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LOS EMIGRANTES, UNA FUERZA ELECTORAL EMERGENTE

Jul 7 2005

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Jul (IPS) – Apenas unas horas después de confirmarse el resultado de
las elecciones gallegas, el Congreso mexicano aprobó por una mayoría
abrumadora el voto por correo de la emigración en los comicios
presidenciales del año próximo. Ambos experimentos son el resultado tenaz de
una dimensión de la globalización y el reclamo de la ciudadanía por
mantenerse ligada a su origen. Reflejan, en lento pero implacable retroceso,
la resistencia del sistema en reconocer los derechos plenos de los
emigrantes, transterrados, o «residentes ausentes» como se llaman
curiosamente en la legislación gallega a los que viven lejos de Galicia.

El antaño modesto papel de la emigración en influir en los procesos
electorales de sus países se revelará crucial en el futuro para dilucidar no
pocas campañas electorales. De ser objeto de condescendencia, los emigrantes
han ido escalando peldaños en su influencia en la legislación. En un
movimiento de corrección de erróneas leyes que limitaban no solamente el
ejercicio de sus derechos, sino que textualmente eran anticonstitucionales,
los gobiernos han reparado en la estupidez de periclitadas actitudes, y han
vuelto los ojos a esos sectores que, gracias a la globalización y a las más
fluidas comunicaciones, están ahora más cerca de los procesos internos de
sus patrias de origen.

Tras la decisión mexicana, los residentes en el exterior podrán contribuir
al nombramiento del sucesor de Vicente Fox. Aunque esta concesión no les
permitirá elegir diputados o senadores, es un avance espectacular. Se
calcula que son más de cuatro millones los residentes en los Estados Unidos
que han conservado sus documentos de elector. Se predice que pueden llegar a
inclinar la balanza en un proceso que, por las características ideológicas
de la alternativa en 2006, puede resultar revolucionario. Esto explica el
nerviosismo del sistema y las numerosos trabas que se han puesto en el
pasado, y las muchas que todavía subsisten.

Ciertos políticos gallegos revelaban sus prejuicios y desdén por los
«ausentes». Se preguntaban si no sería extraño que el resultado de las
elecciones gallegas (pendiente de un escaño) se decidieran por el voto de la
emigración, y que se tuviera que esperar el conteo de las papeletas que
llegaban por avión. El derecho constitucional de los residentes en el lugar
de origen contaba más que el de los ausentes. Habría una ciudadanía de
primera categoría y otra de segunda. Gracias a la incertidumbre, el voto de
la emigración gallega ha recibido el bautismo de fuego.

La desconfianza hacia el voto del exterior en cualquier país tiene una raíz
plenamente identificable. El sistema teme que el voto de la emigración sea
más hacia la izquierda que la media de los que se han quedado. Hasta muy
recientemente, los partidos tradicionales no se fiaban de los ausentes sobre
los que no podían influir mediante las campañas mediáticas subvencionadas
por fondos públicos.

El primer argumento, curiosamente, en el caso español sería desmontado por
la evidencia de que mientras el voto de los españoles emigrados en Europa
podía tener ciertas tendencias izquierdistas, el de los emgrados en América
ofrecía un perfil conservador. Pareciera como si los emigrantes españoles
que se habían visto obligados a optar por mejores perspectivas impelidos por
el hambre y la falta de oportunidades, apenas escalaban peldaños sociales
haciendo las Américas, optaban por una actitud de signo conservador.

El resultado de los recientes comicios revela, sin embargo, que el esfuerzo
no ha sido suficiente y que el voto gallego en el exterior ha quedado
repartido, con una escasa mayoría escorada hacia la izquierda.

Dicen los expertos, basados en encuestas, que los gallegos en el exterior
juegan sobre seguro y que una mayoría favorece al partido en el poder, al
que identifican como responsable de sus mejoras en pensiones y ayudas. Es
una variante de la lealtad, en estos tiempos confusos de la globalización,
con menos insistencias en la ideología. Está por ver cuál será el perfil de
los cuatro millones de mexicanos residentes en los Estados Unidos.
Expulsados por un sistema injusto y discriminatorio, no se sabe a ciencia
cierta si favorecerán el ascenso populista o se decantarán por el
conservadurismo. En todo caso, los partidos estarán al acecho, desconfiados
y manipuladores. Pero, a la larga, todos habrán ganado. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami
(jroy@miami.edu).