General

Crecen bajas colaterales

Mar 22 2004

BLANCHE PETRICH

Desde el 11 de septiembre de 2001, terroristas y grupos paramilitares
hostiles a Estados Unidos han matado a 3 mil 500 personas en una veintena
de atentados en todo el mundo.

La cuenta de bajas incluye a las víctimas del 11-S, pero por cada civil que se apunta en la lista de sacrificados por el terrorismo los ejércitos de Estados Unidos y de sus aliados han «respondido» con cerca de 14 mil «bajas colaterales» en su «combate antiterrorista», incluida la devastación de Afganistán. Es decir, cuatro no combatientes muertos por tropas de ocupación por cada inocente asesinado en los golpes de fuerzas irregulares.

Esta desventurada contabilidad es actualizada cada día en el tabulador de
una organización no gubernamental británica, Iraq Body Count (IBC), que
desde el inicio de la operación Conmoción y pavor en ese país -hoy hace
un año- se abocó a una incómoda tarea que los militares estadunidenses
desecharon con la displicente frase del jefe del comando central para la
ocupación a Irak, el general Tommy Franks: «Nosotros no contamos bajas».

IBC sí las cuenta. De hecho, contar y poner sus cuadros estadísticos en
la red cibernética es su misión. Y al 19 de marzo de 2004, en la antigua
Mesopotamia, la cifra de muertos en el tabulador de este sitio es de 10
mil 618.

Nunca falta material para poner al día las estadísticas del IBC. La cifra
global incluye a los 7 mil 356 muertos de la primera fase de la
ocupación, desde el día en que se declararon las hostilidades, el 20 de
marzo de 2003, hasta el primero de mayo, cuando el presidente George W.
Bush, disfrazado con todos los aprestos de un piloto de guerra, declaró,
a bordo del portaviones Abraham Lincoln, «el fin de la fase armada».

Esta base de datos tiene un registro de máximos y uno de mínimos. Sin
embargo, IBC advierte que incluso la cifra mayor puede quedar muy debajo
del saldo real, ya que muchas de las bajas no se registran en la prensa o
en las organizaciones que reportan cada día los hechos. El organismo no
gubernamental sistematiza la información de 52 medios de información que
alimentan el conteo del sitio de Irak Body Count y lo publica en seis
idiomas.

Parte de la siguiente filosofía: «La muerte de cada civil es una tragedia
y nunca debe ser vista como el costo natural para lograr los objetivos de
guerra de ningún país. Uno de cuada cuatro muertos en la guerra de
Afganistán eran civiles. En Yugoslavia la proporción fue aún mayor.
Nosotros sostenemos que es un deber moral y humanitario llevar un
registro diario de estas muertes y darles el peso que se merecen, como
primer paso. El segundo será, necesariamente, establecer las bases para
el juicio legal que corresponda».

Encima del dolor infligido por estas pérdidas físicas, denuncia este
sitio, está el daño causado por la indiferencia ante la muerte de
iraquíes y la naturaleza racista implícita en «el doble rasero» para
medir el valor de la vida de los iraquíes y la de los «occidentales».

Ante el manejo del costo humano de la guerra, IBC señala seis tácticas de
las fuerzas de ocupación estadunidenses y británicas: reiterada negación
de los hechos; evasión de la responsabilidad propia (siempre son «los
otros» los culpables: Saddam Hussein, Al Qaeda, el triángulo sunita);
realización de «investigaciones propias», limitadas, rara vez llevadas a
término y nunca hechas públicas; acento en el conteo de bajas militares
de sus propias fuerzas, subestimando el costo pagado por los iraquíes;
obstrucción de los esfuerzos de los iraquíes para llevar registro de sus
muertos.

Cada vez que ocurren ataques de las fuerzas de ocupación contra la
población, la autoridad militar abre «investigaciones» que en ningún caso
han llegado a su término. Un ejemplo grave es el del bombardeo con
misiles de racimo en la localidad de Hilla, en marzo del año pasado,
donde murieron cerca de 250 civiles y miles resultaron heridos.

Ante los ineludibles reportes de la carnicería brindados en una primera
incursión por la Cruz Roja Internacional, el comando central
estadunidense prometió abrir una investigación. Esta concluyó al poco
tiempo con un lacónico: «sin evidencias». El caso de Hilla, insiste IBC,
no es una excepción sino un patrón de conducta.

Hay más. Se cita el caso de un anuncio hecho en diciembre del año pasado
por la doctora Nagham Mohsen, funcionaria del Ministerio de Salud iraquí,
de que se inició un recuento de bajas de los registros en cada hospital
del país. A los pocos días, Mohsen anunció que sus superiores del
gobierno provisional le ordenaron cesar la investigación.

En suma, concluye un análisis de John Sloboda y Hamit Dardagan, autores
de IBC, «se da una situación en la que el perpetrador de crímenes de
guerra promete investigaciones que nunca se rinden ante la opinión
pública, con lo que niega al pueblo iraquí el derecho a contar sus
propios daños; al dolor se suma el insulto».

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