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ESTADOS UNIDOS: HACIA UN FIN ANTICIPADO DEL IMPERIO

Nov 29 2004

Por Mark Sommer (*)

ARCATA, CALIFORNIA, Nov (IPS) – A corto plazo, la renovación del equipo de George W. Bush parecería que permite a los neoconservadores dar rienda suelta a sus sueños imperiales. Pero una cantidad de factores que están fuera de su control amenaza no sólo con reducir su impulso sino también con llevar al imperio a un final anticipado incluso a lo que presumen sus adversarios.

Las recientes elecciones sólo sirvieron para ahondar las profundas
divisiones que existen en la política estadounidense. Esas contradicciones
podrían fatalmente debilitar el propósito de Estados Unidos de llevar
adelante sus planes, como sucedió al final en Vietnam. La insurgencia iraquí
está intensificando la determinación de los adversarios del imperio -que
esta vez vienen del mismo modo de la derecha y la izquierda de Estados
Unidos que del extranjero- de detener lo que ellos ven como una
autodestructiva búsqueda de inalcanzables designios de dominio mundial.

En su segundo período, el gobierno de Bush probablemente experimentará un
aislamiento del resto del mundo aún más intenso, transformándose en un
«superparia» entre las naciones. Y con sus siempre crecientes costos
financieros, la acelerada persecución del sueño imperial devastará la
economía estadounidense, que ya ha saboteado su futuro al encauzar la parte
del león de sus recursos humanos, financieros y materiales- hacia gastos
militares no productivos, un consumo insostenible, regresivos recortes
impositivos y una corrupción empresarial y estatal sin precedentes.

A diferencia de sus predecesores conservadores más moderados, la pequeña
camarilla que actualmente controla la Casa Blanca habla sin tapujos de sus
ambiciones imperiales.

El quid de la vulnerabilidad del imperio está en su testaruda negación de
los hechos y en la ceguera con respecto a los límites de su propio poder.
Algunos analistas de Estados Unidos dudan de que el mundo quiera tolerar
otro «siglo americano» y ven una gradual disminución del poder
norteamericano en el correr de los próximos 30 años en la medida que otras
grandes potencias como la Unión Europea, China e India desafíen el dominio
estadounidense.

Pero el imperio estadounidense quizás no dure tanto. El ritmo al que se
están moviendo las tendencias negativas tanto dentro como fuera de sus
confines podría acelerar los tiempos. Rico y poderoso como todavía aparece,
el régimen de Bush está persiguiendo políticas autodestructivas que juntas
podrían crear «la tormenta perfecta» con una dinámica no muy diferente de la
del colapso del imperio soviético. Esas políticas son:

-Mentirse compulsivamente a sí mismo, a su propio pueblo y al mundo. El
engaño deliberado no sólo ciega al régimen con respecto a las consecuencias
de sus acciones sino que también erosiona la credibilidad de sus profesadas
intenciones y socava fatalmente la confianza en su liderazgo.

-Dividir a su propio pueblo, poniendo a unos contra otros. Karl Rove, el
estratega de Bush, ha demostrado ser devastadoramente eficaz en incitar el
fervor partidario para robar o ganar elecciones, un proceso que también
devasta la unidad nacional. Esas divisiones también se extienden por la base
conservadora del Partido Republicano. Asimismo, en la medida que el imperio
se debilita en Iraq y más allá, se forma una potente oposición entre los
militares estadounidenses y dentro de los conservadores tradicionales,
recelosos éstos ante los embrollos extranjeros y la intrusión del poder
estatal.

-Traicionar los valores y las preferencias del pueblo estadounidense. Al
contrario de lo que muchos observadores norteamericanos y extranjeros
presumen, sondeos efectuados por el Chicago Council on Foreign Relations y
la Universidad de Maryland revelan que la mayoría de los estadounidenses,
incluyendo a muchos conservadores tradicionales, apoya los tratados
internacionales y los enfoques multilaterales en la política exterior en la
misma proporción que los europeos. Curiosamente, en forma errónea muchos
creen asimismo que Bush persigue esas políticas.

-Llevar a la economía estadounidense a la bancarrota. Incluso la nación más
rica de la tierra no puede por mucho tiempo sostener una economía basada en
hemorrágicas deudas estatal, empresarial y personal y en altísimos déficit
comerciales. Una de las primeras bajas puede ser el dólar mismo, que puede
perder su condición de moneda de reserva mundial ante el euro.

-Mientras que la influencia cultural de la «Marca Estados Unidos» sigue
siendo formidable, el sentimiento antiestadounidense está ya prácticamente
reduciendo las ganancias de las empresas norteamericanas en el extranjero.
Se está convirtiendo tan de moda ser antinorteamericano como antes lo era
imitar a los estadounidenses. El periodista Seymour Hersh predice que «se va
a convertir en un mantra no comprar productos norteamericanos». Habiendo
desafiado a la opinión pública mundial en Iraq y en otras partes, Bush ahora
enfrenta el hecho de que los dirigentes y pueblos extranjeros se muestran
menos intimidados ante sus amenazas. Ellos están empezando a instrumentar
acuerdos globales como el Tratado de Kyoto incluso sin la participación de
Estados Unidos.

Como muchos norteamericanos, yo considero la decadencia del imperio no como
una derrota sino como una perspectiva de victoria para la gran tradición
democrática que se originó en suelo estadounidense. La pregunta urgente para
el resto de nosotros es cómo manejar esta implosión, llevándola a un proceso
de deliberada devolución de poderes, de modo que su reversión hacia una
república democrática haga el menor daño a todos los involucrados.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mark Sommer dirige el Mainstream Media Project, con sede en Estados
Unidos, y es el anfitrión del galardonado programa de radio «A World of
Possibilities».

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