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EEUU: TURISTA NON GRATO

Jul 26 2004

Por Joaquín Roy (*)

BARCELONA-NUEVA YORK, Jul (IPS) – Desde hace ya demasiados años no había hecho el viaje transoceánico de Barcelona al aeropuerto Kennedy, de Nueva York, con una breve escala en Madrid. Pero me acuerdo como si fuera ahora de mi primer vuelo, el 1 de setiembre de 1967, en esa dirección, pasando por Lisboa, cuando la PANAM mantenía un vuelo que enlazaba Niza con la metrópolis, que entonces no tenía las Torres Gemelas. Desde entonces, habré cruzado el Atlántico centenar y medio de veces.

Cuando me preguntan cuándo decidí irme a los Estados Unidos, contesto que,
curiosamente, la «conversión» se produjo una tarde cálida de 1966, de verano
en la isla canaria de Tenerife. Estábamos, en el campamento de Los Rodeos,
cercano al aeropuerto, unos cuantos centenares de universitarios, aspirantes
a oficial, formados para dirigirnos a nuestras casas de origen. El día
anterior se había armado un gran revuelo porque, como un solo hombre, nos
habíamos puesto de acuerdo para boicotear la cantina privada, una concesión
en la que se sospechaba estaban implicados algunos mandos que de esa manera
redondeaban su paga. Nuestra indignación (no provocada por el cohecho, que
asumíamos resignadamente) se basaba en el aumento escandaloso del costo del
«Cuba Libre». El boicot fue objeto de una filípica del oficial del día,
recordando artículos del código militar y la amenaza de arresto. El abucheo
de que fue objeto todavía resuena en mis oídos. En la cima del paroxismo y
la irritación, el oficial entonces resonó: «¿dónde se creen que están, en
los Estados Unidos?» En ese preciso instante resolví, tocado como por una
revelación, irme a los Estados Unidos, al país del Cuba Libre barato y la
mítica libertad sindical. En fin, era el sueño americano en su debida
proporción.

Con el paso de los años, comprensiblemente, ese sueño se ha ido convirtiendo
en una experiencia todavía positiva, pero más realista, menos utópica, más
razonable. En los últimos dos años, sin embargo, el sueño general se ha
trocado, por momentos, en pesadilla, duda, indignación extrema, y en
precisos momentos, vergüenza propia.

En cada regreso a Europa, el arsenal de protestas, críticas, resquemores, y
reclamos legítimos por parte de visitantes a los Estados Unidos se une
implacablemente a la dosis de estereotipos y prejuicios existente en Europa
(y en el resto de la galaxia). Las restricciones migratorias y los
condicionamientos de visado para viajar a los Estados Unidos están
convirtiendo el inocente y aparentemente placentero turismo, o el rutinario
viaje de negocios en una experiencia humillante, confusa, aterrorizante, y a
la larga perjudicial para la propia economía norteamericana.

Ulteriormente, se ha asestado un daño irreparable para la imagen del país
donde se podía organizar un boicot por la subida de precios. Este
desaguisado ha sido posible por una decisión de un grupo minúsculo
parapetado en la Casa Blanca, el Departamento de Defensa y el Departamento
de Seguridad de la Patria (nombrecito que hubiera hecho las delicias de
Himler). Con la connivencia, cobardía o silencio de la mayoría del Congreso
y la prensa (ahora arrepentida), la ejecución de las absurdas medidas de
filtro de visitantes se ha delegado, anónimamente, en un sector
burocratizado, maleducado, mal pagado y obligado a mostrarse entre firme y
disuasorio para sobrevivir en su puesto. Igual que el grueso de las fuerzas
armadas en Irak, lamentablemente representadas por una minoría brutalizante
de torturadores.

Solamente una rebelión de la propia ciudadanía norteamericana puede terminar
con este desastre nacional, diseñado antes del 11 de setiembre, perpetrado
después y anunciado en las Azores. Habrá que aguardar a noviembre. Con esa
esperanza, creo que me contentaré el domingo 25 de julio, con celebrar
(espero que la CNN lo dé en directo) el sexto maillot amarillo de Lance
Amstrong en el Tour de France. Confieso que me emocionaré una vez más al
verle subir al podio, enmarcado por el Arco de Triunfo de los Elíseos, y oír
sonar el himno de las franjas y estrellas. Ahí triunfará la verdadera
América, la de Lincoln, Martín Luther King y Edgar Allan Poe. No es la de
George W. Bush, Richard Nixon o Donald Rumsfeld. Es la de Emma Lazarus,
cuyos versos están inscritos a los pies de la Estatua de la Libertad: «dadme
las masas cansadas, pobres, acurrucadas, anhelantes de ser libres»… y de
boicotear una cantina corrupta. (FIN/COPYRIGHT IPS)

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