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BRASIL: Lula entre dos aguas

Sep 24 2004

Raúl Zibechi

ALAI-AMLATINA 23/09/2004, Montevideo.- Si el crecimiento económico fuera la forma de medir los aciertos de un gobierno, el de Luiz Inacio Lula da Silva debería ser valorado como exitoso. En efecto, en 2004 el producto bruto interno crecerá por encima del 4%, contrastando vivamente con el estancamiento del año anterior, primero de la gestión petista, cuando la economía decreció un 0,2%. Los datos del primer semestre de este año confirman la tendencia que comenzó hacia fines del año pasado: según los portavoces oficiales, se trata de un verdadero despegue ya que estarían dadas las condiciones para un crecimiento sostenido durante un largo período. En el gobierno se respira un clima de euforia, ya que el avance de la economía vendría a confirmar la certeza del polémico rumbo tomado por el Partido de los Trabajadores (PT) en el gobierno.

En contraste, el 7 de setiembre, día de la patria en Brasil, casi dos
millones de personas salieron a las calles convocadas por el Grito
de los Excluidos, para rechazar la actual política económica, exigir
un plebiscito sobre la deuda externa y la aceleración de la reforma
agraria. La décima edición del Grito, movilización anual en la que
participan desde hace diez años casi todos los movimientos del
país, desde la iglesia católica hasta los sin tierra (MST), se realizó
de forma simultánea en 1.800 localidades. En la concentración
central, en Aparecida do Campo, en el estado de San Pablo,
participaron unas 90 mil personas, según Brasil de Fato,
semanario vinculado a los sin tierra.

Economía y elecciones

Durante más de un año, el gobierno de Lula -y muy en particular
su ministro de Economía, Antonio Palocci- aseguró que los
sacrificios del primer año y la continuidad con el modelo neoliberal
del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, eran el precio a
pagar para que la economía despegara de forma definitiva. El
gobierno optó por una política asentada en un fuerte superávit fiscal
primario (superior incluso al comprometido con el FMI), un
importante recorte de los gastos gubernamentales y una muy
elevada tasa de interés para frenar cualquier estampida de la
inflación. Para un país cuya deuda asciende al 55% del producto
bruto, se trataba según los voceros oficiales de «poner la casa en
orden» para reducir la vulnerabilidad externa del país y tomar las
riendas de la economía y del Estado.

Las principales críticas vinieron tanto de la izquierda y de los
movimientos como de los grandes industriales, quienes sostienen
que el elevado superávit fuscal y las altas tasas de interés tienen
efectos recesivos y suponen no sólo una merma de la actividad
económica interna sino que fomentan el desempleo. Desde el
oficialismo, se ha respondido que los efectos nocivos del superávit
fiscal se compensan con el gran aumento que experimentan las
exportaciones, y que la tasa de interés iría descendiendo a medida
que bajara la inflación, como ha sucedido a lo largo de 2003.

Sin embargo, el notable crecimiento de las exportaciones -sólo las
del agrobusiness crecieron un 44% en lo que va de año- no
beneficia a la inmensa mayoría de los brasileños sino a un
pequeño sector hiperconcentrado y supertecnificado, que genera
muy pocos puestos de trabajo pero sí enormes ganancias para las
multinacionales que regentean el negocio. Pero es la evolución de
la industria la que pone en negro sobre blanco qué tipo de
crecimiento está sucediendo en Brasil. En los seis primeros
meses de este año, la industria de bienes durables creció un
28,2% por encima del nivel de 2002, mientras la de bienes no
durables bajó un 0,8%. Las industrias que abastecen al mercado
interno, y en particular a los sectores populares, fueron las que
tuvieron el peor desempeño: bebidas, vestimenta y calzados
cayeron por encima del 7% en los seis primeros meses del año.

Carlos de Assis, editor de Desemprego Zero, señala que crecen
aquellos rubros «consumidos principalmente por los ricos y por las
exportaciones», por lo que «la recuperación industrial, si existe,
atiende sobre todo a los ricos»(1). Entre los asalariados, el relativo
avance de la economía no consigue los resultados esperados: en
el primer semestre de este año se crearon un millón de empleos
en el sector formal, pero el 54% perciben remuneraciones de
apenas un salario mínimo y medio (130 dólares).

