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LA IMAGEN DISTORSIONADA DEL GOBIERNO ZAPATERO

Ene 19 2005

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Ene (IPS) – Los latinoamericanos siguen disfrutando de una buena simpatía en la opinión pública española, aunque la confianza en sus instituciones y gobiernos ha llegado a la sima. En el reverso, España recibe la positiva atención de los latinoamericanos, con una alta admiración por la consolidación de la democracia y la positiva inserción en la Unión Europea.

Más difusa es la mutua percepción entre los Estados Unidos y España, entre el estereotipo y la ignorancia (a ambas orillas del Atlántico) y el contraste entre el conocimiento de España en una élite académica norteamericana y la virtual inexistencia de especialización sobre los Estados Unidos en la investigación española.

En este contexto, más preocupantes resultan los síntomas de la percepción sobre España en medios de comunicación latinoamericanos, selectos sectores de opinión norteamericanos, y en concretos sectores mediáticos hispanos en los Estados Unidos. La España del principio del nuevo siglo tiene un perfil compuesto por el clisé, el resentimiento por los nuevos perfiles de la política española, y la búsqueda de chivos expiatorios para las carencias propias.

Por un lado, tanto en ciertos medios de Estados Unidos como en numerosos sectores de influencia latinoamericanos, el paso del tiempo y el estereotipo refuerzan la errónea noción de que el sistema democrático español nació tras la muerte de Franco, reduciendo el resto de la historia española a una sucesión de imperio colonial, monarquía absoluta y dictaduras. A estas alturas, sorprende, cuando no indigna, el uso repetitivo (incluso en especialistas académicos) de frases tales como “el establecimiento de la democracia en España” en 1976. Solamente la amnesia o la mala voluntad pueden soslayar la evidencia de que España disfrutó de una sólida democracia durante la Segunda República de 1931 a 1936, y que durante décadas antes se rigió por un sistema monárquico-constitucional similar al de la mayoría de los países europeos (incluidos Alemania y todos los antiguos miembros del Imperio Austro-Húngaro).

En segundo lugar, la variedad con que se etiqueta al terrorismo vasco en España es no sólo preocupante, digno de un estudio riguroso, sino fuente de contundente indignación. Se siguen usando alegremente expresiones como “separatistas”, “activistas”, “independentistas”, y, mucho más perversamente, “rebeldes”, para calificar a los que son simplemente “terroristas”, agrupados en una organización criminal dedicada al secuestro, la extorsión, el miedo, el asesinato selectivo e indiscriminado (según las conveniencias). Puede resultar comprensible en medios norteamericanos en inglés, por despiste o condicionamientos de agencias de prensa británicas (que tratan de puntillas el problema irlandés), pero son especialmente hirientes cuando se leen en español.

Otro síntoma deprimente sigue siendo la tendencia de culpar al legado español y a la más reciente actividad de sus empresas por casi todos los males que afligen a las sociedades latinoamericanas. Digna de meditación es la acusación contra las inversiones españolas en Argentina por los graves problemas sociales derivados de la desigualdad y la ausencia de liderazgo. Pero, resulta patético que una primera dama de un país latinoamericano culpe, de visita promocional del turismo en Miami, a la dura colonización española (desaparecida hace ya dos siglos) por la debilidad de los movimientos indígenas actuales. Discriminados por la injusticia de un sistema político-económico, su abyecta pobreza apenas está aliviada por la labor de ONGs europeas, sobre todo españolas, sostenidas con fondos públicos.

Las causas de este diagnóstico son complejas y difíciles de resumen, sin caer también en el simplismo y en el estereotipo, pero un modesto intento puede contribuir a aclarar el panorama, y de paso ofrecer soluciones.

La mala prensa de España en ciertos medios de los Estados Unidos, sobretodo en español, es un reflejo de la prepotencia de los sectores que no le perdonaron al nuevo gobierno español salido de las urnas el 14 de marzo último que efectuara un drástico cambio de timón en lo que se consideraba (por una abrumadora mayoría del electorado) como errónea política de alianza con los Estados Unidos en la aventura de Iraq. Estos sectores, atizados por algunas fuentes lideradas escandalosamente por el anterior presidente del gobierno, siguen insistiendo en la tesis que el triunfo del partido socialista fue exclusivamente debido a los atentados terroristas, ocultando pudorosamente la suicida táctica de culpar a ETA.

Las posteriores medidas del gobierno de Zapatero no han hecho más que atizar el fuego. Lo mismo puede decirse de la decisión del gobierno español en reconducir la política europea hacia Cuba. De claudicación ante Castro hasta desprecio por los derechos humanos, de todo se ha acusado a una España que simplemente anhela tener una política exterior autónoma y contribuir de la mejor manera a la transición pacífica en zonas y países conflictivos. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy(at)Miami.edu).