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EL FANTASMA DEL POPULISMO

Dic 30 2005

Por Joaquín Roy (*)

BUENOS AIRES, Dic (IPS) – Desde el Río Grande en el norte hasta la Patagonia
en el sur, desde Lima a Caracas pasando por La Paz luego de la elección de
Evo Morales como Presidente de Bolivia, un telón de humanidad está de nuevo
descendiendo sobre el continente latinoamericano. Curiosamente, lo que es
intencionadamente una reescritura de la famosa frase con que Winston
Churchill trataba de describir el descenso del telón de acero sobre la
Europa de posguerra, se ha convertido en un pánico que atenaza a Washington
y otros centros de poder en Latinoamérica.

Se sienten impotentes por esta recurrente «rebelión de las masas». Puede ser casualidad, pero significativamente se produce en el 75 aniversario de la primera edición del famoso libro homónimo de Ortega y Gasset.

Lo insólito del escándalo es que no es esta la primera situación de ascenso
y amenaza presentada por el llamado populismo, el más genuino y emblemático
movimiento político latinoamericano. Ni tampoco, inexorablemente, será la
última. Como los recurrentes ciclos de desdén e intervenciones de los
Estados Unidos en el sur, el populismo es como un ave migratoria.
Cíclicamente vuelve a la cita mediante una confabulación de factores. Entre
éstos destacan sobretodo los méritos hechos precisamente por los que luego
se escandalizan por su resurrección y solo atinan a enfrentarlo con la
represión, pretendiendo que se esfumará al desaparecer el líder carismático
e incómodo de turno.

El problema reside en que el caudillo populista latinoamericano que parece
ser la seña de identidad del continente no es la causa primordial del
fenómeno, sino un actor más. Se ceba simplemente en el contexto que se le
brinda como una oferta que no puede rechazar. Necesitado de una masa, a ella
demuestra que en realidad son los «descamisados» y «los de abajo» los que no
son nadie sin su liderazgo omnipresente y mesiánico. Despreciadas y
marginadas, las masas quedan así convencidas, capturadas por los cantos de
sirena.

Ya lo vio certeramente Ortega y Gasset en la Europa de entreguerras que
lanzaría al continente al suicidio mediante el abrazo del nazismo y el
fascismo, con el totalitarismo marxista como alternativa. Era precisamente
en los años precedentes a la aparición de las sucesivas ediciones de «La
rebelión de las masas» cuando los conglomerados que anteriormente no
contaban en las sociedades pasan a tener un impacto decisivo.

Mientras en Europa el cambio se produce con la Revolución Soviética, en
América Latina el toque de atención lo da la Revolución Mexicana que sitúa
por lo menos a la mayoría mestiza en la sociedad, aunque el sistema siga
rigiéndose como durante los aztecas, Cortés, la colonia, Maximiliano y el
porfiriato, según genialmente describió Octavio Paz en un ensayo urticante.
Pero en América Latina, donde las desigualdades se mantuvieron incólumes,
solamente las alarmas se dispararon cuando la Revolución Cubana se puso
terca y peligrosa.

Su trágica supervivencia se debe a un ensamblaje lamentable de caudillismo,
oportunismo de la Guerra Fría y estulticia en Washington. Ante el cáncer
habanero, se optó pragmáticamente por una variante de la política de la
contención. Se trataba, simplemente de evitar una segunda Cuba, a cualquier
precio. Ya incluso lo dijo Kennedy en el mismo discurso en que apremiaba a
los norteamericanos a no pedir lo que el país haría por ellos, sino a pedir
qué podían ellos hacer por el país.

«Cualquier precio», quería decir que se miraba con condescendencia la
neutralización todos los excesos (Chile) y se cubría la amenaza mediante el
apoyo tácito o implícito a todo gobierno autoritario militar. Ni siquiera se
supo leer con sabiduría el lamentable experimento militar del Perú en los
sesenta, precedente de un populismo de nuevo cuño que surgiría con fuerza en
Venezuela.

El indigenismo de salón de la primera parte del pasado siglo, protagonizado
predominantemente por intelectuales blancos se ha presentado con una cara
intrigante en la actual centuria. Ahora ya no parece que un líder blanco de
origen italiano como Perón hable por boca de los «cabecitas negras», sino
que un indígena que vacila en algunas palabras del español haga temblar al
orden establecido, amenazando con nacionalizar los recursos naturales y
convertir la producción de la coca en una pesadilla multinacional.

Ahora, con la alarma del triunfo de Evo Morales, se comprueba que se ha
estado perdiendo miserablemente el tiempo y que hay que empezar de nuevo. Ya
no parece que se pueda optar por las medias tintas combinando un lenguaje
con resonancias democristianas (justicia social) y las demandas socialistas,
sino que se propone el protagonismo de la mayoría que aparentemente cuenta
solo como legado con los productos estratégicos de las entrañas de la tierra.

Mientras Europa se reconcilió compartiendo inicialmente el carbón y el
acero, la perspectiva de un Mercado Común sudamericano combinando el gas
boliviano y el petróleo venezolano ya quita el sueño a no pocos. El dilema
es cómo parar lo que se viene encima. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@miami.edu).