General

Brasil: Ella

Ene 13 2005

Emir Sader

ALAI-AMLATINA 01/2005, Río de Janeiro.- Ella era una niña indiferente, que trabajaba con su papá en la labranza, en trabajos pesados para cualquier ser humano, más aún para ella, con sus 10 años. Un día se cansó y resolvió buscar otros destinos. Entró en un convento, creyendo que podría huir de aquellos tormentos cotidianos.

Una mañana, un Padre la invitó a acompañarlo, porque él iba a
celebrar una misa en un lugar muy especial. Ella se vistió,
se arregló y siguió al Padre. Era un campamento de los
trabajadores sin tierra. La niña se enamoró de aquella gente,
de aquella vida, de sus escuelas, su trabajo, su lucha. No
acompañó al padre de vuelta al convento. Se quedó allí mismo.

Se quedó y se convirtió en una sin tierra. O mejor dicho, en
una participante de la lucha de los trabajadores sin tierra
por la tierra para todos, por la escuela, por el rescate de su
identidad, de su cultura, de su dignidad. Ella se quedó, pasó
a estudiar, a trabajar y a participar en sus luchas.

Después de seguir los estudios básicos, ella se presentó al
vestibular (examen de admisión a la universidad) y pasó a
hacer el curso de Derecho. Se casó con un trabajador sin
tierra, los dos tienen una linda niñita. Un día yo la
encontré en un aeropuerto internacional de Brasil, regresando
de Europa, donde había ido, muy orgullosa, representando al
MST.

Es uno de los tantos casos de rescate de la dignidad de
brasileños logrado con la lucha de los trabajadores sin
tierra. Y, sin embargo, ellos suelen ser tratados por los
medios de comunicación como si fuesen portadores de violencia
y no víctimas, portadores del caos y no de la esperanza, de
arbitrariedad y no de escolaridad. Son criminalizados, cuando
deberían ser reconocidos, exaltados y recibir la gratitud de
la sociedad y del Estado brasileños, por haber rescatado de la
miseria, del abandono, de la ignorancia, a centenares de
millares de personas.

Personas que morían anónimamente, en el abandono, sin tierra,
sin dignidad, sin esperanza, encontraron en el movimiento el
espacio para transformarse en ciudadanos, una condición que
les fue negada durante siglos por el Estado y por las elites
dominantes. Son personas como aquella niña, como millones que
todavía sobreviven en la penuria, sometidos a la violencia y a
la arbitrariedad del poder de los grandes propietarios de
tierras y, mas recientemente, de las grandes empresas
exportadoras.

Muchas son personas que huyeron de ese infierno para venir a
sobrevivir pésimamente en la periferia de las grandes
metrópolis brasileñas, abandonadas, marginalizadas,
discriminadas. Pero que encontraron en los campamentos un
lugar para trabajar, para estudiar, para vivir dignamente.

Se puede decir que ese movimiento contribuye a la humanización
de los brasileños pobres del campo como ninguna otra
institución, estatal o no, lo haya hecho. Debe tener el
reconocimiento de haber sacado a la superficie el sordo
conflicto social, de forma organizada, consciente. De haber
traído hacia la ciudadanía a millones de brasileños, de niños,
de mujeres, de ancianos, que comenzaron a poder leer, a poder
entender las raíces de las injusticias que sufrieron decenas
de millones de brasileños desde que fuimos invadidos por los
colonizadores, hace más de cinco siglos.

El MST alfabetizó más gente en el campo que todos los
programas oficiales de alfabetización. Su sistema educativo
incluye 1900 escuelas (léase bien: 1900 escuelas), en las que
estudian 160 mil niños/as y adolescentes y trabajan 4 mil
profesores. Dos mil alfabetizadores trabajan con jóvenes y
adultos. Hay 10 cursos de formación de profesores, entre
otros.

Un millón de personas viven, trabajan y estudian en los
campamentos rurales. Producen sin agrotóxicos, preservan las
semillas naturales, organizan cooperativas, comercializan sus
productos, apoyan a los que todavía luchan por la tierra.

Ese trabajo de rescate tiene que ser reconocido y apoyado, al
contrario de descalificado, tiene que ser divulgado, en vez de
ser difamado, tiene que ser extendido y de ningún modo
reprimido. Visitar los campamentos de los sin tierra es una
de las experiencias mas extraordinarias que podemos tener hoy
en Brasil, recomendada incluso -y hasta especialmente- para
aquellos que tienen prejuicios respecto al MST.

El MST cumplió 20 años. Su historia tiene que ser conocida
por todos, tiene que encontrar en los medios de comunicación
los espacios que permitan a los brasileños/as conocer cómo
viven, se educan, trabajan y afirman su identidad los
trabajadores del campo, sus familias y sus hijos. Para que
muchas y muchos -como aquella niña indiferente- puedan escoger
su destino, vivir con dignidad y encontrar el camino de su
emancipación. (Traducción ALAI)

_____________________________________________
Servicio Informativo “Alai-amlatina”
Agencia Latinoamericana de Informacion – ALAI
info@alainet.org
URL: http://bolivar.c.topica.com/maac4ybabdjjlbOegTZb/