General

España, la política y el terror

Mar 25 2004

Fernando Mires

El terrorismo internacional, representado por Al Qaeda eligió esta vez a España como objetivo de guerra. Mediante las horrorosas y cobardes detonaciones que dejaron cientos de muertos y heridos, el terrorismo islamista se propuso, el 11 de marzo de 2004, tres objetivos precisos: 1) continuar la guerra a Occidente, comenzada en los EE UU el 11 de septiembre del 2001. 2) «Castigar» a España por haber apoyado a los EE UU en la guerra de Irak. 3) Comenzar a influir, incluso a determinar, el curso de la política internacional, e incluso nacional, de los países europeos y occidentales.

Se trata en este caso de una abierta estrategia de chantaje internacional que reza más o menos así: «Cualquiera nación que no esté en desacuerdo con la política internacional de EE UU será objeto de represalias de parte de los comandos terroristas». Así, ha llegado a ocurrir que el legítimo triunfo del PSOE es agraviado ante sectores de la opinión pública internacional al aparecer como un resultado inducido por la acción terrorista. Muchos medios periodísticos occidentales han caído incluso en el siniestro juego del terrorismo al afirmar que en la votación realizada el domingo 15 de marzo, «el pueblo español habría castigado a Aznar y al PP por haber colaborado con Bush durante y después de la guerra de Irak». Pero con esas afirmaciones, en lugar de criticar, como se proponen, al gobierno de Aznar, sólo logran enlodar el triunfo legítimo del PSOE al hacer aparecer al futuro gobierno como un aliado táctico objetivo del terrorismo islamista, o por lo menos, como un «favorito» del terrorismo. Incluso el propósito de Rodríguez Zapatero orientado a desvincular a España de la alianza transatlántica en Irak, en lugar de aparecer como parte del programa del futuro partido gobernante ­y lo es­ ha llegado a ser visto como una capitulación frente al terrorismo internacional. Esa apariencia ha sido incluso mal utilizada por algunos personeros del PP, al afirmar que el triunfo electoral de Rodríguez Zapatero fue el resultado directo de la acción terrorista, por lo que su legitimación democrática estaría sino legalmente, por lo menos éticamente cuestionada. En vista de tales afirmaciones, se hace preciso dejar en claro algunos puntos.

En primer lugar debe ser dicho que la votación del domingo 15 de marzo no «castigó» al gobierno de Aznar por haber hecho participar a España en la guerra contra Irak. Ello queda muy claro si se considera que hasta antes de los siniestros atentados, el buen candidato del PP, Mariano Rajoy, contaba de acuerdo con todas las encuestas con un amplio favoritismo de la población. Errada o no, la decisión de haber participado tanto en la guerra como en la ocupación de Irak, no era un factor decisivo en el curso de las opiniones electorales pues tanto en España como en la mayoría de los países del mundo las votaciones se ganan o se pierden de acuerdo a temas de la política nacional y no de la internacional. Pudo quizás haber ocurrido, que sectores muy minoritarios de la población amedrentados frente a la magnitud del acto terrorista hubiesen pensado que bajo un gobierno socialista el país quedaría políticamente más guarecido frente a ataques terroristas; pero esta es una simple suposición hipotética. El viraje de la opinión pública hay que ponerlo más bien en la cuenta de la propia actitud nacional del gobierno Aznar frente al ataque terrorista, y este es el segundo punto que debe ser tomado en consideración.

Los sucesos del 11 de marzo del 2004 demostraron que la población española ha alcanzado una madurez cívica superior incluso a la de los sectores políticos que la gobiernan. Esa población sabía lo que no sabía Aznar: que nadie, aunque sea una organización tan criminal como ETA puede, en un Estado de derecho, ser acusado de un crimen, sin haber pruebas (y no sólo indicios) que así lo demuestren. Sólo en los Estados totalitarios se sindica como culpables de determinados hechos a personas o a organizaciones sin contar con pruebas que demuestren realmente esa culpabilidad. El gobierno de Aznar demostró en cambio, su propósito abierto de extraer capital político del atentado, movilizando contra ETA a sus partidarios, repetimos, sin prueba alguna. Probablemente temía que el electorado ligara el acto terrorista con la participación de España en la guerra. Pero con eso sólo demostró que el apoyo prestado a los EE UU durante la guerra de Irak fue realizado sin demasiado convencimiento por el gobierno español pues, aquello por lo cual un gobierno se hace responsable, no debe jamás ser ocultado como algo ilícito en un período electoral. Y argumentos para haber apoyado a EE UU en la guerra contra Irak hay ­desde una perspectiva europea­ más que suficientes, tantos por lo menos como los que defienden una posición neutral. Aquello que hay que criticar al gobierno de Aznar entonces (y al de Berlusconi) no es tanto haber apoyado la guerra de USA en Irak, sino haber eludido la confrontación política respecto al tema de la guerra, lo que no hizo, por ejemplo, el gobierno de Blair en Gran Bretaña. En ese sentido es posible afirmar sin equivocarse que no fue la oposición socialista sino que el gobierno de Aznar quien se enredó en, y, en cierto modo aceptó, la lógica del terrorismo internacional.

