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EL PLANETA RECALENTADO Y SUS VENGANZAS

Sep 27 2005

Por Leonardo Padura Fuentes (*)

LA HABANA, Sep (IPS) – Por fin quién lo envió: ¿Alá o Yavé?. Es que mientras
un indignado clérigo musulmán asegura que el huracán Katrina es una venganza
de Alá contra un pueblo infiel, y para atestiguarlo acude a las profecías
irrebatibles del Corán («El desastre continuará golpeando a los infieles por
lo que han hecho, o golpeará en tierras cercanas a su territorio hasta que
se cumpla la promesa de Alá porque, en verdad, Alá no dejará sin cumplir su
promesa», 13:31), un rabino judío argumentaba, contextualizando mucho más
sus palabras, que «[El huracán Katrina] es la venganza de Dios por el apoyo
de América al plan de Sharon para expulsar a los judíos de Gaza. (…) Ayer
vimos desde Israel cómo los funcionarios americanos, incluyendo el
presidente George W. Bush ordenaban la evacuación forzosa de Nueva
Orleans.(…) Vemos en nuestras pantallas a un millón de personas obligadas
a abandonar sus hogares. La gente llora ante las cámaras [igual que en la
evacuación de Gaza] porque van a perder ‘todo lo que tenemos, todo aquello
por lo que hemos trabajado’. (…) ¿Se trata de una coincidencia? No para
los que creemos en el Dios de la Biblia y en la inmutabilidad de su
Palabra», concluyó el rabino.

No deja de resultar cuando menos curiosa esta coincidencia entre dos dioses
en guerra eterna y tras los cuales se han escudado algunas de las ideas más
extremistas e irreconciliables de los últimos diez siglos. Pero Katrina,
obra del mal para muchos, ha sido capaz de éste y muchos otros «milagros»,
como el de borrar ciudades con un clásico estilo bíblico que inevitablemente
hace evocar la desaparición de Sodoma y Gomorra. Lo que no acaba de
convencerme es que la predestinación divina haya tenido tan macabro sentido
de la selectividad y, entre los más golpeados, los más heridos (física y
espiritualmente), entre los muertos, la mayoría hayan sido pobres gentes
(muchos más negros que blancos, por demás), culpables si acaso de pecados
como la fornicación, la blasfemia, la ingestión de alcohol y otras
menudencias (en comparación con otros pecados que conocemos), e incluso,
muchos de ellos buenos cristianos que cada domingo asistían a sus iglesias a
cantar rítmicas loas al Señor.

Sin embargo, más que ante una maldición celestial ya escrita en los libros
sagrados, está demostrado científicamente (al menos para los que todavía
creemos en la ciencia) que la desgracia, la destrucción y la muerte de miles
de personas ocurridas en el sur norteamericano en las últimas semanas es,
sin duda, el resultado de las obras humanas.

Desde hace ya varios años comenzaron a escucharse los primeros gritos de
alarma a causa de un proceso desconocido en el planeta, al menos desde que
el hombre lo habita: el llamado «calentamiento global», provocado esta vez
no por los cambios climáticos generados por factores cósmicos o telúricos y
que han afectado a la Tierra desde su formación. El causante de las
alteraciones climáticas y meteorológicas, era esta vez mucho más visible y
fácil de identificar: todo se debía a la acción del hombre sobre el ambiente.

Si el caso de Katrina, como el del tsunami del Pacífico, han conmovido tanto
a la opinión pública, no se debe sólo a la espectacularidad de sus efectos y
a la posibilidad de verlos casi en vivo en las pantallas de nuestros
televisores. También se debe al hecho de que, luego de mucho anunciarlo, la
naturaleza está demostrando casi a diario a los inquilinos de este planeta,
sea cual sea la geografía donde habiten, que un derrame de petróleo en el
Cantábrico, una fábrica contaminante en un descampado norteamericano, un
aire acondicionado que deja escapar su gas en Australia, un auto que emite
sus vapores en el Cairo o un autobús que contamina el cielo de La Habana,
son acciones que atañen a toda la humanidad pues agreden nuestra casa común
y las respuestas alevosas e incontroladas de la naturaleza pueden tocarnos
en cualquier sitio que estemos.

En un reciente artículo el científico Ross Gelbspan recordaba con nombre y
apellido una serie de recientes catástrofes naturales que, en diversas
partes del mundo, se presentaban como respuesta al ascendente e incontrolado
calentamiento global: una tormenta con vientos de 200 km por hora que arrasó
el servicio eléctrico de Escandinavia; las sequías y olas de calor en
Arizona, España, Portugal y Francia, con los inevitables incendios
forestales, pero paralelas a las intensas lluvias e inundaciones en Bombay y
en Alemania. Y advertía, en su fundamentación, que el verdadero nombre de
estos fenómenos no es otro que Calentamiento Global.

Buscando razones a la actitud que hasta hoy han sostenido muchas industrias,
instituciones e incluso gobiernos frente a una «pandemia» climática
planetaria, Gelbspan recordaba que para revertir el proceso sería necesario
poner en práctica algo al parecer tan imposible como reducir en un 70% el
consumo de petróleo y carbón que hoy se quema en el mundo.

Sabedoras de qué hacen y los efectos de lo que hacen, las compañías que se
han enriquecido calentando el planeta han llegado al extremo de pagar a
equipos investigadores y comisiones científicas para alterar las previsibles
conclusiones de sus prácticas productivas, en sobornos apenas millonarios
capaces de permitirles obtener las ganancias multimillonarias con las que,
además de enriquecerse, desbrozan el camino del calentamiento global.
Mientras tanto, muchos gobiernos del mundo, en un acto de irresponsabilidad
criminal, cierran ojos y oídos a las evidencias y advertencias, haciéndose
cómplices de la espiral de devastación natural y contaminación ambiental
causante de los efectos climáticos que, en forma de huracanes, tsunamis,
olas de calor, sequías, inundaciones o tornados arrasan con una frecuencia
cada vez más cerrada los cuatro puntos cardinales del planeta.

Nada humano me es ajeno, advierte la vieja máxima. Nada del clima me es
ajeno, pudiera agregar hoy, desde mi casa de La Habana, pues como cualquier
habitante de la Tierra me siento a merced de las venganzas de una naturaleza
que, al parecer, llegó a los límites de su resistencia. Cada hombre es hoy
parte de un problema que afecta a todos los hombres. Pero hay algunos que
son más parte del problema, incluso, son el problema, y para los cuales los
miles de muertos en el sur de los Estados Unidos no parecen ser un gran
problema. Pero, como dijera José Martí refiriéndose a la poesía, o nos
salvamos juntos o nos perdemos los dos. Así está hoy el juego «global» en el
que se está dirimiendo no ya la riqueza y el confort de algunos, sino la
vida de todos, en Cuba, en Burundi, en Ceilán y en Venice, California.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura Fuentes, escritor y periodista cubano. Sus novelas han
sido traducidas a una decena de idiomas y han ganado numerosos premios en
Cuba y el extranjero. Su más reciente obra es La neblina del ayer.