General

Orden y libertad

Jul 13 2005

Por Esteban Valenti (*)

Las tradiciones liberales en el mundo, en sus cunas de origen – Inglaterra
y Estados Unidos – se debaten en sus textos y en su espíritu ante la dura
realidad actual. Los gobiernos buscan en los peores arcones del control y
de la limitación de las libertades y de la intimidad para combatir el
terrorismo. Y lo más grave es que una parte muy importante de la opinión
pública esta plenamente dispuesta a sacrificar su libertad a cambio de
una efímera seguridad.

Uruguay está aparentemente lejos de la locura del terrorismo, pero no
está tan lejos de la tensión entre seguridad y libertad. El gobierno de
izquierda en estos pocos meses afrontó varias pruebas de las que salió
airoso. Ahora enfrenta la más compleja, la que pone gran tensión su
identidad, su origen histórico, su práctica desde el llano, sus
relaciones con los movimientos sociales y sus actuales responsabilidades de
gobierno.

No se puede partir de una visión conspirativa. Si los cortes de calles y
rutas, si los eschaches o los desmanes en el fútbol son espontáneos u
organizados no tienen la menor importancia. ¿Acaso no hemos sido nosotros
promotores y organizadores de la protesta ciudadana? Lo que no implica es
ser cándidos, hay fuerzas de ultra izquierda y ultra derecha interesadas
e impulsando esta metodología. Es su táctica y su estrategia. Era
totalmente previsible.

¿Las causas son fabricadas, artificiales? No, una parte de la sociedad,
en muchos casos muy golpeada, marginada, incluso ¿ por que no? degradada por
la situación recurre a esos métodos para expresarse, para protestar y
para reclamar que el poder actual la atienda, o simplemente para existir. El
tiempo para ellos no es el mismo que para las estructuras de gobierno.

No son pobres o marginados por culpa de este gobierno, pero fue este
gobierno que les prometió soluciones. Algunas de emergencia y otras
estructurales. Pero cuando se tiene hambre, frío, miseria y se está fuera
de todos los circuitos no hay mucho tiempo para las disquisiciones y la
filosofía.

La promesa del actual presidente en la campaña electoral fue clara y
precisa, incluso ante reiteradas preguntas de la prensa: el plan de
emergencia sería para los 200 mil uruguayos que viven, malviven en la
marginación, en la miseria. No había posibilidades de atender al millón
de pobres fabricados por la crisis y la política económica de los anteriores
gobiernos. La línea entre miseria y pobreza es muy sutil, serpentea en
las mismas calles de tierra, entre los ranchos de lata, entre los mismos
niños.

Este tema merecerá más adelante un análisis detallado, porque las
políticas sociales en su conjunto y no sólo el plan de emergencia constituyen la
seña de identidad y uno de los ejes fundamentales de un gobierno progresista.
Lo cierto es que ahora se han transformado en neumáticos quemados, en largas
filas de vehículos esperando, en bronca y protesta en muchos puntos de la
ciudad. A ello se suma que un grupo de deudores ha instalado un
campamento frente al Palacio Legislativo y han cerrado una importante avenida al
tránsito.

La cantidad de reivindicaciones que se han acumulado en la sociedad
uruguaya de hoy son incontables, y en general, analizadas una por una son
en su mayoría justas. Pero todas juntas son imposibles. Gobernar no es ni
ha sido nunca – aún en épocas de prosperidad – aceptar todos los
reclamos, ha sido siempre elegir las prioridades. No por voluntad sino por
posibilidad.

Y quiero decirlo expresamente, porque a veces la comodidad nos gana, yo
estoy de acuerdo con las prioridades establecidas hasta ahora por el
gobierno. Puedo no coincidir con algunos tiempos, pero si coincido y
apoyo las grandes direcciones. Y no creo que jugarse por el gobierno sea
lustrarle el lomo, sino hablar claro y oportunamente y en materia de
prioridades, las apoyo, explícitamente. Y no me siento en absoluto
sumándome a ningún cambio de discurso, porque ahora gobierna la
izquierda.

En ese marco creo que hay que analizar el tema de la seguridad ciudadana.
Hoy, después del desempleo se ha situado como la segunda preocupación de
la gente. Sobre todo en Montevideo, Canelones y Maldonado y otras
ciudades grandes como Salto y Paysandú. A ello se agrega la prueba de fuego para
el progresismo en cuanto a su relación con los cortes de calle y otras
manifestaciones. No hay que confundirlas, pero integran una imagen y una
prueba genérica sobre la capacidad de actuar en el tema de la seguridad y
el orden sin afectar la libertad.

Algunos comentaristas han criticado al presidente por asumir
espontáneamente la actitud de dialogar – por ejemplo con los que acampan
frente al Palacio Legislativo, y seguramente serán los mismos que lo
criticarán porque no dejó que le impusieran las condiciones de la
entrevista. No son ellos los que me preocupan, sino la gente.

Hay una pregunta, una prueba, la más dura que hemos afrontado que circula
por la calle ¿ será capaz este gobierno de controlar la situación, o se
le escapará de las manos?

