General

España: Más allá de la boda real

May 20 2004

Por Joaquín Roy (*)

MADRID, May (IPS) – Detrás del enlace regio del 22 de mayo en Madrid reside una serie de detalles fundamentales para entender la centralidad de la institución política que tanto se juega con la boda.

Conviene recalcar que el sistema político español iniciado en noviembre de 1975, desde unas horas después de la muerte de Franco hasta las primeras elecciones democráticas celebradas en junio de 1977, era una monarquía centralizada. La legislación entonces puso en marcha los mecanismos sucesorios por los cuales los poderes detentados por el dictador eran heredados por el monarca como Jefe de Estado. Los meramente ejecutivos eran ejecutados por el Presidente del Gobierno, por aquel entonces Carlos Arias Navarro.

Solamente suavizado por la Ley de la Reforma política aprobada en 1976, que
permitió el paso a una democracia plena, el sistema político pasó a ser una
monarquía parlamentaria, pero tuvo que ser anclada con la aprobación de la
Constitución de 1978. Aunque los mecanismos constitucionales reservan el
ejercicio de las funciones gubernamentales al Presidente del Gobierno, las
legislativas al Congreso de los Diputados (Cortes) , y las judiciales a los
tribunales, en buena distribución al estilo de Montesquieu, conviene no
perder de vista que la monarquía disfruta de un lugar primordial, no
meramente ceremonial o simbólico (que los tiene), sino fundamentalmente legal.

La institución monárquica ejerce dos funciones pivotales. La Corona es la
máxima representación del Estado de cara al exterior (y muy especialmente
hacia los países iberoamericanos). El monarca es también el Comandante en
Jefe de las fuerzas armadas. Entre sus funciones específicas destaca el
nombramiento del Presidente del Gobierno, previa presentación de la decisión
del Congreso (según los resultados de las elecciones o los compromisos
postelectorales) y la prerrogativa de declarar la guerra y hacer la paz
(previa autorización de las Cortes, claro está).

Naturalmente, todos estos poderes (como recibir embajadores y aprobar los
tratados internacionales) están visiblemente limitados y reducidos a un
valor simbólico, ya que todo el edificio constitucional y político español
gira alrededor de la competencia del Congreso, como receptor de la soberanía
nacional. Pero desde el punto legal, las especificidades en que la monarquía
tiene una función explícita se convierten en cruciales y su potencial
violación traspasaría el umbral de la constitucionalidad.

De ahí que el futuro de la institución monárquica dependa, en gran manera,
de cómo se desarrolle el guión tras la boda del príncipe Felipe de Borbón y
Leticia Ortiz. Ambos son sumamente inteligentes y, sobretodo, despiertos y
alertas. El, porque ha tenido que cumplir con unas reglas drásticas toda su
vida. Ella, porque debió de tomar una decisión de vértigo. La catapultaba a
estar destinada a ejercer como Reina de España, que no es una minucia,
sobretodo si se traduce a otros idiomas (hágase la prueba).

Paradójicamente, las reticencias y las críticas a la Monarquía no vendrán
de liberales o de la izquierda, ni siquiera de los partidos explícitamente
republicanos, sino de los conservadores y de los «monárquicos de toda la
vida». Estos, reforzados por la nobleza dinosáurica, han permanecido
discretamente mudos durante este largo cuarto de siglo, a la espera del
primer error del Rey Juan Carlos o la Reina Sofía. Impecables en su función
(sobre todo ella, calificada certeramente por su marido en una rarísima
entrevista como «una gran profesional»), el resquemor por no haber
establecido una «corte» se lo pueden traspasar a la joven pareja, y
sobretodo a Leticia Ortiz (por su origen plebeyo, su previo divorcio, y su
naturalidad independiente).

La izquierda -sobretodo los socialistas- ha sido el más firme apoyo de la
monarquía, a la que vislumbraron tempranamente como aliada y garantizadora
de la consolidación de la democracia, en estadio precario durante los
primeros años de la transición. Esto se vio cristalinamente en el intento de
golpe de estado de 1981, frenado de cuajo por el propio monarca.
Escarmentado en su abuelo Alfonso XIII, que perdió el trono por alentar la
dictadura del general Primo de Rivera, Juan Carlos también estaba consciente
de que la familia de su mujer perdió el trono de Grecia cuando su hermano
Constantino se confabuló con los coroneles.

Finalizada la luna de miel, errores más insignificantes no van a ser
permitidos por los españoles. Menos monárquicamente embelesado que el
británico, el pueblo español tiene menos paciencia: con un 10% de las
travesuras reales en Londres, la monarquía española se habría terminado en
unas semanas. Felipe y Letizia lo saben. Se van a tener que ganar el puesto
a pulso. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).
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