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Estados Unidos en Paraguay

Sep 22 2005

Raúl Zibechi

Estados Unidos en Paraguay , una cuña en el MERCUSUR

ALAI-AMLATINA 22/09/2005, Montevideo.- El misterio sobre la
instalación de una base militar estadounidense en Paraguay
comienza a develarse: se trata de instalar una cuña en el Mercosur
y controlar la región, objetivos que contrastan con la pasividad de
gobiernos que deberían haber reaccionado hace tiempo.

La inmunidad diplomática concedida por el parlamento paraguayo
a las tropas estadounidenses encendió la señal de alarma. De
forma inmediata comenzó a especularse con la posibilidad de que
Washington instalara una base militar en Mariscal Estigarribia,
donde en los años 80 técnicos estadounidenses construyeron un
enorme aeropuerto con una pista de 3.800 metros en la que
pueden operar aviones B-52, C-5 Galaxy y C-130 Hercules y es
capaz de albergar a 16.000 soldados a sólo 200 kilómetros de la
frontera con Bolivia. Pese a los desmentidos de Washington y
Asunción, los objetivos de la superpotencia fueron quedando en
claro con el paso de los meses.

Uno de los hechos que más llamó la atención, ya que mostraba
que toda la operación formaba parte de una «agenda oculta», fue la
forma cómo se conoció la decisión del parlamento paraguayo de
conceder inmunidad a las tropas de Estados Unidos. El 26 de
mayo el Congreso votó la inmunidad, pero el hecho recién se
conoció a mediados de junio cuando el diario argentino Clarín
difundió la noticia(1). Ciertamente, la noticia no fue difundida por
ningún parlamentario paraguayo, ni por los medios de ese país ni
por otros medios de Brasil (país que cuenta con fuertes intereses
en Paraguay). Algo importante comenzaba a suceder sin que
nadie pareciera inmutarse.

Viraje diplomático y militar

Según todos los indicios la administración de George W. Bush
decidió imprimir un giro a su política sudamericana al comenzar el
año 2005. ¿Qué sucedió en esas fechas? En febrero el gobierno
de Néstor Kirchner negoció una quita del 60 por ciento de la deuda
externa argentina, pero la decisión contó con el apoyo del gobierno
Bush y, en todo caso, más allá de alguna tirantez con el FMI no
generó mayores problemas. Tampoco parece haber jugado un
papel decisivo en el viraje de Washington la separación «amistosa»
de Brasil del FMI ni la derrota de la Casa Blanca a la hora de
imponer un secretario general de la OEA a su medida, sucedida en
abril.

Por el contrario, la Cumbre de Guayana, celebrada a fines de
marzo en Venezuela, no podía pasar desapercibida para la
administración Bush. La reunión entre los presidentes de Brasil
(Luiz Inacio Lula da Silva), Colombia (Alvaro Uribe), España (José
Luis Rodríguez Zapatero) y Venezuela (Hugo Chávez), irritó a la
administración estadounidense, que optó por criticar frontalmente
la venta de armas españolas a Caracas por valor de 1.300 millones
de dólares. Venezuela ya había comprado a Rusia 100 mil fusiles
de asalto y 40 helicópteros de combate, y ahora España le
proporcionaba diez aviones de carga, cuatro corbetas y otros
tantos guardacostas. «Estoy preocupado», dijo el secretario de
Defensa Donald Rumsfeld, y agregó que «no será bueno para el
hemisferio». Pero no fue esa la principal preocupación de los
Estados Unidos. La Declaración de Guayana, firmada por los
cuatro mandatarios el 29 de marzo, significaba en los hechos un
respaldo tanto a la creación de la Comunidad Sudamericana de
Naciones -que une al Mercosur con la Comunidad Andina-, como
un apoyo a las iniciativas chavistas de Petroamérica y Petrosur,
que propician la integración energética de la región. Una mayor
coordinación política y además iniciativas de integración
económica, en las que participan los dos mayores países
sudamericanos (Brasil y Argentina), suponían un verdadero
aislamiento de Washington en la región que resulta clave para su
hegemonía mundial, que tendía a consolidarse por un largo
período.

La respuesta fue fulminante. En menos de un mes la secretaria de
Estado, Condoleezza Rice, realizaba una gira por la región que la
llevó a visitar Brasil, Chile, Colombia y El Salvador. En esas fechas
la prensa europea informaba que Estados Unidos «vuelven a dirigir
su atención a Brasil», para procurar el apoyo de ese país «en la
estabilización de una región cada vez más volátil»(2). El mismo día
The New York Times señalaba que el gobierno de Bush estudiaba
«una estrategia a largo plazo que podría significar un
endurecimiento de su posición frente al presidente venezolano
Hugo Chávez, después de concluir que mantener una posición
pragmática con él es imposible». El endurecimiento con Caracas
formaba parte -y era también la excusa- del viraje que busca
involucrar a toda la región.

Según otros analistas, al precipitarse la crisis política en Brasil, el
gobierno Bush dejó de lado sus dudas acerca de la capacidad de
ese país para cumplir el «mandato» estabilizador de la región
encomendado por Washington, y optó por tomar directamente
cartas en el asunto. En esa misma dirección, sectores de las
elites regionales consideran que «se equivocan quienes sostienen
que el gobierno de George W. Bush no tiene una política con
respecto a América Latina. En realidad esa política existe, goza de
buena salud y prosigue sumando nuevos escalones a su
proyecto»(3). El proyecto consiste en «comercio más seguridad», y
ante el fracaso del ALCA busca arreglos particulares que cumplan
el mismo objetivo. El analista sostiene que la incapacidad de
Argentina y Brasil -demasiado volcados hacia sus problemas
domésticos- para instaurar una «zona de seguridad democrática»
en el Cono Sur, genera un vacío que será ocupado por Estados
Unidos al elegir a Paraguay, «un país clave, como eje de un
planteo de seguridad».

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