Para empeorar este panorama, el Banco Central -a cuyo frente el
gobierno de Lula colocó a un destacado representante de las altas
finanzas- elevó a principios de setiembre las tasas de interés (del
16 al 16,25%) para enviar una «señal» de que no tolerará un
aumento de la inflación. Se trata de una pésima noticia para
quienes aspiraban a que el crecimiento económico podría
direccionarse hacia la reactivación del mercado interno. Al parecer,
el crecimiento seguirá escorado hacia las clases altas y hacia el
mercado externo, y las tasas de interés seguirán subiendo, lo que
impedirá bajar el desempleo y mejorar el nivel de vida de los más
pobres.

No obstante, aún esta frágil reanimación económica coloca al
gobierno de Lula en buenas condiciones para enfrentar las
próximas elecciones municipales y estaduales (cuya primera
vuelta se realiza el 3 de octubre), en las que el PT y sus aliados
esperan aumentar la cantidad de municipios bajo su control. Los
nubarrones que aparecieron a principios de este año -desencanto
de la población por los malos resultados económicos sumado a
denuncias de corrupción que afectaron a la mano derecha de Lula,
José Dirceu- parecen irse disipando. Pero las municipales pueden
registrar algunos reveses significativos para el oficialismo, sobre
todo en la ciudad de San Pablo, la más importante del país, el
municipio estrella cuyo resultado tiene trascendencia nacional.
Allí, la actual alcaldesa, Marta Suplicy del PT, deberá competir en
segunda vuelta con José Serra, ex candidato a la presidencia por
el PSDB (el partido social demócrata del ex presidente Cardoso)
derrotado por Lula hace dos años, pero que parece mejor
posicionado para arrebatarle al PT la ciudad más importante del
país.

En otras ciudades emblemáticas, como Porto Alegre, el candidato
petista (Raúl Pont, integrante de la IV Internacional) lleva una
cómoda ventaja aunque deberá acudir a una segunda vuelta. En
todo caso, las elecciones del 3 de octubre abrirán un nuevo tiempo
político: «El tema de la reelección comenzará a colocarse
abiertamente para el gobierno y formará parte necesariamente de
la pauta de la derecha», apunta el filósofo petista Emir Sader(2).

¿Retorno del movimiento social?

A juzgar por la masividad de la movilización convocada por el Grito
de los Excluidos, es posible que el movimiento social esté
comenzando un proceso de reactivación. En 1995, la primera vez
que se conmemoró, se realizaron manifestaciones en 170
ciudades; diez años después, la cifra se multiplicó por diez. Para
el MST, principal animador de la movilización social, la única forma
de destrabar la situación actual («el gobierno es medio popular y
medio burgués» aseguró un destacado dirigente), es promoviendo
un «reascenso del movimiento de masas, capaz de alterar
fundamentalmente la correlación de fuerzas en la sociedad y
garantizar que el gobierno haga cambios efectivos en la política
económica actual»(3). Este convencimiento llevó a los sin tierra a
poner en pie, junto a movimientos rurales y urbanos, la
Coordinadora de Movimientos Sociales (CMS) para articular luchas
comunes. La integran, además de los sin tierra, la Central Unica
de Trabajadores (CUT), la Unión Nacional de Estudiantes, las
iglesias, Vía Campesina, el Grito de los Excluidos y grupos
marginados urbanos conocidos como los «sin techo». Los
movimientos comienzan a alzar la voz.

No es para menos: Lula se comprometió a asentar 400 mil familias
en cuatro años, pero en lo que va de 2004 según el MST el
gobierno asentó sólo 28.700, y está muy lejos siquiera de
acercarse a la mitad de la meta fijada. En 2003 se pagaron 50.000
millones de dólares por intereses de la deuda, cinco veces más
que el presupuesto de salud, ocho veces más que el de educación
y 140 veces más que el gasto en reforma agraria. El Plan Hambre
Zero, el principal programa contra el hambre y la exclusión social,
llega en estos momentos a poco más de tres millones de
brasileños, de un total de 54 millones que se propone incluir.
Mientras los planes sociales marchan a paso de tortuga, el sector
financiero sigue amasando fortunas: en los seis primeros meses
de este año, las ganancias del sistema financiero crecieron un
14,7% respecto a 2003, pese al descenso de las tasas de
interés(4). En tanto, el desempleo y el subempleo alcanzan al 25%
de la población activa.

