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A dialogar con el demonio cocalero

Dic 21 2005

Análisis de Jim Lobe

WASHINGTON, dic (IPS) – Después de años de demonizar a Evo Morales, el gobierno de Estados Unidos debe decidir si entabla un diálogo constructivo con el flamante presidente electo de Bolivia y líder de los cultivadores de coca.

Expertos en política internacional y latinoamericana consideran que Washington debe tratar de forjar un buen vínculo con Morales, quien ha demostrado gran pragmatismo, incluso en materia de producción de coca, principal insumo de la cocaína.

Pero dados los antecedentes del presidente George W. Bush, los observadores no confían en que un diálogo así vaya a formalizarse.

Uno de los obstáculos es la amistad de Morales con quienes integran, según el ala derechista del gobierno estadounidense, «la versión americana del eje del mal»: los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Fidel Castro, de Cuba.

Ese temor es especialmente agudo entre los halcones de la oficina del vicepresidente Dick Cheney y de la cúpula civil del Departamento (ministerio) de Defensa.

Esta mismo año, el subsecretario de Defensa adjunto para el Hemisferio Occidental (América), Roger Pardo Maurer, advirtió que Castro había situado a Bolivia como su máxima prioridad, sólo detrás de Venezuela.

«No es, bajo ningún concepto, inevitable que Bolivia se convierta en un estado marxista, radical, antiestadounidense, procubano y productor de drogas… Pero los otros están trabajando mucho para que vaya en esa dirección», sostuvo Pardo Maurer.

Poco después, el propio secretario (ministro) de Defensa, Donald Rumsfeld, afirmó, sin dar más detalles, que Cuba y Venezuela «han estado involucrados improductivamente en la situación en Bolivia».

La percepción de Morales como peón de Castro y Chávez es peligrosa pone a Estados Unidos y Bolivia en rumbo de colisión, de acuerdo con analistas independientes.

«Temo que mucha gente en Washington ve a Morales mucho más alineado con Castro y con Chávez, como si fuera a convertirse en un adversario y en una amenaza a nuestros intereses», según Michael Shifter, experto en asuntos andinos del centro de estudios Diálogo Interamericano.

«Eso provocará una reacción de enfrentamiento. Y si Estados Unidos corta toda la asistencia, será una profecía autocumplida», observó Shifter.

De hecho, el embajador estadounidense en Bolivia advirtió en 2002 que Washington retiraría su ayuda y sus inversiones si Morales era elegido entonces presidente.

El actual presidente electo había surgido como líder de los cocaleros (cultivadores de coca) y perdió las elecciones de 2002 con el preferido del gobierno de Bush, Gonzalo Sánchez de Lozada.

Pero la amenaza de Washington elevó la figura de Morales, entonces poco conocido. El dirigente cocalero se ubicó en segundo lugar y obligó al Congreso legislativo boliviano a zanjar las elecciones, pues Sánchez de Lozada no obtuvo la mayoría absoluta.

El gobierno de Bush fue más discreto en esta ocasión. El Departamento de Estado (cancillería) insistió el lunes que «respetará la decisión» de la ciudadanía boliviana.

Morales basó su campaña sobre el fin del programa de erradicación de cultivos de coca financiado por Estados Unidos y del Consenso de Washington, esquema de ajuste económico y privatizaciones propuesto por técnicos e instituciones multilaterales de crédito y adoptada por la mayoría de los gobiernos latinoamericanos en los años 90.

Según estimaciones extraoficiales, Morales obtuvo 51 por ciento de los votos, el respaldo más sólido logrado por los presidentes bolivianos elegidos desde el fin de la dictadura militar hace más de 20 años.

La votación máxima obtenida por un candidato antes fue 36 por ciento, en 1993, recordó John Walsh, analista de la Oficina en Washington para América Latina (WOLA).

«Evo (Morales) tiene más legitimidad democrática que ningún otro político boliviano desde 1982, y el gobierno (de Bush) y el Congreso (legislativo estadounidense) deberían reconocerlo», sostuvo Walsh.

La «guerra contra las drogas» es la prioridad de Estados Unidos en Bolivia. Y Morales se convirtió en una figura nacional, precisamente, por su participación en el movimiento cocalero, por lo que durante mucho tiempo ha sido considerado un enemigo de Washington.

