General

La guerra, después de la guerra

Mar 29 2004

Emir Sader

Río de Janeiro.- El gobierno norteamericano declaró terminada
la guerra de Iraq hace exactamente un año, tiempo que ya dura la
ocupación del país por las tropas lideradas por Estados Unidos.

Desde entonces murieron dos veces más soldados norteamericanos que
durante el tiempo de la guerra -según los criterios de los estrategas
de EE.UU.-, el mundo está más inseguro sin Sadam Hussein en el poder,
su aliado Aznar acaba de caer, derrotado por las mentiras sobre la
lucha «contra el terrorismo», y el propio Bush ve amenazada su reelección.

Se trató, en la segunda guerra de Iraq, de la aplicación más
coherente y consecuente de la nueva estrategia político-militar de
EE.UU., formulada en el segundo semestre de 2002, que reivindica
para ese país el derecho de utilizar todos los medios para
mantener su superioridad militar, así como el derecho de actuar
como «policía del mundo», al teorizar la necesidad de un nuevo
«poder imperial», que imponga orden en regiones y países del
mundo incapaces de autogobernarse, en el marco de lo que
reivindica también el derecho de «guerras preventivas», que
prevengan ataques «terroristas». Se militarizan los conflictos, que
pasan a ser tratados por medio de la fuerza, simultáneamente al
retiro de cualquier acuerdo internacional por parte de EE.UU. –
como quedó claro en su decisión unilateral de atacar a Iraq,
incluso sin apoyo de la ONU-, porque ataques preventivos y
unilaterales solo son posibles con el uso de la fuerza y no de un
imposible consenso en torno a una doctrina legitimadora de la
superioridad militar norteamericana.

El carácter «preventivo» de la guerra de Iraq ni siquiera se confirmó,
porque las «armas de destrucción masiva» no fueron encontradas,
el argumento pasó a ser el de que «el mundo está más seguro sin
Sadam». Hoy los mismos dirigentes son obligados a reconocer
que elaboraron informes con el fin de imponer la necesidad de una
guerra que era perfectamente evitable. Pero ella proyectó a Bush
y a Blair como cabezas de la «guerra contra el terrorismo» a escala
mundial y forzó a sus aliados a adaptarse a esa prioridad
estratégica norteamericana.

Las guerras, sin embargo, no acaban cuando los que se
consideran vencedores así lo decretan, porque les conviene. La
guerra regular terminó, EE.UU. triunfó, pero tiene enormes
dificultades para imponer su «paz». El país, ya dividido en
términos religiosos y políticos, quedó todavía más con la presencia
de las fuerzas de ocupación. Si no hay formas alternativas que
pudieran reunificar Iraq, tampoco parece haber coalición suficiente
de fuerzas para estabilizar la ocupación. De ahí que el país se
desangra, con una resistencia activa, que golpea no solamente a
militares de ocupación, sino también a los que ella considera
colaboradores de esas fuerzas, así como a la población en
general, como para probar que el orden no puede reinar en un Iraq
ocupado.

Terror en Madrid

Los atentados de Madrid, dos años y medio después de los de
Nueva York y Washington, pueden estar demostrando que
finalmente los grupos islámicos están preparados para golpear
otros blancos frágiles -ciudades de países como España, Italia e
Inglaterra-, por la participación de sus gobiernos en la guerra y
ocupación de Iraq. Serían blancos fáciles, pero facilitarían la
misión norteamericana de comprometer a esos aliados con su
política de privilegiar el «combate al terrorismo».

Sin embargo el resultado electoral de España, castigando a Aznar
y su partido de la «nueva derecha», el Partido Popular (PP), por la
mentira, por la tentativa de instrumentalización de los atentados
para obtener ganancias electorales y por dejar a la población del
país vulnerable por el apoyo incondicional a Bush, llevó a la caída
de uno de los gobiernos más estrechamente aliados de EE.UU. y
puede indicar una dirección peligrosa para los que estrechen
todavía más sus alianzas con Washington.

Los atentados de Madrid pueden significar un debilitamiento o un
fortalecimiento de la nueva candidatura de Bush. El se debilita, en
la medida en que se constata que el mundo es más vulnerable que
hace dos años y medio a los ataques terroristas y que los aliados
de Bush, como Aznar, tienen dificultades para mantenerse en el
poder, cuando se comprometen fuertemente con la estrategia
belicista de los Estados Unidos. Pero Bush se puede fortalecer,
en tanto se tome a los atentados como confirmación del riesgo
que Al Qaeda representa para todo el mundo y de la necesidad de
privilegiar la «guerra contra el terrorismo», lo que favorece la
reelección en el plano interno.

Desafíos para la izquierda

Ese cuadro plantea un duro desafío para los que luchamos por
«otro mundo posible». Los fundamentalistas islámicos retoman su
ofensiva para polarizar contra el poder imperial norteamericano,
buscando ocupar el lugar central de resistencia, dándole un
carácter religioso e imponiendo métodos de terror. La resistencia
iraquí, de mucho valor como expresión de la forma de resistencia
contra la ocupación de su país, extiende cada vez más sus
atentados, afectando ahora no solamente a soldados extranjeros,
sino a acusados de colaboración y, más que eso, de forma
indiscriminada, haciendo acciones que involucran a la sociedad
civil, buscando demostrar que EE.UU. no es capaz de garantizar el
orden interno.

