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LAS POLITICAS DEL MIEDO VULNERAN LOS VALORES HUMANOS

Jul 5 2005

Por Louise Arbour (*)

GINEBRA, Jun (IPS) – Como juez en Canadá y como fiscal en los tribunales
internacionales para la ex Yugoslavia y Ruanda adquirí una valiosa
percepción acerca del motivo que impulsa los actos más espontáneos de
humanidad, generosidad y compasión, y también lo que se esconde tras graves
faltas hacia los esenciales aspectos de la dignidad humana que llevan al
crimen y a las peores violaciones de los derechos humanos.

El miedo está a menudo en la fuente de esas acciones, que se hallan en los
extremos del espectro de la interacción humana.

Globalmente, la inseguridad es alimentada por el terrorismo, la
proliferación y la inexorabilidad de los conflictos armados y la
persistencia de la extrema pobreza y de las privaciones en un mundo de
confort y consumismo.

El miedo es a la vez el mejor y el peor de los consejeros. Desencadena un
sentido adecuado de vigilancia, pero también puede producir una respuesta
prematura e irracional. De frente al terrorismo las políticas del miedo
exigen una capitulación total de la libertad a favor de la seguridad, el
secreto, la caracterización racial, las interpretaciones automáticas y el
uso de la tortura.

En un conflicto armado, el miedo provoca a menudo una escalada del
militarismo, de la represión, del adoctrinamiento y del uso de
niños-soldados. Ante la pobreza extrema, las políticas del miedo pueden
tener un perverso efecto a dos puntas: proporcionan una inconveniente
herramienta de supervivencia a los pobres, una que conduce al radicalismo,
al gangsterismo y al extremismo religioso y también puede suministrar una
herramienta impropia en beneficio de los ricos, así como una que lleva a la
exclusión, a la mentalidad cerrada y al escapismo por medio del consumismo.

Estas consecuencias de las políticas del miedo se traducen globalmente en
racismo y xenofobia, que no son otra cosa que el «miedo del otro». Las
políticas del miedo se alimentan a ellas mismas y conducen a más miedo.

El marco internacional de los derechos humanos se presenta como un
contrapeso a las políticas del miedo. Suministra la única alternativa
razonada y legítima ante las reacciones irracionales desencadenadas por el
miedo. Una respuesta a la inseguridad basada en los derechos humanos es tan
equilibrada como racional y presenta la singular ventaja de que puede
desmontar en lugar de fomentar las causas fundamentales de la inseguridad.

Los derechos humanos no son un lujo que puede ser disfrutado después de que
el desarrollo y la seguridad hayan sido logrados por completo. En cambio,
son una precondición tanto para el desarrollo como para la seguridad, así
como un antídoto para las políticas del miedo que perpetúan el subdesarrollo
y la inseguridad.

Los derechos humanos suministran un marco para resolver disputas, incluso
aquellas que se refieren a nuestros valores y creencias fundamentales, que
descansa en la lógica, la imparcialidad y la razón en lugar de basarse en la
fuerza, la intransigencia y la intolerancia. Como establece claramente el
preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sólo los
derechos humanos protegidos por el imperio de la ley previenen que los
individuos se vean compelidos a utilizar, como último recurso, la rebelión
contra la tiranía y la opresión. Los derechos humanos aseguran la rendición
de la hostilidad a manos de la dignidad y de la libertad.

Los derechos humanos son fundamentalmente un reconocimiento de los derechos
de los demás. Cuando se nos pide que decidamos cuánto de nuestra libertad
estamos dispuestos a abandonar en aras de la seguridad, se nos pregunta en
realidad cuánto de la libertad de los demás deseamos sacrificar para nuestra
propia seguridad. ¿Cuántos de mis compatriotas quiero yo que sean
trasladados a países donde probablemente serán torturados a fin de que pueda
sentirme seguro? ¿Cuántos extranjeros deseo que sean detenidos por tiempo
indefinido sin cargos si eso es lo que hace falta para que me sienta seguro?
Obviamente, nunca oímos la pregunta de si deseamos ser sujetos nosotros
mismos a una detención arbitraria o correr el riesgo de ser sometidos a
torturas para que nuestros vecinos se sientan más seguros.

Los derechos humanos no dificultan ni impiden la protección de la seguridad
nacional sino que están, al menos en las sociedades democráticas, en el
centro de la identidad nacional. Por lo tanto, pienso que un país arriesga
mucho más su destrucción y la de los ideales que lo sostienen si colapsan
sus normas de protección de los derechos humanos y del imperio de la ley,
que si en su territorio estallan bombas.

La inseguridad más profunda no emana de las amenazas externas sino de las
tentaciones internas de permitir que se socaven los cimientos sobre los que
se construyó la identidad nacional. Este miedo puede no ser tan inmediato ni
tan palpable como el desencadenado por una bomba, pero quizás es más
profundo. Combatir la inseguridad dentro del marco de los derechos humanos
es combatir con nuestra arma más poderosa, la de nuestros valores más
profundos. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Louise Arbour es la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos.