Papa en Nicaragua».

El pueblo le faltó el respeto al Papa, es verdad, pero es que antes el Papa
le había faltado el respeto al pueblo.

Primero las madres de los 17 muchachos muertos comenzaron a pedirle al Papa
una oración por sus hijos, y él no les hizo caso. Y después se acercaron al
altar, y empezaron a pedirlo a gritos. Otros pedían una oración por la paz,
y después eran muchos coreando la consigna «¡Queremos la paz!», lo que hizo
que el Papa respondiera a la multitud gritando: «La primera que quiere la
paz es la Iglesia»; y más tarde, porque las protestas del pueblo iban
creciendo, cogió el micrófono y gritó a todo pulmón: «¡S i l e n c i o!».
Lo que irritó más al pueblo, que no estaba acostumbrado a que sus
dirigentes le gritaran jamás «¡Silencio!». A partir de entonces el
irrespeto fue total. El Papa quería decir las palabras de la consagración,
las del momento más solemne de la misa, y no podía por las consignas que la
multitud gritaba: «¡Queremos la paz!», y después «¡Poder Popular!», y «¡No
pasarán!». Había también vivas al Frente Sandinista, mientras los miles de
la derecha que estaban en la parte delantera de la plaza lanzaban vivas al
Papa. En uno de los videos se oye a una mujer que grita: «¡No es un Papa de
los pobres; miren cómo se viste!». Dos o tres veces más el Papa tuvo que
volver a gritar silencio. Por primera vez en la historia moderna un papa
era humillado por la multitud. En los videos se le ve desconcertado por lo
que está pasando, y varias veces da muestras de vacilación y que está a
punto de dejar el altar. Al final de la misa, la bendición papal apenas la
pudo hacer, después de iniciarla tres veces, ante una multitud que ya
estaba cantando el himno del Frente Sandinista.

Lo que dijo el Vaticano, lo que dijo la prensa capitalista del mundo
entero, lo que dijeron muchos obispos, fue que el régimen marxista de
Nicaragua había cometido un ultraje contra el Sumo Pontífice; se habló de
sacrilegio y de profanación de la misa papal. Y en otras ciudades de
Centroamérica que él visitó después se celebraron misas de desagravio. Fue
un descrédito mundial para la revolución ciertamente. ¿Pero qué habría
pasado si el pueblo hubiera seguido aplaudiendo? Me parece que fue una
prueba de fuego que tuvo la revolución, y que salió triunfante. Porque era
un pueblo mayoritariamente católico el que estaba allí presente, y ni todo
el prestigio y poder espiritual del Papa de Roma pudo hacer que se volteara
contra sus dirigentes, sino que se volteó contra el Papa. (FIN/COPYRIGHT
IPS)

(*) Ernesto Cardenal, sacerdote católico y poeta, ex ministro de Cultura
de Nicaragua.

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