Los que luchamos por la resolución pacífica y negociada de los
conflictos mundiales y locales tenemos que ser capaces de
proponer no solamente una política de democratización de las
relaciones políticas mundiales, sino también un plan de paz para
Iraq y otras zonas de mayor conflicto hoy en el mundo. Tenemos
que saber demostrar que otra vía, que no es la del terror de lado y
lado, es posible, necesaria y urgente.

Las guerras actualmente tienen en los pueblos desarmados sus
víctimas principales, de la misma forma que los atentados
terroristas. Ellas representan el triunfo de los más fuertes, que se
valen de los recursos que lograron acumular para transformarlos en
fuerza técnica y militar para oprimir a los pueblos y a las naciones
que no se someten a sus designios. La línea de acción de
EE.UU., de militarizar los conflictos, es la de tratar de imponer su
superioridad material sobre los otros, haciendo de ella el
instrumento esencial de su dominación.

La hegemonía norteamericana en el mundo, un año después del fin
oficial de la guerra en Iraq, ¿está en crisis? ¿Cuáles son los
elementos de fuerza y de debilidad en la construcción de una
hegemonía alternativa? Estas son cuestiones fundamentales para
nuestra lucha hoy. Cualquier sobrestimación o subestimación de
la fuerza de cada uno de los campos nos alejara de la correlación
real de fuerzas existente en el mundo y nos dejará indispuestos
para enfrentar los desafíos presentes y futuros.

Fuerza de los valores americanos

Hoy la mayor fuerza de EE.UU. en el mundo no está en su
superioridad militar. Vietnam y Cuba ya demostraron que ella
puede ser vencida. La superioridad norteamericana, responsable
por su hegemonía mundial, está en la fuerza de su ideología, de
los valores cotidianos que propagan por el mundo, en la forma de
vida que fabrican, practican y exportan hacia todos los rincones del
planeta. En eso reside su fuerza mayor. Con la desaparición del
«campo socialista», EE.UU. prácticamente ocupa solito el espacio
de las formas de vida en sociedad en el mundo de hoy. El
contrapunto viene de formas de organización social más
atrasadas, como las del fundamentalismo islámico, conservadoras,
religiosas, represivas. Hasta China se deja influenciar por las
formas de vida norteamericanas, después de haber pasado siglos
cerrada en su cultura y forma de vida. Se Apoya no solamente en
la crisis del socialismo, sino también en una maquinaria
publicitaria e informativa mundial, con una poderosa capacidad de
influencia en todo el mundo.

La economía de EE.UU., aunque no tenga hoy el ímpetu que tuvo
hace algunas décadas, es más fuerte comparada con las otras -la
soviética desapareció, la japonesa y la alemana se debilitaron-,
constituyéndose en la locomotora de la economía mundial, aunque
con graves debilidades y dependiendo mucho del mundo exterior.
Pero prácticamente todos los otros países también dependen de la
economía norteamericana.

No debemos sobrestimar la fuerza de EE.UU., pero tampoco creer
que se trata de un «tigre de papel», que tiene «dominación sin
hegemonía», esto es, que tiene el poder por la fuerza. Estas son
versiones simplistas, que no dan cuenta de la fuerza del enemigo
y, al subestimarlo, no se puede acumular la fuerza suficiente para
derrotarlo. Esto aconteció en el pasado reciente, con las
versiones del tipo «el mundo camina al socialismo», como si los
destinos de la humanidad caminasen independientemente de la
capacidad de organización, de conciencia y de lucha de los
hombres y mujeres concretamente existentes.

Tenemos que dar combate en todos los frentes, pero privilegiando
la movilización popular, la conciencia y la creación y formas de
vida alternativas, que configuren el tipo de sociedad que queremos.
La lucha contra la hegemonía norteamericana es así una lucha
global -económica, política, militar, ideológica-, por la construcción
de un tipo de mundo alternativo. La fuerza de EE.UU. queda más
clara ante la debilidad de las otras fuerzas, muchas de ellas con
divergencias secundarias con Washington – como los países
europeos y Japón, por ejemplo- o porque predican formas
retrógradas de vida -como los fundamentalistas islámicos- .

De ahí el desafío de retomar nuestra lucha, a partir del día 20 de
este mes, para apropiarnos de la lucha antiimperialista, con
banderas de paz, de solidaridad, de humanismo -aquellas que
caracterizan nuestra lucha por «otro mundo posible». Esta es
nuestra guerra, la guerra por la paz y por la fraternidad entre los
pueblos, por la igualdad y por la justicia.

* Emir Sader es profesor de la Universidad de São Paulo (USP) y
de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Uerj). Publicado
en Jornal «Brasil de Fato» 17 de marzo.

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