General

Lula y Kirchner ante el FMI

Mar 22 2004

Carlos «Chacho» Alvarez.
EX VICEPRESIDENTE DE LA NACION, DIRECTOR DEL CEPES
(cepes@cepes.org.ar).

La voluntad política manifestada por el presidente Kirchner y su par
brasileño en pos de unificar propuestas en torno a la relación con el FMI
abre un importante horizonte estratégico. Más aún si se lo inscribe en la
necesidad de trabajar en una visión común apta para intervenir en la
reformulación de las instituciones políticas, económicas y financieras del
actual sistema de poder internacional.

El fracaso de la política estadounidense de la guerra preventiva que llevó
a ese país al unilateralismo, a una guerra ilegal e ilegítima y a la
derrota de uno de los principales socios de la coalición probelicista,
abren una brecha para que América latina pueda comenzar a incidir en las
cuestiones de la gobernabilidad global, con la condición de conformar una
agenda propia e ir avanzando en la idea constitutiva de un sujeto político
capaz de unificarse en una sola voz.

Hoy el continente es un espacio de luces y sombras. En el hemisferio donde
domina la oscuridad observamos la persistencia de la inestabilidad, ya no
producto de la amenaza del golpismo militar, sino como consecuencia de
rebeliones populares que acortan los mandatos de los presidentes. Si bien
esto es explicable por los fracasos económicos, altos índices de
corrupción, compromisos de campañas no cumplidos y el avance de la
exclusión social refuerzan la histórica inestabilidad del continente y la
dificultad para construir órdenes democráticos sustentables. Hay que añadir
las dificultades de los países de la región andina que enfrentan
reivindicaciones étnicas difíciles de resolver en el corto plazo. Los casos
de Bolivia, Perú, Ecuador, y la hasta ahora fracasada política de mano dura
ensayada por el presidente Uribe para enfrentar al narcotráfico y la
guerrilla en Colombia hablan de problemas de carácter estructural.

México, aun con el tratado del NAFTA, está lejos de resolver los temas del
crecimiento, el empleo y la inclusión social. Por último, la cuestión
venezolana: un país partido en dos que nos suena como un eco, por suerte ya
muy lejano, del antagonismo entre peronistas y antiperonistas que nos
condenó por mucho tiempo a la ingobernabilidad.

En la zona iluminada del continente emergen condiciones excepcionales que
son observadas con gran expectativa desde distintos países del mundo. La
articulación de visiones, políticas y acciones entre Lula, Kirchner, Lagos
y quizás Tabaré Vázquez en el Uruguay, nos habla de dos desafíos
convergentes. Por un lado, el avance hacia un nuevo paradigma de desarrollo
que no puede ser el retorno a los años sesenta y setenta, ni tampoco la
continuidad de los ochenta y los noventa. Y por el otro, la integración
política de un continente capaz de intervenir en el rediseño de las
instituciones de una globalización que requiere nuevos poderes
supranacionales, democratizar decisiones y regulaciones.

El acuerdo de hecho entre México, Chile, Argentina y Brasil para rechazar
el unilateralismo en la cuestión de Irak es un precedente que hay que
profundizar, no sólo para actuar de manera reactiva, sino para renovar un
poder institucional internacional que responde a una concepción del final
de la Segunda Guerra. El debate acerca del multilateralismo y la ampliación
de las bases democráticas en la toma de decisiones va a requerir el
protagonismo de las regiones, ya no de los Estados tomados individualmente
y menos aún cuando se trata de realidades periféricas. Los padecimientos
del «gigante económico y enano político» -como han denominado varios
autores a Europa- se comprenden por su dificultad para armonizar una
política exterior y de seguridad común. De esta manera, el eje Blair, Aznar
y Berlusconi fue funcional a la hegemonía autoritaria de los EE.UU. para
decidir en contra de la legalidad cómo enfrentar al terrorismo
internacional con la ineficacia y los costos que estamos observando.

Por otro lado, el triunfo del PSOE en España y la emergencia de China e
India como potencias económicas nos permite ser un poco más optimistas en
nuestras demandas de mayor apertura comercial. Si, como señaló el
recientemente electo jefe del Estado Español, América latina está en el
segundo escalón de sus prioridades, el progresismo europeo debe ser
consciente de que es insostenible un discurso de solidaridad con nuestra
región y al mismo tiempo no replantearse el tema de los subsidios a la
agricultura como uno de los más notorios obstáculos al crecimiento de
nuestras economías.

El acuerdo de Río de Janeiro entre Brasil y Argentina debería incluirse
entonces en una perspectiva de mediano plazo sobre la necesidad de una
nueva arquitectura financiera internacional. Especialmente en lo referido
al papel del FMI. Es un contrasentido seguir considerándolo un organismo de
carácter técnico cuando sus decisiones afectan la vida de millones de
personas y su sistema de condicionalidades les quitan a gobiernos que
fueron elegidos democráticamente crecientes cuotas de soberanía,
estrechando los márgenes de decisión sobre las políticas más eficaces para
la estabilidad económica y el desarrollo social.

Estos desafíos nos remiten a la necesidad de articular posiciones cada vez
más sólidas y estructurales, donde el acento recaiga principalmente en una
acción constructiva y colectiva desde nuestra región a favor de una
globalización más democrática, más justa y solidaria.

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