Parte del viraje que está procesando el movimiento social, queda
plasmado en el lema del Grito de este año: «Brasil: cambio de
verdad, el pueblo lo hará». Ari Alberti, miembro de la Coordinación
Nacional del Grito, explicó este viraje que consiste en no esperar
más cambios desde arriba. «El gobierno ya demostró en estos
casi dos años que, por más que tenga buena voluntad, no va a
conseguir cambiar esta realidad. La presión de arriba es muy
fuerte, sea interna o externa. Si el pueblo organizado no hace
presión desde abajo hacia arriba para que las cosas cambien, no
va a suceder nada. La esperanza se diluye y se torna frustración.
Es preciso organizar la esperanza, politizar la esperanza, para que
se torne movimiento. Esa es la convocatoria del Grito»(5).

El día después

Muchos dirigentes y militantes sociales esperan que luego de las
elecciones, «el gobierno esté menos presionado y más dispuesto a
discutir las necesidades de los movimientos», como sostiene
Brasil de Fato del 9 de setiembre. Es posible. Pero lo que
realmente está cambiando es la percepción de amplios sectores
de la necesidad de hacer algo, y de hacerlo ya. Para Stédile, «el
pueblo está más consciente y confiado» en sus propias fuerzas.
Algo que corrobora la CMS, al afirmar que «el pueblo está
percibiendo que es el protagonista de los cambios». Ya no son
sólo intelectuales aislados o sectores de la izquierda radical los
que enfrentan al gobierno, sino movimientos sólidos y con gran
capacidad de acción, como los sin tierra, que deslindan campos
de forma cada vez más clara. Y la propia iglesia católica, que por
boca de varios obispos viene reclamando un radical cambio de
rumbo.

En las alturas, sin embargo, se registra una sorprendente
paradoja: el gobierno Lula -que ostenta niveles de aprobación
elevados y tiene una base de apoyo política y social tan amplia
como heterogénea- puede ser menos sólido de lo que aparenta.
Ante un nuevo ascenso del movimiento social, tiene escaso
margen para no ceder y cambiar la orientación política. Una
fragilidad reconocida, incluso, por el actual secretario general del
PT, Silvio Pereira. En una entrevista publicada por el periódico
Valor Económico, Pereira sostuvo que el PT no está en
condiciones de afrontar siquiera una derrota electoral en la ciudad
de San Pablo. «Una derrota en San Pablo es una derrota electoral
del PT. No hay victoria que compense eso, por más que el partido
sea victorioso en el resto del país. Eso va a llevar a una profunda
discusión, en el PT y dentro del gobierno, que podrá resultar en
cambios profundos en el gobierno o la posibilidad de mayores
rupturas en el PT. El cuadro de derrota es serio y puede poner en
juego (la elección presidencial de) 2006, todo el proyecto político e
histórico del PT. No se trata apenas de una derrota electoral.
Perder en San Pablo sería derrotar toda una historia»(6).

La visión del secretario general suena demasiado fuerte. Aún
aceptando que puede estar acicateando al electorado, revela la
fragilidad del gobierno Lula. Sin embargo, sería un error pretender
que el gobierno es frágil por otra cosa que no sean las opciones
políticas que viene realizando. El propio Pereira, queriendo
destacar al de Lula como un gobierno de «unidad nacional», puso
el dedo en su mayor debilidad: «El sector financiero está dentro.
Los sectores industrial y exportador también. Los partidos de
izquierda y de derecha están dentro». El PT llevó tan lejos el juego
de alianzas políticas y sociales que, inevitablemente, está en la
cuerda floja. Cualquier movimiento en falso, puede provocar una
ruptura sin retorno.

Esta situación de delicado equilibrio, que hasta ahora era percibida
sólo por las elites, comienza a ser visualizada también por los
militantes sociales. Durante el Grito de los Excluidos, el
coordinador de la Central de los Movimientos Populares mostró
que la gente está perdiendo el temor a movilizarse contra «su»
gobierno: «La idea es hacer como que el pueblo está más ‘nervioso’
que el mercado financiero. Tal vez, así el gobierno se preocupe
antes de las prioridades de los brasileños que de calmar al FMI y
al Banco Mundial».

1) «O que está por trás do crescimento industrial», en
www.desempregozero.org.br/editoriais
2) Emir Sader, «A direita e o governo Lula», en www.lpp-
uerj.net/outrobrasil
3) Joao Pedro Stédile, «El MST y las disputas por las alternativas
en Brasil», en revista OSAL No. 13, Buenos Aires, enero-abril de
2004.
4) Folha de Sao Paulo, 11 de setiembre de 2004, p. B1.
5) Informativo MST, 8 de setiembre de 2004, en www.mst.org.br
6) Valor Económico, 3 de mayo de 2004.

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