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Los cazadores de genes

Ago 27 2004

Silvia Ribeiro

ALAI-AMLATINA 08/2004,México D.F.- Los pueblos indios han estado desde hace tiempo en la mira de los cazadores de genes. Por décadas, sus plantas medicinales, semillas, insectos y los conocimientos asociados a ellos, han sido materia prima de las industrias farmacéuticas, cosméticas, agrícolas. Más recientemente, son buscados por su propia constitución genética, materia prima para descubrir variaciones genéticas particulares, que podrían dar claves para conocer la relación de los genes con enfermedades, negocio de gran potencial para las transnacionales farmacéuticas.

En 1993, Pat Mooney, director del Grupo ETC (en ese entonces
llamado RAFI), estaba haciendo una búsqueda sobre patentes en
la India. Colocó en el buscador las palabras «patentes+India» y
con asombro vio que el resultado fue una solicitud de patente (WO
9208784), sobre las líneas celulares de una india ngobe de
Panamá, de 26 años. Los «inventores» del «objeto» a patentar eran
Michael Dale Laimore y Jonathan E. Kaplan, a nombre del
gobierno de Estados Unidos.

Lo «interesante» para el gobierno de Estados Unidos era que la
mujer ngobe mostraba una resistencia particular a ciertos tipos de
leucemia. Esta patente no era única, también habían solicitado
patentes sobre líneas celulares de indígenas de Papua, Nueva
Guinea, y de las Islas Salomón, entre otros. Estas patentes
fueron posteriormente revertidas por la acción de RAFI y otras
organizaciones, en conjunto con los pueblos indígenas afectados.

Pero no eran hechos aislados. RAFI constató que los datos que
llevaron a las patentes procedían del llamado Proyecto de
Diversidad Genética Humana (HGDP, por sus siglas en inglés).
Este proyecto internacional de colaboración entre universidades y
científicos de Estados Unidos, Europa y Japón, paralelo al
Proyecto Genoma Humano, tenía como objetivo tomar muestras
de sangre, cabello y piel de grupos indígenas en todo el mundo,
que pudieran tener variaciones genéticas que les otorgaban más
resistencia o predisposición a contraer ciertas enfermedades. El
proyecto había detectado 722 grupos humanos «interesantes»,
entre los cuales había muchos grupos indígenas que se
consideraban en peligro de extinción. El razonamiento del HGDP
era que había que tomar muestras de estos indios antes de que
murieran para que la ciencia pudiera usar sus líneas celulares.
Que esos grupos indios tenían derecho a vivir no estaba entre los
temas a considerar, sino solamente rescatar la información
genética «para la humanidad».

Según un documento del HGDP de 1992, se habían seleccionado
varios grupos de México: mames, tzotziles, mixtecos, zapotecos,
totonacas, purépechas, teneek, y en forma genérica, indígenas de
Tlaxcala, Guerrero y «México-americanos».

Este proyecto fue duramente criticado por organizaciones de la
sociedad civil y de pueblos indios de muchas partes del mundo,
logrando finalmente que la UNESCO y otras instancias lo
condenaran públicamente. El proyecto quedó latente. No es claro
el destino de las muestras obtenidas por el HGDP, pero muchas
fueron colocadas en bancos de datos de acceso público, a partir
de lo cual diferentes empresas las han podido utilizar y solicitar
patentes por los trabajos subsecuentes.

Pese a la derrota ética de este proyecto, esto no significó que las
trasnacionales farmacéuticas dejaran de ver la diversidad genética
como un gran negocio. Habiendo aprendido la lección, pero sin
cambiar básicamente las intenciones, en octubre de 2002 se
comienza otro proyecto internacional titulado «Proyecto HapMap»,
donde participan organismos públicos y privados de Estados
Unidos, Japón, Canadá, China y Nigeria. Esta vez con los
auspicios y la participación explícita de las más poderosas
empresas trasnacionales de la farmacéutica por medio de una
institución pantalla llamada SNP Consortium.

Los grupos a muestrear esta vez están fundamentalmente dentro
de los países participantes y el proyecto HapMap afirma que se
les pedirá su consentimiento, que la información será pública y no
patentada. De todos modos, como aclara Celera Genomics,
empresa líder del sector, nadie podrá usar la información sin la
tecnología para interpretarla, que la tienen ellos y unos pocos más,
convenientemente patentada.

En Estados Unidos, uno de los grupos de interés son,
nuevamente, los «México-americanos». Julio Licinio, de la
Universidad de California, en Los Angeles, realizó una reunión con
130 líderes comunitarios México-americanos, con buffet y hasta un
payaso para entretener a sus hijos, para explicarles que el
HapMap necesita estudiar sus variaciones genéticas para bien de
la humanidad. «Creo que es la primera vez que se contrata un
payaso con fondos de los institutos nacionales de salud», bromea
alegremente con la prensa.

En julio de 2003, Julio Frenk, secretario de Salud, anuncia también
alegremente que México ha «aceptado» participar en este
proyecto. Lo vincula a las tareas del proyectado Instituto de
Medicina Genómica. Adelantándose, el director del Consorcio
Promotor de Medicina Genómica en México, Gerardo Jiméz
Sánchez, ya había ofrecido a los «60 grupos étnicos» de México a
las trasnacionales, en un folleto titulado Oportunidades para la
industria farmacéutica en el Instituto de Medicina Genómica,
donde explica que la diversidad cultural de México es la garantía
del éxito en las investigaciones genómicas.

En México no han contratado payasos para convencer a nadie, al
menos no con título de tales. Pero tampoco ha habido ninguna
discusión pública sobre las implicaciones reales de este tipo de
actividades. Y, por cierto, entonces no habrá nada de qué reír.

Silvia Ribeiro es investigadora del Grupo ETC, www.etcgroup.org
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