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LAS DOS CARAS DEL MOVIMIENTO EVANGÉLICO ESTADOUNIDENSE

Ago 25 2005

Por Mark Sommer (*)

ARCATA, CALIFORNIA, Ago (IPS) – Durante las últimas dos décadas los
cristianos evangélicos se han convertido en una verdadera fuerza de la
naturaleza en la política estadounidense. Ellos mismos sostienen que
han proporcionado a George W. Bush los votos que le valieron la
victoria en las elecciones de 2004, gracias a una combinación de celo
religioso, sofisticación tecnológica, destreza en el mercadeo,
creatividad en la recolección de fondos y estructuras organizativas
autoritarias que ha servido para construir la máquina política más
eficaz de la actualidad en Estados Unidos.

El hecho de que Estados Unidos constituye un imperio global y de que
el movimiento evangélico tiene un alcance mundial, ha permitido que un
puñado de líderes evangélicos, que han formado una extraña pareja con
sus aliados, los políticos neoconservadores, ahora ejerza una
influencia fundamental en el curso de los acontecimientos internacionales.

En una época de ansiedad e incertidumbre, con las lealtades hacia con
la familia, la comunidad, la compañía y la nación que se están
desmoronando ante las fuerzas inexorables de la globalización y con
las principales confesiones religiosas demasiado tímidas para crear
una alternativa convincente, los evangélicos ofrecen aparentemente
estructuras sólidas de creencia y pertenencia, certidumbre y autoridad.

Algunos líderes evangélicos han buscado cobrar los créditos obtenidos
al ganar elecciones para los políticos que dicen representarlos y
exigen la instalación de lo que vendría a ser una teocracia en lugar
de una democracia. Ese régimen incluye una draconiana estructura legal
basada en los Diez Mandamientos, un repudio a la razón y a la ciencia
en cuestiones que van desde la teoría de la evolución hasta el cambio
climático, una reafirmación de la autoridad masculina y de costumbres
puritanas tanto en la vida personal como en la pública, así como una
militante intolerancia hacia las diferencias en comportamientos y creencias.

Sin embargo, sabemos muy poco acerca de quienes son esos evangelistas
y en que creen.

Billy Graham, padre del evangelismo estadounidense moderno,
recientemente expresó pesar por no haber podido tener un papel más
activo en la lucha por los derechos civiles en la década del 90. Luis
Palau, un bien conocido predicador evangélico y amigo cercano de
Graham, afirmó «que el cambio viene de la convicción personal, no de
la cristianización de una nación. Todo cambio, históricamente, viene de abajo hacia arriba».

Por otra parte, existen divisiones dentro del movimiento evangélico
que, si se desarrollan, podrían hacer surgir potentes alianzas con no
evangélicos para hacer frente a desafíos globales como los de la
pobreza y del cambio climático. La National Association of
Evangelicals (NAE), la mayor asociación estadounidense de iglesias
evangélicas de Estados Unidos, con 50 mil congregaciones y 30 millones
de miembros, recientemente completó un proceso de varios años para
definir una amplia agenda política que va más allá de asuntos como el
aborto y el matrimonio entre homosexuales.
La NAE ha formulado un llamado a la responsabilidad cívica en el que
traza con el lenguaje de la teología cristiana una serie de valores y
prioridades a fin de promover una agenda nacional y global
notablemente similar a la de muchos seculares progresistas.

El año pasado, el NAE ha emitido dos documentos en los que hizo
llamados a favor de la sustentabilidad ambiental, del fin del racismo
y de un énfasis en la defensa de los derechos humanos y de la justicia
social. El documento declara que «nuestro uso de la Tierra debe ser
destinado a conservarla y renovarla en lugar de agotarla y
destruirla». Asimismo, esos llamados condenan las crecientes
disparidades económicas y reclaman que la política exterior
estadounidense tenga como una de sus preocupaciones centrales la
reducción de la pobreza. «Dios mide a las sociedades por el modo en
que ellas tratan a la gente de abajo.» La NAE también exhorta a una
solución pacífica de las disputas y al uso de la guerra sólo como
último recurso. También manifiesta su respaldo a la Declaración
Universal de los Derechos Humanos. Richard Cizik, vicepresidente de la
NAE para asuntos gubernamentales, causó un revuelo meses atrás cuando
hizo manifestaciones a favor de medidas obligatorias para reducir la
contribución de Estados Unidos al calentamiento global en nombre del «cuidado de la Creación».

Los evangélicos también han sido una importante fuerza impulsora en el
Jubileo 2000, una campaña interreligiosa para persuadir a las
principales naciones industriales de la necesidad de perdonar la deuda
del Tercer Mundo.

Nadie puede establecer con seguridad cuanta convergencia potencial
podría haber entre algunas partes del movimiento evangélico y los
progresistas en algunos asuntos clave. El desafío para los
progresistas, a quienes les faltan los números, los recursos o la
organización para hacer realidad sus prioridades, es el de concretar
sus propuestas en un esfuerzo conjunto con sectores evangélicos que
tienen similares preocupaciones sociales. En lugar de exigir tener a
«Dios de nuestro lado» en una guerra santa de unos contra otros, tanto
progresistas como evangélicos podrían estar «del lado de Dios» al
dejar de lado sus diferencias y al arrimar el hombro juntos en
empresas por el bien de la humanidad. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mark Sommer conduce el premiado internacionalmente programa de
radio «A World of Possibilities» (Un mundo de posibilidades) y es el
fundador y director ejecutivo del Mainstream Media Project.