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¿FRACASO DE LA NACION O DEL ESTADO?

Nov 17 2005

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Nov (IPS) – Como habían vislumbrado con mal disimulada anticipación
los ultra nacionalistas, de repente la sociedad francesa se despertó de un
letargo incómodo ante la quema de miles de vehículos y las amenazas de
motines que dejarían en un juego de niños la revuelta del 68. El
apresuramiento inicial, la prelación del análisis pre-cocinado, y la presión
mediática que busca frases cortas e impactantes han relegado la complejidad
del fenómeno que se resiste al simplismo.

Pero, paradójicamente, como en todo lo europeo y francés, la
multidimensionalidad del viejo continente, que ya todo lo ha visto y hecho,
y la quintaesencia del estado-nación más característico, son también
reducibles a unos conceptos básicos y cartesianos. Unos elementos
insoslayables nos pueden ayudar a racionalizar el caos, y a distinguir lo
fundamental de lo secundario. Para empezar: el fracaso no es del
estado-nación, sino de las limitaciones de la nación cívica, de las
carencias del mismo estado en construirla, y de la frustración de la nación
étnica de origen que quizá nunca existió. Desbrocemos estos elementos
interconectados.

Francia ha sido hasta ahora, en tándem con los Estados Unidos como paradigma
americano, el modelo de la construcción del estado-nación, que permitió el
surgimiento de una entidad de la variante que no por casualidad se llamó
“francesa?, también conocida como “cívica? o “liberal?. La clave de
pertenencia, como aplicación de los conceptos de la Revolución Francesa,
sería la voluntad de ejercer la soberanía, delegada en el Estado, distinto
del antiguo régimen. El Estado, posrevolucionario y napoleónico, se
encargaría de esta manera de la construcción de la Nación, la “Grande
Nation?, en este caso. Cualquiera podría pertenecer a ese proyecto nacional
moderno, que prometería beneficios, más allá de la libertad y la herencia,
la magnanimidad de la fraternidad, gracias a la igualdad. Pertenecer, por lo
tanto, era fácil. Librar resultados, algo más difícil.

La alternativa fue (y es) la nación cultural, étnica, “alemana?. Ni fácil ni
difícil, la membresía estaba prescrita por el pasado, la lengua, la dieta
alimenticia, la religión, la raza. Uno era alemán porque era simplemente,
vaya perogrullada, alemán. Mientras la nación cultural no tenía que dar nada
a cambio de la lealtad, la cívica debía pagar al final un jornal para rendir
el veredicto positivo del referéndum diario que señalaba Ernest Renan como
su personal definición de la nación.

Durante un par de siglos, el estado francés parecía que había conseguido
construir la nación, y los que bajo ella se acogían, comparativamente,
descubrían los beneficios. El estado aconfesional pero patriarcal dejaba que
cada uno conservara, sin mucha presión, su herencia, pero respetando lo
básico del republicanismo y la primacía de la lengua. Así, por ejemplo, las
lenguas periféricas se convirtieron en “patois?, mientras judíos, ortodoxos
y musulmanes satisfactoriamente miraban alrededor comprobando las ventajas
de ser franceses.

Sucedió, en algún momento de los últimos veinte años, que los sacrificios y
el éxito de los inmigrantes y de los franceses ajenos al origen galorromano
no se traspasaban universalmente, por derrame hacia abajo, a los
descendientes, a la segunda o tercera generación. La escolaridad y el
certificado de nacionalidad, el uso de la lengua y los modales, no parecen
dar al final del día un trabajo estable, una vivienda digna, un
reconocimiento social. Es entonces cuando la nación cívica se cae en
pedazos, pues la lealtad está basada en un contrato pragmático.

Se produce entonces el salto hacia atrás, hacia unas raíces difusas,
mitificadas, enmascaradas tras una vestimenta exótica y una liturgia que se
perciben como rotura del pacto. Lo trágico es que si esa alternativa es
factible para el recién inmigrante, es problemática para sus hijos o nietos,
ya que la lealtad hacia una patria en el Norte de Africa ha sido enmudecida,
rebajada, o reducida a un pasado que, la verdad sea dicha, nunca fue mejor.
Se produce entonces una doble alienación.

Lo anteriormente expuesto, por supuesto, no justifica la quema de vehículos,
la llamada al sobresalto, el crimen gratuito, y la amenaza de ruptura
social. Pero se explica así, en parte, una porción de la complejidad del
fenómeno que tiene todo el potencial de extenderse a otros países, impactar
el futuro de la Unión Europea en uno de sus peores momentos, y ser
contaminado por un escenario dominado por la combinación malsana de la
actividad del terrorismo internacional, su némesis errática en Washington, y
la tentación entre populista y racista.

Depende de cómo actúe el gobierno francés, al castigar ejemplarmente a los
culpables de los desmanes y proporcionar remedios a las carencias del
sistema. En todo caso, el entorno europeo de Francia (y también la opinión
de élite en los Estados Unidos) hará bien en no considerar este fenómeno
como exclusivamente francés. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@miami.edu).