General

Cambiemos….¡apuremos!

Jul 14 2005

Por Esteban Valenti (*)

La oportunidad en las decisiones y en las acciones políticas es la madre
de todas las virtudes. Por lo tanto el manejo del tiempo es clave. En el
Uruguay el apresuramiento no es el peligro más notorio y apremiante. Por
el contrario. una lapidaria frase célebre dice que el que se precipita se
precipita. No conocemos ninguna frase célebre que diga que el que hace la
plancha se ahoga. Y sin embargo se han ahogado muchos más de los que
murieron precipitados.

En el caso de los gobiernos eso es todavía más apremiante. El tiempo es
el segundo combustible de un gobierno; el primero, todos sabemos cuál es, es
el dinero. El tercero no es tan reconocido, son las ideas.

El dinero y las ideas admiten alguna flexibilidad, el tiempo ninguna. Es
inexorable. Pasa y nada lo detiene. Es más, uno de los cambios más
profundos que han introducido las nuevas tecnologías es la modificación
tiempo-espacio; es la exigencia de utilizar el tiempo-espacio de la
manera más eficiente posible. La despiadada disputa de este mundo despiadado no
es sólo por el dinero, es por el tiempo, es por no perder las oportunidades.

El Estado, y en particular la burocracia, tienen múltiples funciones, no
me alcanzarían las páginas de Bitácora para detallarlas; pero hay dos que
son básicas, implacables: dejar pasar el tiempo; y la otra es autoprotegerse,
defender los grandes o pequeños espacios conquistados. No hay experiencia
institucional en la historia de la humanidad donde estas dos condiciones
no se manifiesten con gran vigor. No se trata de demonizar a nadie ni a
nada, sino de mirar la realidad. Y la realidad ha sido y sigue siendo
implacable, desde la administración de los sumerios o los egipcios hasta nuestros
días.

Para cambiar no sólo hacen falta grandes proyectos, nuevas sensibilidades,
nuevos protagonistas, un rumbo estratégico diferente; hace falta
aprovechar el tiempo y vencer las resistencias naturales y erradicar otro de los
deportes nacionales: hacer la plancha.

El mayor peligro del cambio en el Uruguay es que se avance al ritmo del
más lento de los engranajes del Estado. De un Estado que no fue concebido,
diseñado, designado ni pensado para cambiar nada sino para perpetuar y
sobre todo para perpetuarse. Suena duro, pero las cosas duras hay que
decirlas oportunamente, no cuando sirven para explicar los problemas y
sumarse al réquiem.

En este proceso hay actores políticos y sociales altamente interesados en
utilizar de la mejor manera posible el tiempo, para frenar el cambio. La
derecha ya aprendió rápidamente cuál es una de las palancas fundamentales
de su proyecto para derrotar al gobierno de izquierda: frenar,
enlentecer, dormir la pelota. Si es necesario convocarán al Parlamento hasta a los
porteros de los Ministerios y ocuparán todas las páginas, las pantallas y
los micrófonos. Y quejarse no sirve de nada.

La estrategia es clara: paralizar con una malla de críticas y por otro
lado generar temor, miedo a la exposición y a las decisiones. Y se sabe, el
miedo es el gran motor de la paralización. De las ideas y de la acción.
El tiempo no es neutro.

El cambio a la uruguaya o el tiempo de los uruguayos.

Algunos nos vendieron el cuento que los uruguayos tenemos un ritmo
cardiaco y nervioso diferente, más lento que el resto de los mortales. No
confundamos. Una cosa es reflexionar, no dejarse atropellar por los
errores y las «modas» que dilapidaron el patrimonio de otros países, y otra cosa
muy diferente es creer que el cambio a la uruguaya consumirá varias
generaciones. De esa manera simplemente no habrá cambio.

Ya tuvimos el ejemplo más excelso del mundo en materia de hacer la
plancha, tanto en la tormenta como en la calma chicha. Así quedamos. La gente el
31 de octubre y el 8 de mayo votó porque quiere sentir el aire silbándole en
las orejas, quiere movimiento, quiere ver los cambios en vida. No quiere
aventuras y nadie se las prometió, y no confunde milagros con flotación
perpetua.