De hecho, algunos funcionarios estadounidenses llegaron a calificarlo de narcotraficante y sostuvieron que los carteles de la droga habían financiado sus campañas políticas.

Pero, como en otras áreas clave, Morales ha demostrado su pragmatismo, en particular al distinguir entre la coca cultivada con propósitos tradicionales y la que se procesa para la producción de cocaína, indicó Walsh.

«Si le dice que sí a la coca tradicional y que no al tráfico de cocaína, debemos tomarlo en serio y comprometernos con él», dijo.

«No hay duda de que tiene el mandato –y un mandato muy fuerte– para dar a la política sobre drogas un curso diferente al que Estados Unidos siempre impuso a Bolivia», sostuvo. Pero Washington debe «reexaminar esa política» y advertir «el resentimiento» que su gestión en la materia ha despertado en el país latinoamericano, agregó Walsh.

En algunos sectores del gobierno de Estados Unidos se acepta hoy que los pequeños agricultores del Chapare, la región del centro de Bolivia donde se cultiva más coca, deben estar fuera del programa de erradicación, indicó el experto.

«Esto sugiere una posición más pragmática» incluso dentro de Estados Unidos, según Walsh. La reciente sustitución de Roger Noriega como principal funcionario del Departamento de Estado para América Latina por el diplomático de carrera Thomas Shannon es una señal de ese pragmatismo, señaló.

«No me asombraría ver que intentaran un enfoque más creativo en el vínculo con Morales», dijo el experto.

Pero tal flexibilidad podría chocar con funcionarios del Pentágono como Pardo Maurer y los «halcones antidroga» del Congreso legislativo, cuyo enfoque es, al parecer, mucho más rígido.

«No he percibido ninguna señal de voluntad de tolerar las posiciones de Morales. La erradicación de los cultivos de coca es un elemento central de la política estadounidense en materia de drogas», dijo Shifter. «Las pasiones al respecto son encendidas, especialmente en el Congreso.»

Si Washington muestra flexibilidad, podría desatarse un efecto dominó en el resto de la región andina, según Vinay Jawahar, también experto de Diálogo Interamericano.

«A medida que comiencen a negociarse las alternativas a la erradicación en Bolivia, el resto de la agenda de drogas comenzará a precipitarse, porque Colombia y Perú querrán el mismo tratamiento», sostuvo Jawahar.

Como parte de su programa antidrogas, Estados Unidos suministra a Bolivia casi 100 millones de dólares anuales en asistencia militar y 50 millones en ayuda económica, indicó Adam Isacson, del Centro para la Política Internacional.

Gracias a ese aporte, los cultivos de coca se redujeron de 70.000 hectáreas a fines de los años 80 a 30.000 a fines de los 90. Si la plataforma de Morales se tradujera en medidas gubernamentales, los cultivos podrían duplicarse, según Isacson.

Morales también podría aspirar a la reducción del componente militar de la ayuda, lo cual despertaría resistencias en las fuerzas armadas bolivianas, un bastión de la elite de origen europeo cuyo dominio de dos siglos quedó en cuestión con la victoria de un presidente indígena, sostuvo el experto.

Esa misma resistencia y la larga historia de golpes de Estado en Bolivia, algunos con respaldo estadounidense, podrían persuadir a Morales de actuar con cautela, según Isacson.

El presidente electo suavizó su retórica en materia de inversión extranjera y comercio a lo largo de la campaña, y mantendrá también la cautela, según Shifter. En eso influye la elevada pobreza y los crecientes vínculos económicos con Argentina y Brasil.

«Esto abre la posibilidad de algún acuerdo con Estados Unidos. Morales seguirá su curso, y decir que ideológicamente está en el mismo campo que Castro y Chávez nos da pocas pistas sobre el modo en que gobernará», añadió.

«Esto no es la Revolución Cubana ni las ganancias petroleras inesperadas de Chávez. Morales necesita recursos para satisfacer las expectativas de una población muy pobre e inquieta. La sensibilidad del gobierno y el Congreso de Estados Unidos es otra cuestión», concluyó Shifter.