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Desplazarse con seguridad por Bagdad en realidad es \»cuestión de suerte\»

Ago 17 2005

ROBERT FISK THE INDEPENDENT
“El ejército iraquí es un chiste», comenta un vendedor de computadoras estadunidense

Bagdad, agosto. Fue el mismo aterrizaje lunático y en espiral a bordo del mismo pequeño avión libanés que se enfrentaba a una tormenta de arena en el aeropuerto de Bagdad y se mantenía a un radio de dos kilómetros de distancia de la base. Piloteando este aparato de propulsores gemelos con 20 pasajeros -y de Aeolíneas Alfombra Voladora, nada menos- el capitán Hussam sólo tiene tres cosas en mente mientras desciende: los helicópteros estadunidenses, los aparatos de reconocimiento sin piloto y posibles ataques con misil. Como de costumbre, todos miramos con detenimiento la pista de aterrizaje color pardo, las terminales y los barrios pobres de los alrededores del aeropuerto buscando la delatora pequeña flama rosada que, según pilotos sobrevivientes a ataques, anuncia el disparo de un misil.

Pero aterrizamos a salvo y un viejo autobús nos llevó a la terminal donde saludé al agente aduanal diciéndole «Salaam Aleikum». El me preguntó alegremente si yo era musulmán. «Inglés», le respondí, lo cual pareció ser suficiente para él. No pudo romper el candado de cuerda que la aerolínea le puso a mi maleta, y con una seña me indicó que pasara. Como muy bien dijo mi colaborador iraquí: «En realidad es cuestión de suerte». A veces uno se desliza con plena seguridad por la ciudad, y a veces queda uno atrapado en un tiroteo. A veces, como la pobre Marla, la joven estadunidense que trató de contar a las víctimas, se está demasiado cerca de un atentado suicida. «Estoy viva», exclamó justo antes de morir.

Nos concentramos mucho cuando circulábamos por la carretera del aeropuerto. Los estadunidenses desplegaron un escuadrón de vehículos de combate Bradley a lo largo del camellón central y colocaron unidades del ejército iraquí a cada lado de la carretera. Aún así sufren ataques con bomba. «El ejército iraquí es un chiste», me dijo un vendedor estadunidense de computadoras. «Fue el ejército iraquí el que me secuestró cerca de Nasiriya. Me trataron de vender a los insurgentes por 10 mil dólares. Luego uno de mis empleados vino y le dijo a un oficial que soy mitad iraquí, y fui llevado a Estados Unidos de niño, pero que yo era miembro del clan Dulaimi, y no se secuestra a los dulaimis. El oficial no sabía leer inglés y no se enteró de mi verdadero nombre».

Yo, al igual que cualquier otra persona aquí, no ansío detenerme en los puestos de control iraquíes. Conducimos atravesando el río Tigris a una temperatura de 45 grados centígrados, y un policía encapuchado nos hace la indicación de que prosigamos. Tanto los policías como los insurgentes andan encapuchados, lo cual hace que la vida se vuelva un poco cansada. Llegamos al pequeño y sombrío hotel en que The Independent tiene su oficina. Ahora está bajo medidas de seguridad reforzadas. Hay más hombres armados en la reja, llevan tirantes amarillos, la mayoría son kurdos. El vigilante tampoco puede romper el lazo de seguridad de la aerolínea de mi maleta, se rinde y me indica que pase. Así que un cordón de plástico ha impedido dos veces que me revisen el equipaje. Qué reconfortante.

Mi colaborador iraquí se ofrece a comprarme los víveres, pero decido que debo moverme, salir y comprarlos yo mismo. Una vez que uno permite que los iraquíes le compren comida en las calles, le digan lo que la gente comenta, y regresar para que le cuenten a uno sus observaciones, se ha entrado al terreno sin sentido del periodismo de hotel; se convierte uno en el reportero con celular atrapado en su habitación que bien podría estar transmitiendo noticias o escribiendo desde el condado Mayo.

Así que nos escurrimos por callejuelas hasta la tienda de víveres de Warda, en Karada. Es una calle ancha donde se puede ver a muchos hombres que languidecen sentados sobre el pavimento, muchos de ellos traen celular.

Así es como se hace en estos días. Un fulano con teléfono móvil ve una patrulla estadunidense, una unidad de la policía o a un extranjero, oprime el botón de marcar y un montón de pistoleros a bordo de un auto no lejos de ahí dan la vuelta y se hacen estallar o secuestran a un extranjero por dinero, para ejecutarlo o por motivos políticos. El diplomático egipcio asesinado el mes pasado se había detenido en un puesto de periódicos. Quienes lo secuestraron no necesitaron más de diez minutos.

Eso es todo el tiempo que tengo dentro de la tienda. Azúcar, pan árabe, hay una enorme fila, así que me apretujo entre la gente para agarrar dos hogazas; escucho a alguien mascullar «ajnabi» (extranjero), y voy a un rincón, donde están las botellas de agua Perrier, las frutas enlatadas, las sardinas, y llego, empujando a la gente, hasta el mostrador. Ocho minutos. «¿Le doy el cambio en dinero iraquí?», me preguntan. «No importa», contesto. Respuesta equivocada. Soné demasiado desesperado. Debí decir «iraquí». Tres botellas de agua embotellada. Nueve minutos. Mi tiempo casi se acaba. De nuevo estoy afuera, en el calor de horno, entro al auto con los alimentos, damos vuelta a la derecha abruptamente y llegamos a un pequeño callejón. Diez minutos. Lo logré.

Qué genial es esto de tratar de vivir en Bagdad, la capital de la democracia iraquí, la enorme e indescriptible hazaña del señor Bush y de Lord Blair de Kut al Amara. Mi colaborador me mira desde la parte delantera del auto. Yo estoy en el asiento trasero leyendo un aburrido artículo sobre Pamela Anderson, cubriéndome parcialmente el rostro con el periódico árabe. Con un dedo en alto, él me dice. «Otro atentado suicida en Bagdad. Un ataque contra una patrulla policial, hay cuatro agentes muertos».

Bienvenido de nuevo a la ciudad de las mil y una noches

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

*Marla Ruzicka (1976-2005) Activista de grupos ecologistas y pacifistas, fundó la organización Campaña para las Víctimas Inocentes de los Conflictos (CIVIC por sus siglas en inglés). Murió en abril pasado en un atentado con coche bomba en Bagdad. (N de la T).