General

La sociedad civil ante la Cumbre la ONU

Sep 19 2005

Virgina Vargas

Como activista de la sociedad civil global, me hago eco de las
voces -insistentes y desencantadas- de los movimientos
sociales globales, que les dicen a los Jefes de Estado
presentes en esta Asamblea General que este mundo tal como
está, es éticamente inaceptable, políticamente devastador,
económica y ambientalmente insostenible.

Que afirman ­tal como señala el Foro Social Mundial- que otros
mundos son posibles y que, para lograrlos, es urgente un
cambio radical, que coloque a mujeres y hombres en el centro
del desarrollo, de una nueva democracia con justicia social,
justicia de género y en armonía con el planeta.

Que le dicen a esta Asamblea general que ustedes están
perdiendo una oportunidad histórica de asumir sus obligaciones
y cumplir con sus promesas de lograr un mundo más justo. Que
su falta de compromiso con la Misión de Naciones Unidas está
impidiendo que sea de nosotras y nosotros, los pueblos, y que
los urgentes cambios que el mundo requiere sólo serán posible
desmantelando tres fuerzas globales antidemocráticas, injustas
y sostenidas por países poderosos y sus aliados: el
neoliberalismo, el militarismo y los fundamentalismos de
diferente signo. Una vida sin carencias sólo será posible si
se confronta el paradigma de desarrollo que prioriza el
crecimiento económico sobre los derechos humanos, si se
recuperan los aportes de las sociedades civiles y sus
movimientos emancipatorios a un nuevo paradigma global; si se
reconoce la contribución fundamental que realizan las mujeres
a la economía productiva y reproductiva.

En un mundo donde la producción de riqueza es enorme y al
mismo tiempo la pobreza y exclusión son dramáticamente
crecientes, ¡el problema central es la tremenda inequidad en
la distribución de la riqueza! Situación legitimada por un
orden internacional injusto que favorece a los más poderosos.

¿Dónde están los nuevos instrumentos de rendición de cuentas y
de impuestos globales a las corporaciones multinacionales?
¿Dónde está la normatividad internacional que controla la
expropiación y usufructo de las riquezas culturales y
naturales de los pueblos por los capitales globales? ¿Hasta
cuándo la atención de epidemias mortales como el SIDA seguirá
a las ganancias de las trasnacionales y el progreso científico
de la humanidad seguirá monopolizado por el mercado? ¿Dónde
están, finalmente, las propuestas democráticas frente a una
deuda indecente e inmoral, pagada ya de muchas formas, y cuya
condonación se ha convertido en una herramienta de control y
aceptación de los intereses hegemónicos? Esa deuda es
éticamente incobrable para la ciudadanía del mundo.

Una vida sin miedos no será posible mientras el poder político
esté en alianza con el poder económico de las trasnacionales
de armamentos. Esta alianza no tiene legitimidad para definir
cuándo una situación es «amenaza inminente» o un peligro
«latente». Ella misma es amenaza y peligro, porque recurre a
la mentira y al unilateralismo arbitrario para imponer sus
afanes de guerra permanente. ¡Exigimos no un desarme
progresivo ni selectivo, sino un desarme general! Exigimos
modificar la lógica de resolución de conflictos, ampliando la
mirada a otras causas del temor.

Una vida sin temores para millones de mujeres también
significa sancionar la violencia ­en lo doméstico, en lo
sexual, en los conflictos armados- como una brutal violación
de sus derechos humanos.

Una vida sin temores se construye confrontando el racismo,
reconociendo los derechos y la autonomía de los pueblos
indígenas. Se construye afirmando el derecho de movimientos
sociales, como el de las mujeres, en aportar a una agenda de
paz. Y se construye respetando los acuerdos internacionales,
que constituyen una responsabilidad ética global.

Gobiernos que se resisten a firmar el Protocolo de Kyoto
tienen hoy responsabilidad en el desastre y sufrimiento dejado
por el huracán Katrina. Gobiernos que pretenden la impunidad
frente a sus crímenes de guerra, resistiéndose a fortalecer la
ley internacional, tendrán que rendir cuentas a la historia.
La lucha contra el terrorismo no puede hacerse al margen del
sistema de derechos humanos.

¿Cómo vivir en libertad en estas condiciones? ¿Qué libertad
estamos construyendo cuando sabemos que el hambre está
quitando capacidades irrecuperables a las nuevas generaciones?
¿Qué libertad puede haber sin el reconocimiento de los
derechos sexuales y los derechos reproductivos de las personas
y el derecho a ejercer diferentes formas de sexualidad y amor?

Vivir en libertad sólo será posible si los derechos humanos,
indivisibles, universales e interdependientes, son colocados
al centro de la estructura y las dinámicas de los estados y de
Naciones Unida, recuperando en cualquier nueva estructura lo
que ha democratizado y ampliado su alcance. Si los estados son
seculares, gobernando para toda la ciudadanía y garantizando
la no influencia de instituciones religiosas cuya presencia en
Naciones Unidas es arbitraria y un obstáculo para el
despliegue de los intereses democráticos. Como lo son también
los desbalances de poder en el Consejo de Seguridad, que no se
resolverán sólo con más o menos miembros, sino con la
eliminación del derecho a veto. Naciones Unidas, para
cumplir con su misión, debe estar a la altura de los desafíos
del nuevo milenio. Naciones Unidas no puede seguir siendo solo
de los gobiernos, como lo ha sido en esta Cumbre. Su
refundación democrática debe estar abierta a los múltiples
aportes de los movimientos sociales y fuerzas democráticas
para construir un mundo diferente, sin pobreza ni exclusiones.
Naciones Unidas debe recuperar su misión, de ser de nosotros y
nosotras los pueblos. ¡O no será!

– Virginia Vargas fue vocera de la sociedad civil ante la
Cumbre Mundial 2005. Exposición realizada el 16 de setiembre.

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