General

Rumsfeld implicado en torturas

May 24 2004

Una sensacional revelación periodística, que acusa a Donald Rumsfeld de haber autorizado las humillaciones sexuales a prisioneros en Iraq para extraer información valiosa contra la resistencia, ha situado el escándalo de las torturas en una nueva dimensión. El Pentágono lo ha negado categóricamente.

EUSEBIO VAL – 17/05/2004
Corresponsal. Washington

El periodista Seymour M. Hersh ha vuelto a poner contra las cuerdas a la Administración Bush con otro artículo en la revista “The New Yorker? que contiene dinamita informativa. Hersh, autor de la exclusiva que desveló el informe militar de 53 páginas sobre los abusos en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, denuncia ahora la existencia de un programa supersecreto, autorizado por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que preveía humillaciones sexuales a detenidos en Iraq para obtener mejor información en la lucha contra la resistencia. El presidente George W. Bush, según el reportero, habría estado al corriente del plan, aunque no se sabe si conocía los detalles.

El Pentágono se apresuró a rechazar las acusaciones. No lo hizo Rumsfeld en persona, pero sí el portavoz de Defensa, Lawrence di Rita. Éste dijo que el artículo era “descabellado, conspiratorio y lleno de errores y conjeturas anónimas?. El portavoz matizó que no comentaba operaciones secretas, pero insistió en que “ningún responsable oficial del Departamento de Defensa aprobó ningún programa que pudiera de alguna manera estar concebido para provocar abusos como los que muestran las recientes fotos y vídeos?. “Esta historia parece reflejar las ideas obsesivas que aquellos que tienen una vinculación muy débil, o ninguna, con las actividades del Departamento de Defensa?, remachó.

Seymour, que cita como fuentes a funcionarios de inteligencia estadounidenses en activo y retirados, reiteró ayer sus acusaciones en una entrevista con la cadena CNN. Lo más grave de las revelaciones es que las torturas y humillaciones descubiertas no serían un hecho anecdótico, ocurrido en el último eslabón de la cadena mando, sino que la responsabilidad partiría de las más altas esferas. Si el artículo expone la verdad, Rumsfeld habría mentido en sus declaraciones bajo juramento, la semana pasada, ante las comisiones de Defensa del Senado y la Cámara de Representantes. El secretario de Defensa sostuvo que la convención de Ginebra estaba vigente con los prisioneros iraquíes. También habrían mentido otros implicados y conocedores de las prácticas, como el subsecretario de Inteligencia, Stephen Cambone, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Richard Myers.

El reportaje de “The New Yorker?, bajo el título de “The gray zone? (la zona gris), afirma que después del 11-S se creó en el Pentágono un llamado “plan de acceso privado? (SAP), un plan secreto, habitual en el Departamento de Defensa, que permite reclutar personal ­que actúa con nombre falso­, efectuar compras y ejecutar acciones sin dejar rastro. Suele hacerse para desarrollar nuevo armamento ultrasecreto, como fueron en su día los aviones sin piloto Predator. Esta vez el SAP tenía como misión matar o capturar ­y en ese caso interrogar­ a los máximos responsables de Al Qaeda. El Pentágono quería asegurarse máxima efectividad en la lucha antiterrorista, sin trabas legales o diplomáticas para actuar de inmediato en cualquier rincón del planeta y realizar interrogatorios en lugares secretos. La estrategia dio buenos resultados. Algunos de los máximos responsables de Al Qaeda fueron aprehendidos.

En otoño del 2003, ante el cariz que tomaba la situación en Iraq, con acciones cada vez más frecuentes y mortíferas de la resistencia, Rumsfeld y su equipo decidieron “ponerse más duros? con los detenidos para tratar de mejorar la deficiente información sobre el enemigo. Se tomó la decisión de extender la operación del SAP, con el nombre codificado de “Copper Green?, a los prisioneros en Abu Ghraib y otros penales. Los hombres de SAP ­muchos de ellos de paisano­ tenían licencia para saltarse las normas. La CIA optó al parecer por dejar de participar en la operación porque objetaba sus métodos.

Siempre según “The New Yorker?, las humillaciones sexuales formaban parte del plan porque se consideraban un instrumento ideal para que los prisioneros musulmanes se derrumbaran. El objetivo no era sólo que “cantaran?, sino utilizar las fotos para chantajearlos tras ser liberados. Con eso EE.UU. pensaba crear un “ejército de informantes?, de hombres avergonzados y temerosos de deshonor ante sus familias y amigos. Estas personas estarían insertadas en la sociedad iraquí como dóciles espías.

El maquiavelismo de la operación se explica, según Hersh, por la visión que los conservadores en Washington tienen de los árabes y, en concreto, por la lectura del libro “The arab mind? (la mente árabe), que dedica un capítulo a la importancia psicológica de la represión sexual y el tabú de la homosexualidad. Quienes ordenaron los abusos pretendían, pues, aprovechar burdamente la idiosincrasia árabe como ventaja estratégica en tiempos de guerra.

El escándalo de las torturas y la inestable situación en Iraq están empujando hacia récords mínimos la popularidad de Bush y sus expectativas de reelección el 2 de noviembre. Un sondeo de “Newsweek? sitúa su apoyo popular en el 42%, y otro de “Time? lo estima en el 46%.

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