Pero no sólo eludió el gobierno de Aznar la confrontación política sobre el tema de la guerra, sino que además ­y por esta razón sí fue castigado por la población votante­ manipuló la verdad sobre los hechos que condujeron al atentado del 11 de marzo, reteniendo informaciones que poseía acerca de la verdadera identidad de los culpables, colaborando directamente a salvar, aunque fuera hasta el día de las elecciones, la imagen de los verdaderos asesinos, que son, internacionalmente visto, no sólo enemigos de España, sino que sobre todo de los EE UU, país con el que el gobierno de Aznar solidarizaba internacionalmente. Es decir, Aznar procedía antipoliticamente por partida doble. En la arena nacional se desolidarizaba de la realidad. En la internacional, de los propios EEUU. En ese marco, el gobierno de Aznar procedió de un modo abiertamente antipolítico, pues desfigurar la realidad, o impedir que ésta aparezca como es, significa negar el sentido de cualquiera acción política, tanto nacional como internacional. A los miles y miles de manifestantes que protestaban contra ETA en las calles les era negado por el propio gobierno el nombre de quienes eran, en esos momentos, (en otros es efectivamente ETA) el enemigo verdadero de la nación. Y sin enemigo verdadero, no hay política.

Tampoco es posible deslegitimar el triunfo electoral del PSOE recurriéndose al malévolo argumento de que ese triunfo ocurrió como consecuencia del acto terrorista. En ese sentido es necesario recordar que cuando el 2002 fue reelegido el canciller Schroeder en Alemania sus opositores adujeron que ello sucedió gracias a las inundaciones que ocurrieron poco antes de las elecciones, acontecimiento que permitió al canciller perfilar su proyección popular (y populista). Ese, en verdad, no es argumento. Para aceptarlo, habría que suponer que el estado normal de una nación en épocas electorales deba ser aquel donde «no sucede nada», y cada acontecimiento, entonces, deberá ser visto como una alteración de la política. Todo lo contrario. La política vive de los acontecimientos. Una política sin acontecimientos no es política. La política se hace frente a cada acontecimiento, y los políticos son elegidos, no porque sean bellos o feos, buenos o malos, sino que por su capacidad de acción, la que se manifiesta cuando los acontecimientos hacen acto de presencia. Podría haber ocurrido en Alemania que Schroeder hubiera tenido una actitud pasiva frente a las inundaciones, como la tuvo Aznar frente a las que ocurrieron en su país el año 2003. Pero entonces no habría sido elegido. Podría haber ocurrido también que Rodríguez Zapatero hubiese tenido una actitud tan errada como la de Aznar frente a los actos terroristas. Entonces tampoco habría sido elegido. Es que los políticos se prueban en la acción y no en la vida contemplativa.

En cualquier caso, el futuro gobierno de Rodríguez Zapatero se verá enfrentado a disyuntivas parecidas al de Aznar, y desde el gobierno, las responsabilidades internacionales asumen un tenor distinto a cuando se está en la cómoda oposición. En ese sentido, los atentados del 11 de marzo demostraron que la existencia de una Europa «libre de todo enemigo» es una absoluta quimera. No sólo los países que apoyaron a EE UU en la guerra de Irak están amenazados por el terrorismo islamista. Es cierto que por el momento el terrorismo islamista pareciera actuar de modo selectivo. Pero eso no debe llamar a engaño. Los enemigos del terrorismo islamista son la razón, la modernidad, el pensamiento libre, la libertad sexual, y no por último, la política. Y no sólo los EE UU son portadores de tales atributos. Frente a esa amenaza global todo Occidente se encuentra amenazado. Y no me refiero al Occidente geográfico, sino a aquel espacio internacional compartido, al que también pertenecen sectores islámicos, junto con miembros de otras religiones así como también multitudes de no creyentes, empecinados todos en vivir este mundo, guiados por derechos humanos universales y haciendo uso de la práctica política, medio que inventamos, no para ser infalibles como los dioses, pero sí para cometer errores y saber aprender de ellos, como los humanos.

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