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TIEMPOS DE ANTICRISTO

Sep 23 2004

Por Leonardo Boff (*)

RIO DE JANEIRO, Sep (IPS) – Cuando se enfrentan a una suprema inequidad, cuando ven que se supera el grado de perversidad ante el cual la razón cesa y el sentimiento de humanidad desaparece por completo, los cristianos recurren a dos expresiones bíblicas: la «abominación de la desolación» y la «parusía del Anticristo». Esto es lo que sentimos frente a las masacres de inocentes en Iraq, en Palestina, en Rusia.

«Abominación de desolación» traduce una situación en la que la violencia
irrumpe con tal virulencia que deja los ojos desencajados, las lágrimas
secas y las palabras muertas en la garganta. Esto es lo que le sucedió a la
gente en Beslan. Después, al enterrarse a las víctimas, parecen escucharse
las palabras de San Mateo en ocasión de la matanza de los inocentes ordenada
por Herodes: «En Ramá se oyeron gritos, grandes sollozos y lamentos. Es
Raquel que no quiere consolarse porque llora a sus hijos muertos». Es el
dolor infinito y el luto perpetuo.

El «Anticristo» configura otra situación de maldad extrema, una situación
que puede cobrar cuerpo en personas y movimientos. Es el reverso del Cristo.
Cristo no es originariamente una persona, en este caso Jesús de Nazaret.
Cristo es una dimensión, un modo de ser y un título para designar una
historia de amor, de bondad, de ofrenda, de compasión y de perdón en el
mundo, desde el justo Abel hasta el último elegido. Esta dimensión-Cristo se
halla presente en cada ser humano. En figuras como Buda, Krishna, Miriam de
Nazaret, Ghandi, Dom Helder y la Hermana Dulce, esa dimensión se condensa en
forma singular. Para los cristianos, su expresión más sublime se alcanza en
Jesús de Nazaret. Por eso se lo comenzó a llamar el Cristo. Pero debe quedar
en claro que él no detenta el monopolio del «Cristo», que también se realiza
en otras figuras históricas.

La dimensión-Anticristo se opone a la dimensión-Cristo. Representa la
historia del odio, de la perversidad, de la inhumanidad, de la
destructividad en el máximo grado. Puede expresarse en estructuras de gran
injusticia, en ideologías que se proponen eliminar etnías y en políticas que
optan por la truculencia como la única forma de resolver problemas. Y
también puede personificarse en figuras perversas, de las cuales el siglo XX
ofrece ejemplares aterradores.

El Anticristo se sirve de dos armas: de la política y de la religión. Por
medio de una política arrogante, bestial y tiránica se impone a todos y
sacrifica a sus opositores. Y de la religión utiliza los símbolos sagrados y
el nombre de Dios para seducir en favor de su causa, para convertir y para
conferir legitimidad última a su política maligna. Su blasfemia mayor
reside, según San Pablo, en el hecho de «colocarse por encima de todo lo que
se llama Dios.»

La dimensión-Cristo y la dimensión-Anticristo se proyectan y nos envuelven a
todos en enfrentamientos dramáticos. Hay momentos, como el presente, en los
que la dimensión-Anticristo parece triunfar. Irrumpe de manera tan
espantosa que
nos paraliza y casi despoja a los justos de la esperanza. En circunstancias
como
éstas nos consuela el Maestro: «El Cristo aniquilará al Anticristo con un
simple
soplido de su boca.» ¿Pero cuándo, Señor, cuándo?

La categoría Anticristo ha sido esgrimida en la historia por algunos que se
habían propuesto demonizar a sus adversarios. Por ello, debemos ser
precavidos y evitar las identificaciones fáciles.
Pero hay momentos como el actual en los que tanta es la perversidad que
debemos emplearla como denuncia y profecía. Sí, el Anticristo está entre
nosotros y actúa en los dos frentes. Esos dos frentes tienen en común el
desprecio por la vida y la falta de piedad por los inocentes. Y son fríos
asesinos. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Boff, teólogo y escritor brasileño.
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