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A Bush le llegó su Watergate

Mar 31 2004

por Jim Lobe


WASHINGTON
, mar (IPS) El gobierno de George W. Bush se resistía a
aceptar su falibilidad. Pero este martes decidió permitir que su consejera
de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, brinde testimonio bajo juramento
sobre los atentados de 2001 en Estados Unidos.

Al autorizar la comparecencia de Rice ante el Congreso legislativo,
Bush también admitió que otro testimonio anterior, el de el ex jefe de
expertos antiterroristas de su gobierno, Richard Clark, le había ocasionado
un serio daño a la campaña por la reelección.

El gobierno atacó con tal ferocidad a Clarke que más de un analista
comparó las tácticas de la Casa Blanca con las del fallecido presidente
Richard Nixon, cuya caída hace 30 años a raíz del escándalo Watergate se
precipitó por los «trucos sucios» aplicados contra sus enemigos reales o
supuestos.

«La dependencia de la calumnia que tiene este gobierno no tiene
precedentes en la política estadounidense moderna, aun comparado con el de
Nixon», sostuvo el columnista del diario The New York Times Paul Krugman.

El texto de Krugman citaba al asesor de Nixon John Dean, quien acaba de
publicar un libro sobre el gobierno de Bush titulado «Worse Than Watergate»
(«Peor que Watergate»).

El libro escrito por Clarke, «Against All Enemies» («Contra todos los
enemigos»), desarrolla lo que dijo en 15 horas de testimonio ante la
comisión legislativa creada para investigar el ataque del 11 de septiembre
de 2001 contra Nueva York y Washington. El ex funcionario es visto hoy por
el gobierno como un enemigo particularmente peligroso.

Clarke es un funcionario de carrera que coordinó la labor
antiterrorista en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca desde
1992, cuando ocupaba la presidencia George Bush, padre del actual
mandatario, hasta las vísperas de la guerra de Iraq, en febrero de 2003.

Se trata del primer colaborador de alto nivel en la guerra contra el
terrorismo que deja en entredicho el liderazgo mundial del presidente en la
materia, base de la imagen diseñada para la actual campaña electoral.

En el programa televisivo de la cadena CBS «60 Minutes», Clarke
advirtió que Bush había hecho un «trabajo horrible» en la lucha antiterrorista.

Además, advirtió ante la comisión del Congreso que el gobierno de Bush
no atendió en el invierno boreal de 2001 informes de inteligencia y sus
propios alertas, según los cuales la red islámica Al Qaeda preparaba un
gran ataque contra blancos estadounidenses.

El experto marcó el contraste con la actitud del gobierno de Clinton,
que sí actuó de acuerdo con el alerta de los jefes de la inteligencia
oficial y abortó el «complot del milenio», como se denominó al plan de
atacar varios objetivos en Estados Unidos, entre ellos el aeropuerto de Los
Angeles.

El plan fracasó cuando agentes fronterizos arrestaron cuando ingresaba
a un terrorista argelino cuando ingresaba a Estados Unidos desde Canadá con
explosivos.

Otro error de Bush fue no seguir el consejo de los expertos en
inteligencia al dejar de perseguir a Al Qaeda luego de la caída del régimen
del movimiento islámico Talibán en Afganistán en diciembre de 2001. Según
Clarke, el gobierno comenzó a prepararse entonces para la guerra en Iraq.

Así, las autoridades estadounidenses desviaron recursos de inteligencia
y militares clave de Afganistán al teatro iraquí.

«Al invadir Iraq, el presidente de Estados Unidos infringió un gran
daño a la guerra contra el terrorismo», dijo Clarke a la comisión del
Congreso la semana pasada.

La operación lanzada el 20 de marzo pasado dificultó la persecución de
los remanentes de Al Qaeda y elevó la credibilidad del discurso
antiestadounidense en el mundo árabe, explicó.

Clarke también dijo que Bush lo presionó personalmente poco después del
11 de septiembre de 2001 para que encontrara una conexión entre el depuesto
presidente iraquí Saddam Hussein y los autores del ataque, aun cuando el ex
funcionario le aseguró que no había ninguna.

De hecho, poco de lo que dijo Clarke ha sorprendido a los conocedores
del debate sobre la guerra contra el terrorismo.

Pero se trata de un veterano en la línea dura de la burocracia a cargo
de la seguridad nacional a lo largo de 30 años, tanto en gobiernos del hoy
gobernante Partido Republicano como del Partido Demócrata.

Por otra parte, ha comparecido ante la comisión del Congreso y las
cámaras de «60 Minutes» en la etapa inicial de la campaña rumbo a las
elecciones presidenciales de noviembre. Y Bush se ha presentado en los
avisos publicitarios como un presidente en tiempos de guerra.

La Casa Blanca y sus aliados contestaron con todo el fuego a su
disposición.

El vicepresidente Dick Cheney, por ejemplo, describió a Clarke como un
funcionario malhumorado que esperaba un ascenso que no llegó. Mientras, el
portavoz de la Casa Blanca, Scott McClellan, afirmó que el experto
realizaba «arengas» para vender su libro y ganar un cargo en un eventual
futuro gobierno del demócrata John Kerry.

El «mejor amigote» de Clarke, según McClellan, es Rand Beers,
coordinador de seguridad nacional en el equipo de Kerry, quien sucedió al
veterano funcionario en el Consejo de Seguridad Nacional si bien renunció
en marzo de 2003 por discrepar con la invasión a Iraq.

Y el líder de los senadores republicanos, Bill Frist, acusó a Clarke de
«lucrar» con sus testimonios públicos, y sugirió que había cometido
perjurio. El mismo Frist había aplaudido en 2002 el testimonio reservado
del ex funcionario sobre los atentados del 11 de septiembre.

Pero a Rice le tocó el grueso de la defensa del gobierno: escribió en
pocas horas una columna para The Washington Post, brindó su versión ante
«60 Minutes» y apareció en casi todos los principales noticieros
nacionales. Su ubicuidad se convirtió en un chiste obligado en de los
programas nocturnos de la televisión.

La campaña de descrédito contra Clarke, cuestionada por los grandes
periódicos y aun por algunas importantes figuras republicanas, tuvo éxitos
parciales. Las últimas encuestas indican que, para la mitad de los
entrevistados, las declaraciones públicas del ex funcionario estaban
motivadas por razones políticas.

Al mismo tiempo, el libro se convirtió en un éxito de ventas y Clarke,
hasta ahora un burócrata en las sombras, se convirtió en una figura prominente.

La intensa presencia de Rice en los medios contradecía la insistencia
de la Casa Blanca en que no brindara testimonio público y bajo juramento
ante la comisión del Congreso, si bien ella brindó cuatro horas de
declaraciones –sin juramento– a miembros específicos de la comisión.

Tradicionalmente, los consejeros de Seguridad Nacional no se han visto
obligados a brindar testimonio bajo juramento ante el Congreso, amparados
por la doctrina del «privilegio ejecutivo», según la cual el presidente
debe tener asesores cercanos que lo ayuden con absoluta confidencialidad.

De todos modos, Sandy Berger, que ocupó el cargo durante el gobierno de
Clinton, compareció dos veces ante el Poder Legislativo.

El gobierno ha insistido en que la excepción también se cumpla en el
caso de la comisión, pues ha sido creada por iniciativa del Congreso.

Pero esa posición era insostenible, pues Rice estaba apareciendo cada
vez más ante los medios de comunicación.
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