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LA HORA BRITANICA

Jul 27 2005

Por Joaquín Roy (*)

LONDRES, Jul (IPS) – El desastre constitucional de Europa colocaba al
primer ministro británico Tony Blair en una posición de protagonismo,
mientras varios de sus colegas sufrían reveses y amenazas de perder el
poder. La firmeza en resistir el presupuesto de la Unión Europea
convertía a Blair, tomando las riendas de la presidencia semestral de la
UE, en líder de la oposición a la rutina (especialmente la Política
Agrícola Común).

Por si fuera poco, el proceso de selección de la sede olímpica de 2012
favorecía a Londres, que superaba a un cuarteto impresionante (Moscú,
Nueva York, Madrid y París). Era la coronación de Blair, beneficiado de
una decisión que se veía aderezada con connotaciones políticas.

Pero la incertidumbre internacional se dramatizó espectacularmente con
los atentados del 7 de julio. De repente, los británicos eran ahora
víctimas del terrorismo del cuño del 11 de setiembre y del 11 de marzo de
Madrid.

Como un segundo mazazo, un informe del prestigioso think tank Chatham
House revela que la participación británica en Iraq ha convertido al Reino
Unido en objetivo favorito del terrorismo, una perogrullada que Blair
todavía se niega a admitir. Además, se señala que Londres es mero
comparsa de Bush, sin apenas poder de decisión, pagando con fondos y
bajas militares (que ya se acercan a cien). Mientras Blair reclama
europeísmo y que ahora resolverá el enigma del papel del Reino Unido en
la UE, sin dar detalles ni siquiera líneas generales, el desastre de Iraq
lo aleja más de Bruselas.

En cierta manera, se confirma el síndrome de la ajenidad británica al
proyecto europeo. En Londres no se ve ni una bandera de la UE, ni las
carreteras exhiben la ayuda comunitaria. El viajero, que ya llega
irritado por tener que cambiar los euros en libras, tiene la impresión de
no estar en Europa, o al menos no de la misma manera que en Francia,
Portugal, o incluso en algún país recién ingresado.

En realidad, en Londres se está en mundo, en un mar de multiculturalismo
del que los británicos están tan orgullosos, arropados en una identidad
nacional que nunca tuvo necesidad de cimentarse en una base étnica
imposible y optó por un sutil nacionalismo cívico al que uno podía
pertenecer discretamente, sin renunciar a su origen. El atentado del 7 de
julio ha hecho añicos este mito.

Un puñado de británicos de segunda generación, que hablan tan bien el
dialecto de Oxford como el de las clases trabajadoras, son los
terroristas que aparentemente no solo se vengan por los excesos
imperiales, sino que se adhieren a esta guerra santa que aparentemente
comenzó el 11 de septiembre.

Eso es lo que más les duele a los británicos. Los que mandaron a la tumba
a más de medio centenar de inocentes (de todas las razas, colores y
origen nacional y social) no son como los extranjeros de los atentados a
Nueva York y Madrid. En contraste con este detalle (la ajenidad de la
identidad de los terroristas y de los sospechosos, incluidos los
recluidos en Guantánamo), clave hasta ahora de la fascinante inmovilidad
del pueblo norteamericano, los británicos han sido atacados por unos de
ellos, prueba de su éxito social, supervivencia de la desaparición del
imperio.

Depende de cómo se desarrolle la investigación sobre el atentado, de cómo
Blair maneje las consecuencias, y de cómo los radicales manipulen y
exploten el ambiente, lo cierto es que el momento es peligroso, no
solamente para el Reino Unido sino para Europa. De la misma manera que a
los Estados Unidos no le conviene una UE débil, dividida y mal integrada,
a los europeos no les conviene un Londres a la deriva.

El dilema es imponente. La opción entre la tentación de dejarse llevar
hacia un nacionalismo mal entendido y decidir unir esfuerzos con «el
resto de Europa» (una expresión que los británicos casi nunca usan) es la
urgente asignatura pendiente. El problema es que la crisis no podía haber
llegado en peor momento para la indecisión hamletiana de Blair, a la
vista de la ausencia de liderazgo en Europa. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedratico ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@miami.edu).