Y no nos referimos a los cortes (o piquetes…porque a esta altura los
nombres no me asustan ni son mi principal preocupación), sino a toda la
situación, a la explosión del consumo de pasta base y su impacto en la
delincuencia y en muchas otras realidades sociales y culturales, a la
situación en las cáceles y en el INAU, a la violencia en las canchas de
fútbol. En definitiva la capacidad de mantener el orden. Es una pregunta
que se formulan los ciudadanos y naturalmente alimenta la oposición.

Y detrás de la respuesta y del discurso está agazapada nuestra propia
sensibilidad de izquierda. No hay caminos fáciles y simples. Y ese es el
mayor peligro la simplificación, cortar grueso. Tampoco creo que esto se
arregla sólo y que es cuestión de tener paciencia y esperar que se
desahoguen.

Si se pierde el control de la situación no sólo hipotecamos la seguridad
pública, la de todos, sino lo que es más importante comprometemos el
impulso para los cambios. Un gobierno debilitado por su lirismo romántico
frente a esta sociedad real, dura, terrible y llena de tensiones, perderá
irremisiblemente capacidad para cambiar en serio. Así que si no es capaz
de poner los límites adecuados, si no gana tiempo suficiente para atacar las
causas profundas de la violencia y el delito, todos perderemos la
batalla. Aún pronunciando las más bellas palabras.

Si la lógica que se impone es la de la fogata más grande y del corte más
vistoso y prolongado, se introduce una lógica perversa y extremadamente
peligrosa. Una pendiente de resultados todos negativos. Por otro lado no
hagamos mística barata, las calles se cortan con unas decenas de personas
y unos cuantos neumáticos.

Estamos de acuerdo la situación de los presos es terrible y son la úlcera
viva y palpitante del drama social del país, en particular los jóvenes y
los niños infractores, y que su amontonamiento en universidades del
crimen ha fracasado estrepitosamente. Cada día tenemos más presos y más delitos.
La ley de humanización de las cárceles, es necesaria en primer lugar como
parte de una estrategia moderna y adecuada de seguridad pública. Está
pensada en primer lugar para la seguridad ciudadana y no sólo para los
presos. Los derechos humanos son indivisibles, pero hay prioridades, y la
prioridad es el conjunto de la sociedad. Por el camino que veníamos vamos
de mal en peor.

Pero si no se complementa de inmediato esa ley con otras medidas, no
alcanza, desequilibra. Hay que apurar el proceso de selección e
incorporación profesional y formación de nuevos policías, hay que
disponer de una política realmente nacional de lucha contra la pasta base, con una
legislación mucho, pero mucho más dura contra los narco traficantes y el
crimen organizado, hay que modernizar las leyes contra los delitos de
cuello blanco, aprendiendo la lección de Brasil. Ahora. Hay que abrir un
debate en serio sobre estos temas y actuar rápidamente.

Hay que informar a la gente de la política carcelaria en su conjunto, del
patronato de liberados y del patronato de víctimas del delito. Y hay que
pagarle a la policía sueldos decentes y darle dignidad para cambiar un
Estado que los ha utilizado y manoseado durante muchos años.

Todos tienen derecho, el más amplio y el más abierto a expresarse y a
manifestar. Y los que están contra el gobierno principalmente tienen ese
derecho, pero no a costa de paralizarnos, de hacerle perder a otros
ciudadanos sus propios derechos. Como nadie tiene derecho con frases de
ultra izquierda a instalar la violencia en las calles. Ni de ultra
izquierda ni de ultra derecha, ni en el deporte. Y para ello diálogo,
disuasión, fuerza proporcional, pero firmeza y claridad.

Porque la mejor manera de que se termine el diálogo es que se imponga la
fuerza y la prepotencia. Algunos criticaron al presidente Vázquez porque
fue a dialogar con los que acampaban y después no aceptó – por respeto a
su investidura – pero también porque no debe aceptar el método de las
imposiciones. No coincido con las críticas.

Creo que algunos se acostumbraron a un tipo de gobierno extraño al
contacto con la gente. Me parece muy bien que se acepte el dialogo, que se hagan
consejos de ministros abiertos, que se reciban a las delegaciones y que
simultaneamente se sepa ejercer la autoridad. No son cosas
contradictorias.

Asumamos también que hay gente que busca la represión, que hará lo
imposible para provocarla. No les servía en un gobierno de derecha, pero
la promueven y la provocan con un gobierno de izquierda.

Mejor dar señales claras y contundentes ahora, que dejar que los hechos
se desborden. Nos evitará muchos dolores de cabeza y sobre todo del corazón
y el alma.

Nosotros debemos seguir proclamando que amamos la libertad, que no hay
nada más importante que la libertad como el andamiaje de la democracia, por
ello todo lo subordinamos a esa libertad. La de todos, la de la sociedad en su
conjunto. Somos esclavos de las leyes para poder ser libres decía
Cicerón.

(*) Periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay.