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LAS RELACIONES COMPLICADAS

Feb 28 2005

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Feb (IPS) – Observadores optimistas a ambas orillas del Atlántico
han expresado su satisfacción por los confortantes resultados del debut de
la nueva Secretaria de Estado Condoleezza Rice durante su viaje al Oriente
Medio y Europa, ejecutado en preparación de la gira europea del presidente George W. Bush. En contraste con la pauta anterior del presidente de ningunear a la Unión Europea en sus discursos desde el 11 de Setiembre, con la excepción de una aislada referencia en la alocución de su segunda toma de posesión, Rice aludió a la UE nada menos que tres veces en su conferencia en París.

Fue un respaldo tan apropiado como el endoso que le dio al proyecto de una
Europa más unida durante su viaje a Bruselas, cuando se reunió con el
«quién es quién» de la UE. En consecuencia, existen comprensibles altas
expectativas ante el viaje de Bush. Sin embargo, un sector muy influyente
del establishment político y económico estadounidense considera que una UE
más supranacional, dotada de una explícita y autónoma política exterior
(tal como modestamente se delinea en el Tratado Constitucional) es errónea,
frágil y costosa. También juzga que su ejecución se hará en competencia con
los Estados Unidos. Es más: se interpreta como hostilidad desleal.

Esta percepción está actualmente experimentando la misma sensación que la
percibida al principio del proceso de profundización de la UE que desembocó
en la aprobación del Tratado de Maastricht y la adopción del euro como la
moneda común. Se suponía que ambos proyectos fallarían y que los europeos,
una vez más, serían incapaces de poner su casa en orden.

Enfrentándose a la evidencia, ese sector estadounidense adoptó una actitud
de fuga hacia delante para ponerse al corriente de los acontecimientos.
Después del 11 de Setiembre, la evolución por el nerviosismo causado por el
progreso de la UE, se trocó en preocupación y más tarde en pánico. El euro
pasó de ser posible causa de guerras europeas a ser señalado como el
culpable de la pérdida del valor del dólar. La presión de Washington para
que los europeos se responsabilizaran más de su defensa se mudó en una
grito de protesta cuando Europa se tomó la petición en serio.

El aliento entusiasta hacia la integración europea en los 50 y 60 y el
respaldo de la OTAN se han deteriorado y han sido reemplazados por
desinterés, desdén y preocupación económica. Esta sensación tuvo su
precedente cuando se enfrentaba a la «Fortaleza Europea» al principio de
los 90. No obstante, entonces Washington respondió con competencia leal y
contribuyó al desarrollo de esquemas de libre comercio bajo su influencia
con América Latina (NAFTA, ALCA) y en el Pacífico.

Sin embargo, la nublada atmósfera que inauguró el nuevo siglo dio paso a
una actitud más agresiva con respecto al proceso de integración europea. El
11 de Setiembre y sus consecuencias han intensificado la misión
autopropulsada de dominar el mundo que los Estados Unidos se arrogaron
después del final de la Guerra Fría.

De respaldar a la UE, la actitud norteamericana se transformó en una
política errática de «desagregación». La oportunidad política de la
ambiciosa ampliación europea ha sido manipulada. La «nueva Europa»
inventada por Donald Rumsfeld ha sido favorecida como contendiente de
Bruselas. El sensible tema del ingreso de Turquía se convirtió en un arma
de presión.

Demasiadas dimensiones de la UE se consideran como perjudiciales para los
intereses de los Estados Unidos. Serios desacuerdos subsisten: Kyoto,
China, Boeing-Airbus, Microsoft, leyes extraterritoriales, bananas. Pero
estos desacuerdos son insignificantes si se considera que representan un
porcentaje mínimo en un universo notable de confluencia económica. El
problema es más de fondo y hace que la ocurrencia de Calvin Coolidge
adquiera nuevo sentido: lo que es bueno para Europa es malo para América.

Bush debe aprovechar esta oportunidad y corregir la pauta actual, forzado
por limitaciones de poder militar y económico, y además no solo por la
erosión del poder «blando» y la influencia moral, sino también por su
eventual total desaparición. Mediante el reconocimiento de la conveniente
alianza con una UE más potente, la grieta en el Atlántico puede reducirse
considerablemente. Sin embargo, dependerá de la profundidad y la sustancia
del reconocimiento de una autónoma política exterior de la UE y de la
coordinación de misiones comunes, en sustitución de la existente política
unilateral conformada en la «coalición de voluntarios» que hoy es
prevalente.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami
(jroy@miami.edu).