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Chávez no veranea en Marbella

Ago 31 2004

Juan Torres López
La Opinión de Málaga

Venezuela y Arabia Saudí son dos países muy distintos pero ambos tienen en común ser grandes productores de petróleo, lo que les proporciona rentas muy elevadas. Lo que hacen con ellas sus gobiernos y el trato que merece cada uno es muy significativo.

En Arabia Saudí manda una familia de dictadores encabezada por el rey Fad
que goza del respeto y el favor de los más poderosos de la Tierra.

Hace un par de años, el rey Fad veraneaba en Marbella donde tiene una
mansión gigantesca, aunque insuficiente para albergar el séquito de más de
3.000 personas que lo acompaña. Tuvo que alquilar unas 300 habitaciones en
los hoteles más lujosos de la ciudad. Con él llegaban varios aviones, más
de doscientos mercedes, unas 2.000 maletas y toda una caravana de lujo y
placer que implicó un gasto de unos 6 millones de euros diarios. En su
residencia recibió al Rey Juan Carlos, que se desplazó especialmente a
saludarlo, y parece que también al expresidente Aznar y a Colin Powell.

El Rey Fad es el jefe, ya muy enfermo, de una familia real multimillonaria
gracias al petróleo de su país aunque prefieren invertir su ingente riqueza
fuera de él, donde se dice que disponen de más de 600.000 millones de
dólares.

Esas conductas empobrecen a su pueblo. La renta per capita de Arabia Saudí
ha pasado de 35.000 $ a 7.000 $ en los últimos veinte años.

Aunque el rey y los príncipes viven como en un paraiso sólo el 47% de la
población de su país está alfabetizada (el 61% en Tanzania y el 96% en
Cuba) y el Indice de Desarrollo Humano es semejante al de El Salvador.

En Arabia Saudí no hay derechos democráticos ni se respetan las libertades
políticas básicas. Las mujeres no pueden conducir y si alguna es
descubierta en adulterio es lapidada. No se puede ejercer la oposición
política y cualquier tipo de protesta o reivindicación contra el goberino
es reprimida con extraordinaria dureza. Un informe de Amnistía
Internacional afirma textualmente que «en Arabia Saudí, quienes critican al
Estado están expuestos a que los detengan por tiempo indefinido sin cargos
ni juicio. A menudo sufren torturas o malos tratos. Los detenidos no tienen
derecho a contar formalmente con un abogado, y en muchos casos no se les
informa, ni a ellos ni a sus familias, de la marcha de los procedimientos
judiciales entablados en su contra».

Esta misma organización ha denunciado la ausencia en aquel país de una
prohibición legal inequívoca que tipifique la tortura como delito, las
deficiencias graves del sistema de justicia penal, la práctica (tanto
judicial como extrajudicialmente) de castigos corporales que constituyen
tortura, la discriminación, de hecho y de derecho, de mujeres y
trabajadores extranjeros, y la ausencia de cualquier tipo de mecanismo de
reparación creíble. Según Amnistía, estos factores han institucionalizado
la tortura en Arabia Saudí durante décadas y han dado como resultado una
larga lista de víctimas, entre los que se cuentan hombres, mujeres y niños.
Cortar la cabeza o el apedreamiento son castigos habituales.

Para colmo, los gobernantes saudís merecen serias sospechas de estar detrás
del terrorismo internacional más sanguinario.

La Casa Blanca trató de ocultar la parte referida a Arabia Saudí del
informe elaborado por los comités de Inteligencia del Senado y la Cámara
Baja sobre los fallos de seguridad el 11-S. Pero el New York Times desveló
que dos saudís relacionados con algunos de los terroristas probablemente
forman parte de los servicios de inteligencia de Riad. Entre las
revelaciones facilitadas por Los Angeles Times se destaca que el Gobierno
de Arabia Saudí no sólo facilitó significativos fondos y ayuda a los
terroristas del 11-S sino que también ha tolerado el envío de cientos de
millones de dólares con destino a las arcas de Al Qaeda y otros grupos
terroristas.

A pesar de todo ello, el rey saudí y su gobierno son considerados amigos
respetables y reciben todo tipo de reconocimientos y atenciones.

En el otro lado del mundo, mientras el rey Fad veraneaba lujosamente Hugo
Chávez trataba de recobrar la normalidad institucional en Venezuela tras un
antidemocrático golpe de Estado que, en nombre de la democracia, habían
aplaudido líderes como Bush y Aznar, buenos amigos del sátrapa saudí.
Ahora, acaba de obtener más del 59% de los votos en un referendum
revocatorio que no existe en ningún otro lugar del mundo. Es la octava vez
que gana electoralmente y, a pesar de ello, sigue siendo acusado de
caudillo y de dictador por los mismos que no hacen ascos a las torturas
saudíes. El expresidente Carlos Andrés Pérez declaraba hace un mes que
Chavez «debería morir como un perro» (El Nacional, 25-7-04) y en los medios
privados se le insulta habitualmente llamándolo mono, afeminado, patán..
Pero dicen que en su país no hay libertad de expresión. Los jueces del
Tribunal Supremo sentenciaron en su día que en el golpe de Estado de abril
de 2002, Chávez no estuvo secuestrado, sino custodiado, pero dicen que allí
el presidente controla la judicatura. Cuando fracasó el golpe, las
televisiones privadas se dedicaron a emitir dibujos animados, sin informar
de nada, pero dicen que el gobierno controla los medios de comunicación.

El cardenal Rosalio Castillo declaró a Radio Vaticano que Chavez ha ganado
porque «a la gente pobre le daban de 50 a 60 dólares si votaban por el No».
Es un juicio miserable y tonto, impropio de un príncipe de la Iglesia. En
realidad, Chavez le ha dado a los pobres de su país bastante más. Sólo en
el último año se han destinado 3.000 millones de dólares a gastos sociales
en alfabetización, vivienda o alimentos. En los últimos años se ha
escolarizado a 1,5 millones de niños más, y se ha alfabetizado a más 1,2
millones de adultos. Desde 1998 el gasto social ha aumentado un 40%. Más de
3 millones de personas se han beneficiado de los programas de alimentos y
más de 4 millones de nueva atención sanitaria, y se han construido más de
100.000 casas. Algunos equipos médicos ambulatorios están realizando en una
semana las operaciones que antes se hacían en siete años.

En Venezuela se respeta la propiedad privada y su gobierno paga
religiosamente la deuda externa, a pesar de que tiene un origen injusto e
ilegítimo. Pero dicen que Chavez quiere cubanizar el país. La oposición más
extremista se empeña en derribar al gobierno legítimo con acciones en la
calle, pero es Chavez quien tiene fama de pendenciero. Todos los
indicadores macroeconómicos iban mejorando hasta que esa misma oposición
dio un golpe de estado y realizó un sabotaje petrolero que provocó una
caída del 30% en el PIB y la pérdida de 700.000 puestos de trabajo. Pero
dicen que es el gobierno que tiene el apoyo del sesenta por ciento de la
población quien quiere hundir al país.

Es el mundo al revés. Seguramente, lo que no le perdonan a Hugo Chávez es
que se gaste tanto dinero en los miserables. Los poderosos del mundo
preferirían un presidente que siguiera manteniendo a Venezuela como
principal importador mundial de whisky y que con el dinero de su pueblo
veraneara lujosamente en Marbella, justo al lado y como el rey Fad.

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