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Si los niños fueran británicos

Jul 20 2005

Miguel Molina/ BBC Mundo (*)

Los autobuses se detuvieron, se detuvieron los autos, los trenes se quedaron quietos en las vías, los aviones esperaron en las pistas de los aeropuertos, y la gente se quedó donde estaba y guardó dos minutos de silencio por los muertos del jueves.

Se me hizo un nudo en la garganta, porque nadie se acordó de los veinticuatro niños que murieron apenas ayer en Irak cuando estalló un vehículo cargado con explosivos. Pensé cuál habría sido la reacción de todos nosotros si hubieran sido niños británicos.

Y entonces se acabó el silencio y volví al trabajo de informar que el gobierno entablará un diálogo con los dirigentes políticos y espirituales de la comunidad musulmana del Reino Unido, y que la policía busca a los cómplices de quienes pusieron las bombas en el metro y en un autobús de Londres.

Es la ira

Lo primero que va a descubrir el gobierno, si se lo propone, es que no hay una comunidad musulmana sino varias, según la ciudad y la parte de la ciudad en que vivan. Lo segundo que va a descubrir es que hay una amplia e irremediable brecha generacional y cultural entre los dirigentes y sus comunidades.

Los analistas, que en estos días se han multiplicado para explicarlo todo, explican que los imanes crecieron con la idea de no cuestionar lo que pasa, y que los jóvenes crecen con la necesidad de preguntar por qué pasa lo que pasa.

Azzam Tamimi, quien dirige el Instituto Islámico de Pensamiento Político, sostiene que la violencia no tiene motivos religiosos. La violencia se debe a la ira que sienten algunos jóvenes al ver lo que les pasa a otros musulmanes en el mundo sin que nadie haga o diga nada, dice el doctor Tamimi.

De ahí, explica el doctor, es fácil entender su ira y su indefensión ante cualquiera que venga a inculcar un mensaje de venganza que nada tiene que ver con el Corán ni con el Islam sino con la impotencia. Y mucho me temo que el gobierno británico no tiene nada qué decir sobre esa impotencia.

El desconocimiento y el miedo

Por lo pronto estamos ante un dilema. El Islam sigue siendo un misterio para la gran mayoría de nosotros, y el desconocimiento es padre de la desconfianza que nos hace ver en los demás una amenaza. Pero no todos los musulmanes son iguales, y así habría que entenderlo.

Imagino que muchos de ellos están tan confundidos como quienes no somos musulmanes ante lo que pasa, ante lo que otros hacen en nombre de la fe de sus mayores, y tampoco saben qué pensar, aunque temen que el mundo los condene por cosas que unos cuantos hicieron.

Tendremos que aceptar que el hombre tiene una raíz del mal, y que se trata de una raíz universal. Después de todo, nadie tiene el monopolio de la virtud como nadie tiene el monopolio de la maldad, pese a que haya quienes aseguren lo contrario.

Sólo así podremos entender que quienes detonaron las bombas en Londres son iguales que quienes hicieron estallar el automóvil en Bagdad, porque los mueve la misma indignación y los hace cometer los mismos crímenes.

En todo caso, la reacción internacional ante lo que pasó en Londres y lo que pasó en Bagdad ilustra la diferencia que parece indignar a los musulmanes.

Cuatro británicos cometen un atentado en su patria, y uno no deja de hablar sobre ellos. Un árabe anónimo hace estallar un vehículo lleno de explosivos y mata a veinticuatro niños iraquíes, y el mundo guarda dos minutos de silencio por los muertos en Londres.

Algo me dice que no es justo.+

(*). Publicado en BBC Mundo, 17/07/05