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RUSIA: EL GRAN JUEGO

Nov 17 2003

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Nov (IPS) – Repentinamente, la prensa internacional ha puesto
en evidencia su desagrado hacia el presidente rusoVladimir Putin. Confieso
que no siento una simpatía especial por este ex coronel del KGB,
demasiado secreto para mi gusto, aunque advierto que ha concebido una
estrategia global para restituir a Rusia el status de gran potencia al que
tiene un derecho indiscutible.

El comportamiento brutal de Putin en Chechenia, revelador de su
completa falta de respeto por los derechos humanos, le ha costado
muchas y repetidas críticas. Nunca la ví como un demócrata sino como un
político ultrapragmático y gris que con alguna eficacia ha conseguido
«poner la casa en orden» en una fase extremadamente difícil.

Putin no es un oligarca y no parece interesado en el dinero. Lo que
verdaderamente ambiciona es el poder, que ejerce al estilo soviético si
bien con un relativo reciclaje democrático. Su consigna en relación a
los oligarcas emergentes, riquísimos y salidos de la misma escuela
soviética puede resumirse así: «Ustedes hagan negocios y déjenme a mí
la política». Parece que no todos los entendieron.

Los oligarcas constituyen una gravosa herencia del predecesor de Putin,
Boris Yeltsin, quien en modo imprudente y criminal abrió las inmensas
riquezas de la vieja Rusia y de sus repúblicas del Cáucaso y de Asia
Central a la voracidad «privada» de los jóvenes más ambiciosos de su
entorno. El gran error de la llamada transición democrática del imperio
soviético a la Rusia actual ha sido el de confundir hasta el límite de lo
soportable, la democracia con la libre empresa, la política con los
negociados y los intereses del Estado con los de las multinacionales.

El fenómeno es explicable: en los años finales del siglo XX el
neoliberalismo estaba de moda, aplicado en su versión más simple y
peligrosa, y orientaba el pensamiento económico mundial. Por otro lado, la
globalización impulsaba al capitalismo dominante hacia su actual fase
(crítica) financiero-especulativa.

Fue así que Rusia se instaló progresivamente en el caos, en el régimen de
las mafias especulativas y de la glorificación del dinero sucio proveniente
de la droga y de la criminalidad organizada. En la superficie del sistema
se dió una descompresión política y una cierta apertura y se convino en
llamarlo «democracia».

Putin llegó al poder de la mano de Yeltsin en una situación difícil. (A
pesar de ello procuró, desde el comienzo, mantener una relación
respetuosa con Gorbachov.) Herido por la humillación que significó para
los patriotas rusos, independientemente de sus ideologías, el derrumbe de
la Unión Soviética y la pérdida del status de superpotencia, fue
multiplicando a través de su actuación las señales de que estaba
articulando un proyecto nacional para Rusia en el escenario mundial.
«Amigo» de Estados Unidos y particularmente del presidente Bush -que dice
haberlo mirado en el «fondo de sus ojos» y gustado de él- marcó sus
distancias inmediatamente antes, durante y después de la invasión de Iraq,
proximándose significativamente a la «vieja Europa» y a China.

Gracias a los yacimientos en Cáucaso, Asia Menor y Siberia, Rusia se ha
convertido en el mayor productor mundial de petróleo y gas natural. El
Reino Unido, cuyas reservas en el Mar del Norte se están agotando, negoció
con Putin la construcción de un oleoducto. Este proyecto también interesa a
Francia y Alemania, e indirectamente a Japón, China y Estados Unidos.
Pero la superpotencia quiere tener la palabra decisiva ya que, después del 11
de septiembre y con ese pretexto, instaló bases militares en Asia Central y
en
Georgia. Por otra parte, empujó a las ex repúblicas soviéticas de Georgia,
Ucrania, Uzbequistán, Azerbaiján y Moldavia a crear una organización regional
independiente de Rusia llamada GUUAM, lo que comprensiblemente no le
gustó a Moscú.

Así se está estableciendo lo que antiguamente se llamaba el «gran juego»
geo-estratégico mundial, que apuntaba al control del petróleo y del gas
natural, fuentes de energía que siguen siendo esenciales en nuestros días.

Putin, al ver la asociación en curso entre la Yukos de Milail Khodorkovsky
y la ExxonMobil, el gigante estadounidense que convertiría al oligarca en el
«nuevo emperador del capitalismo ruso», no vaciló: mandó secuestrarlo en
condiciones rocambolescas en Siberia, y lo acusó de «robo en gran escala,
de evasión fiscal, de atentar contra los derechos de los accionistas de sus
empresas y de dilapidación de bienes ajenos».

A Washington le preocupó la medida contra su protegido. El embajador
estadounidense en Moscú se atrevió a manifestar su «inquietud ante una
justicia selectiva». Y la prensa occidental comenzó, súbitamente, a
criticar la falta de democracia de Putin. ¿Sólo ahora, después lo que
está sucediendo desde hace años en Chechenia?

Los franceses, ante una situación incomprensible en el comportamiento
masculino suelen decir: «Cherchez la femme». En este caso lo que explica
todo es el petróleo. Sí, el petróleo y no la democracia, que nada tiene que
ver con el «gran juego» del dominio mundial… sino todo lo contrario.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mario Soares, presidente de Portugal entre 1986 y 1996.

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