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Tres maneras de no entender la Unión Europea

May 30 2005

TRES MANERAS DE NO ENTENDER LA UNION EUROPEA

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, May (IPS) – No se sabe bien cuál es la mejor manera de oponerse al
desarrollo de la Unión Europea, pero aparentemente la estrategia se reduce a
tres tácticas básicas. Aparte, naturalmente, de los sectores euroescépticos
que están haciendo una labor de zapa muy efectiva que lamentablemente puede
terminar con el derribo del sueño de la integración europea, los opositores
en el exterior se dividen en tres formidables sectores, que conviene
desenmascarar.

El primero es el que, con mala intención, intenta esparcir la noción de que
la UE tiene la intención de convertirse en un superestado. Según esa visión,
no solamente se propondría enfrentarse a los Estados Unidos política y
estratégicamente, sino que se cebaría en los bolsillos de los
norteamericanos. La misión de esa nueva UE sería conquistar económicamente
el mundo.

El segundo es el que confunde ciertos experimentos de colaboración
intra-europea, basados en la simple y llana relación económica, con la
realidad que luego fue la verdadera EU. En otras palabras, que se ningunean
las cinco etapas de la integración regional y se reducen a la primera.
Desaparecen la unión aduanera, el mercado común (libre circulación de todos
los factores económicos), y la unión económica (incluida una moneda común),
necesarias escalas para la unión política.

Finalmente, el tercer método es el que, considera ahora como urgentemente
necesario el puro y simple libre comercio de algunos países
latinoamericanos. La novedad es que no se propone entre ellos, sino con los
Estados Unidos, como la vacuna necesaria para evitar un futuro oscuro.
Vayamos por partes.

La primera táctica comenzó a hacerse evidente cuando la antigua Comunidad
Europea se convirtió en la Unión Europea por el Tratado de Maastricht de
1992 y anunció su intención de adoptar una moneda común y, con el tiempo,
también una política exterior y de seguridad común. Pero en ningún momento
esta nueva UE se diseñó para incordiar a los Estados Unidos.

La UE se puso en marcha para ser más eficaz en cumplir, en primer lugar, con
su misión original (terminar con las guerras europeas). En segundo término,
se fundó para dotarse de los medios más eficientes para no solamente
proporcionar su nueva defensa, sino también colaborar en la pacificación de
zonas conflictivas y ayudar al desarrollo.

Esta transformación se ejecutó mediante un refuerzo de las estructuras
institucionales y la insistencia en la supranacionalidad de las mismas, bien
dotadas y autónomas de la influencia de los diferentes estados.
Curiosamente, esta supranacionalidad, que necesariamente debe ser aceptada
por todos (y no a la carta), estuvo desde el principio cuestionada por los
diseñadores de esquemas que vagamente no iban más allá del débil perfil
intergubernamental, donde cada estado puede ejercer el veto y no está sujeto
al voto mayoritario.

Esa fue la idea original de Winston Churchill. Aunque él sugirió unos
«Estados Unidos de Europa» en su famoso discurso de Zurich en 1946, no vio
su propio Reino Unido como su integrante. Britannia ya contaba con la
Commonwealth y la privilegiada «relación espacial» con los verdaderos
Estados Unidos al otro lado del Atlántico.

Schuman y Monnet nunca tuvieron ese modelo en cuenta. Ya desde la cesión del
carbón y el acero en manos de una Alta Autoridad (predecesora de la Comisión
actual) consideraron la economía como un mero medio para la integración
política. Es algo que el Reino Unido, antes y después de Churchill, nunca ha
estado dispuesto a digerir.

Mucho más curiosamente, ahora resulta que el libre comercio de los países
centroamericanos con los Estados Unidos se presenta como una necesidad
política para evitar los desastres a los que al parecer están condenados.
Como por magia, la excusa por la cual el autoritarismo y el chantage fueron
la norma de numerosos regímenes de América Latina y el Caribe durante la
Guerra Fría, se ha transformado hoy. Antes, el peligro era caer en la órbita
soviética, y de ahí que se hiciera la vista gorda y se exigieran cuantiosos
fondos de ayuda (sobretodo militar).

Hoy, el peligro de caos se trata de solventar por el libre comercio, no
entre los propios países centroamericanos y caribeños, sino con los Estados
Unidos, mediante la puesta en marcha del, solamente conocido en inglés,
Central America Free Trade Area-Dominican Republic (CAFTA-DR). O sea, que la
mínima operación librecambista (que no la verdadera integración económica)
se justifica ahora como irremplazable mecanismo para resolver un problema
político, y un daño irreparable en el futuro.

Desde una perspectiva europea, por lo tanto, la estupefacción es obvia. Lo
que reticentemente se acepta como raíz del experimento europeo (cesar las
guerras), se aduce ahora en Centroamérica y el Caribe para evitar el
desastre social y político. Pero desde la misma perspectiva no se entiende
cómo se puede insistir en el libre comercio con el gigante del norte, sin
tener la propia casa centroamericana y caribeña integradas. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático «Jean Monnet» y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami.
jroy@miami.edu