Que los cambios generan resistencias, es de Perogrullo. Que algunos que
incluso votamos los cambios, cuando llegue la hora de mover nuestra
propia chacra pondremos el grito en el cielo, no hay la menor duda, pero
gobernar para los cambios es afrontar los riesgos. No hay cambios sin riesgos y
sin valentía y audacia. Y la valentía y la audacia no hay que pedirla a los
ciudadanos, ellos ya la aportaron con su voto, ahora es una exigencia de
los dirigentes, de los gobernantes.

Cambiar es mover cosas, tocar grandes, medianos y pequeños privilegios y
parcelas de poder. Y algunas cositas más. No hay cambios indoloros.

Este artículo no refiere a un sector, a una determinada dependencia, sino
a un estado espiritual, a una actitud en la que confluyen la disposición de
cambiar en serio y de arriesgarse al fuego cruzado de nuestros
adversarios. No seamos ilusos, las ferocidad de las críticas serán proporcionales a
los privilegios que se afecten, a las chacras de mal gobierno que se toquen.
No se trata de declarar bien o mal – eso ayuda – pero sí de actuar bien y
rápido.

Hay un solo límite: las normas, las leyes. Pero incluso ésas deben ser
cambiadas si impiden los cambios. Debatiendo, defendiendo los derechos de
las minorías, cumpliendo todos los mecanismos constitucionales,
promoviendo el debate, con un absoluto respeto por el parlamento, pero con el ritmo
adecuado. La culpa del fracaso no se la llevarán las comisiones por más
amplias y representativas que éstas sean, sino los gobernantes. Los
méritos, ésos sí, tendrán muchas paternidades.

No es justo cortar toda la situación con la misma tijera, pero cuando el
ritmo, las exigencias se imponen por situaciones externas, por relaciones
con terceros, todo funciona; cuando depende de nosotros, existe la
sensación de que pequeñas, medianas y grandes cosas están lentas,
demasiado
lentas.

Que iba a haber trabas, retrabas y recontratrabas, nadie puede decir que
lo ignorábamos. Que se corre el riesgo de recibir críticas y que lo mejor es
hacer poco ruido y «perfil bajo». No. No fue para eso que convocamos a la
gente. El poder hay que ejercerlo, con responsabilidad, pero también con
energía.

¿No sería necesario que en todas las dependencias y a todos los niveles
políticos, y a cuatro meses de gobernar, se formularan un conjunto de
preguntas?

¿Se han afrontado las prioridades y los problemas del cambio al ritmo que
el país necesita, o hay demasiadas explicaciones internas, de juegos y
tensiones del propio poder y de la burocracia?

¿El ritmo de los cambios es el adecuado para el país y sobre todo para la
gente?

Y aquí entramos en un aspecto fundamental: ¿cuál es la medida del éxito?
¿Quién es el referente de toda la acción del gobierno? ¿El partido de
gobierno, las organizaciones sociales, los otros partidos y sus
reacciones, los mandos medios, la estructura del Estado? ¿Quién? Y la respuesta es
simple y aplanadora: es la gente. Así de simple y así de complejo.

Si la gente no recibe en tiempo y forma los beneficios, no hay cambio.
Las explicaciones y disquisiciones entre los dirigentes políticos, sus
debates y sus enfoques son muy saludables, pero los uruguayos votaron también
para que la gente ocupe un lugar diferente en el horizonte de SU gobierno.

Cuando el presidente Vázquez dice y repite que todos los gobernantes,
incluyendo el primer mandatario, son funcionarios de la gente y están a
su servicio está diciendo una verdad grande como una casa. Más grande. Y esa
verdad hay que probarla todos los días, en todos los actos, en todas las
circunstancias, y a todos los niveles. En las grandes orientaciones, en
sus grandes objetivos estratégicos el gobierno ha hecho del cumplimiento de
sus promesas una constante y avanza a buen ritmo; pero en muchos engranajes
hay demasiados ruidos, demasiada herrumbre, se perciben dos velocidades. Y se
sufre, sobre todo, en los ritmos.

(*) Periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay.