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RECHAZO DEL HOMBRE CULPOSO

Sep 27 2004

Enrique Gomariz Moraga

He leído la nota “Elogio a la mujer brava? de Hector Abad, y, como no es la primera de este tipo que publica Other News, me parece que ya es hora de emitir alguna respuesta. Para facilitar el entendimiento, creo conveniente dar alguna referencia sobre cual es mi punto focal, es decir, desde donde estoy haciendo esa respuesta. Hace veinte años que trabajo en la temática de género, y he publicado algunos libros sobre situación de las mujeres, masculinidad, relaciones de género, sólo o en compañía de algunas mujeres “bravas?, por decirlo en los términos de Hector. Quizás los trabajos más conocidos sean los realizados con FLACSO (Mujeres Centroamericanas, Mujeres Latinoamericanas en Cifras) o con la Fundación Género y Sociedad (Estudios sobre Masculinidad, Democracia de Género, etc.). Politicamente, estoy convencido de que la equidad de género es una necesidad insoslayable para construir una sociedad justa, democrática y solidaria (y eso incluye la acción positiva para las mujeres cuando sea necesaria, es decir, estoy a favor de las cuotas en política, para poner un ejemplo claro). Y desde el punto de vista del deseo, comparto la preferencia que señala Hector: prefiero la mujer asertiva, parada sobre sus propios pies, que enfrenta el reto de su tiempo: ser persona sin copiar necesariamente el patrón masculino dominante.

Ahora bien, romper con el sexismo no es únicamente separarse de los esterotipos femeninos, sino también de los masculinos. No es únicamente respetar a las mujeres, sino respetar a los hombres. Cuando un hombre habla de los hombres, calificándolos de bestias, seres irracionales, etc., no está haciendo otra cosa que seguir -en serio- la línea de esos chistes sexistas en contra de los hombres, que reflejan mucho más un deseo de venganza, que un compromiso real con la equidad de género.

Por otra parte, hay ya una enorme literatura sobre la necesidad de evitar la sustitución de los mitos tradicionales de género, por los nuevos mitos, del estilo de: las mujeres son buenas por naturaleza, siempre tienen la razón, son únicamente víctimas, constituyen el nuevo paradigma, etc.,; mientras todos los hombres son machistas, siempre están equivocados, son malos por naturaleza, etc. Este juego compensatorio de siglos de denigración de las mujeres, no nos lleva a buen puerto: como demuestra Susan Faludi, en su libro sobre los hombres, nos lleva a más conflicto, más violencia, más pérdida de sentido, sobre todo de parte de los varones, pero que afecta a toda la sociedad.

También hay ya literatura sobre el perfil del hombre que se adhiere a los nuevos mitos de género, con la fe ciega del nuevo converso. Es el hombre culposo, que se arrastra llevando el peso de la culpa histórica de siglos de discriminación de la mujer. Parte de la creencia en un nuevo tipo de pecado original: en alguna sociedad prehistorica, donde había completa equidad de género o era matriarcal, los hombres dieron un golpe de estado, con nocturnidad y alebosia, e instauraron el patriarcado.

Hace tiempo que la paleoantropología destruyó este mito. En primer lugar, la preminencia masculina no es un producto de la especie humana, sino una herencia que nos llegó, como el tabú del incesto, de los primeros hominidos. Y despues, la separación de roles se acentuó por necesidades de supervivencia, para llegar al estadio sapiens, que requirió doblar el tamaño del cerebro y tener crias completamente dependientes durante los tres primeros años de su vida (mientras le instalaban en el nuevo disco duro los consiguientes programas, incluyendo el del lenguaje) algo que nos separaba definitivamente de nuestros allegados primates. Esta división funcional de roles, se estructuró formalmente con el inicio de las sociedades historicas, marcadas por los signos (la escritura) y generó algo semejante a eso que hemos venido denominando patriarcado. Dicho en breve, una historia mucho mas compleja que la que Engels aprendió de Morgan, donde, en todo caso, no hay culpa original ( o la culpa fue de todos, como especie).

La cuestión es que aquella funcional división jerarquica de roles devino en una discriminación social de las mujeres, que progresivamente se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo de la humanidad. Como es sabido, en la historia de las especies no es nada nuevo el que un factor que fue en principio una ventaja acabe convirtiendose en lo contrario. De esta forma, la responsabilidad de los hombres actuales no procede de ningún pecado original, sino de entender que la eliminación hoy de la discriminación histórica de la mujeres es una asunto de justicia y de desarrollo humano. En el fondo, eso significa que los hombres debemos incorporar el enfoque de género en nuestra visión del mundo, abandonando la idea de que los asuntos de género son cosa de mujeres (algo que también deben abandonar muchas feministas).

Pero para hacer eso no es necesario satanizar cualquier impulso masculino. Entre otras cosas, porque eso nos conduce a un callejón sin salida. Como le sucede a Hector. Veamos: “somos animalitos ­dice- todavía, los varones machistas…porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el cortex cerebral, si somos más sensatos y racionales, nos volveremos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de esas mujeres nuevas…?. Sin darse cuenta, su discurso se inscribe en el refugio tradicionalmente masculino: la racionalidad. Claro, como todo impulso instintivo o innato que proceda de un hombre es sospechoso o malo, hay que refugiarse en la razón. Desde la razón podremos ser más humanos y darnos cuenta de las nuevas mujeres. Dicho en breve, anulemos el sistema límbico, fortalezcamos el sisma prefrontal y todo sobre ruedas. Lamentablemente, hace tiempo que sabemos que ese repudio de lo irracional sólo conduce a la neurosis o la instalación en un mundo irreal. Los seres humanos no somos así; todos, mujeres y hombres somos sistema límbico y prefrontal; nuestra racionalidad esta soportada por un cuerpo completamente animal y el rechazo de ese hecho básico no sólo es un insulto a la inteligencia, sino un desprecio androcentrico al resto de los seres vivos y al medio ambiente en general.

¿Entonces, preguntará Hector, estamos condenados a ser machistas para siempre? En primer lugar, una aclaración: no sólo los hombres tenemos dentro programas tozudos, las mujeres también: si a nosotros nos gustan las curvas, a las mujeres les encanta el poder. En una encuesta que realizamos a mitad de los años noventa, quedamos sorprendidos por el hecho de que tanto mujeres como hombres destacaban el atributo atractiva/o en la posible pareja, pero los hombres correlacionaban ese atributo con la belleza fisica de las mujeres y eso sucedía mucho menos en ellas, para quienes lo sexi de un hombre correlacionaba mucho más con su situación de poder o su potencia innata.

Otra fórmula falsa para librarnos del destino machista consiste en entrar en algún programa de domesticación para lograr ser un hombre suave: un hombre que reconoce la superioridad moral de las mujeres, que está en permanente disposición de darles la razón, que no demuestra demasiado su capacidad de iniciativa, etc. A este respecto, recuerdo una brillante columna, de la novelista Rosa Montero, en El País español, protestando energicamente por ese supuesto: ¿y quien ha establecido que a las mujeres independientes nos deben gustar los hombres suaves? Rosa, concluía con toda razón: ¡no es eso, no es eso! A las mujeres potentes (bravas, que diría Hector) nos gustan los hombres potentes (bravos), pero que no sean machistas. También recuerdo aquella descripción del psicólogo Warren Farrell, famoso por haber sido el terapeuta de muchas feministas norteamericanas: ellas estaban encantadas con el hombre suave en la cocina, el comedor y la sala, pero se les esfumaba el deseo en el dormitorio.

Desde el deseo, es muy frecuente que las personas potentes se enamoren de personas que también lo son. Y cuando una persona potente se empareja con una suave, es muy frecuente que su amor esté mezclado con el deseo de dominación, o bien que no quiera poner en el amor sus verdaderas entrañas. Ahora bien, no hay que dejarse engañar por las apariencias: hay personas potentes que se enamoran de personas aparentemente suaves, porque así aparecen en el mundo social, cuando son todo poder en la intimidad o en su mundo interno.

Así las cosas, el arte parece consistir no sólo en elogiar a las mujeres bravas sino también a los hombres bravos que no sean machistas. Es decir, vivir en un mundo de personas empoderadas ­ mujeres y hombres-, que no sean sexistas. ¿Será eso posible? Pues después de darle muchas vueltas al asunto, mi respuesta es mucho menos fácil que hace algún tiempo (cuando, por cierto, era mucho más ideológica). Si de algo estoy seguro es que no tengo confianza alguna en los atajos. Es algo semejante a lo que me ocurre con la pobreza: estoy convencido de que es posible erradicarla y de que hay que luchar por ello, pero si dijera que la pobreza se habría erradicado de la faz de la tierra en cincuenta años más, estaría literalmente bateando.

En ese sentido, estoy seguro de que el camino no consiste en romper con unos esterotipos para abrazarse a sus opuestos. Ya sabemos que el norte es la equidad entre seres que no son necesariamente iguales y, a ese respecto, hay cantidades ingentes de información nueva (que nos cuesta aceptar) que confirma que mujeres y hombres tenemos diferencias notables. Es cierto que las mujeres bravas no están todos los días del año preocupadas por su belleza física, pero si el día que tu compañera estrena un vestido nuevo, quiere sentirse como una top model, humildemente te aconsejaría, estimado Hector, no aguarle la fiesta. De igual forma, no es necesario que sigamos nuestro mandato masculino de ser protectores todo el tiempo, pero si se creara una situación de riesgo (un accidente, una agresión, etc.) y sientes el impulso de proteger a tu pareja o a tu familia, te aconsejaría seguirlo (evitando, eso sí, jugar con el riesgo, algo que también es negativamente masculino).

En suma, la tarea es la flexibilización de roles, no tanto sustituir unos roles por sus contrarios. Y eso significa, para nosotros, abandonar esa adolescencia del hombre culposo, del hombre únicamente razón o del hombre suave. Las mujeres bravas no necesitan hombres culposos, sino hombres verdaderamente comprometidos con la equidad de género, tanto en el mundo social, como en el privado. Es cierto que algunas mujeres se fascinan por el hombre caído, pero eso es divertido sólo por un ratito, porque si se instalan ahí es que tampoco están sabiendo salir de su particular adolescencia. ¿O crees que ellas no tienen contradicciones en este proceso de cambio? No las deshumanicemos, por favor.

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