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Comercio exterior, realidades

Feb 22 2006

José Luis Calva*

CUANDO la tecnocracia neoliberal se hizo del poder en México, arribó con las maletas cargadas de los dogmas del Consenso de Washington, entre los que figuran la liberalización del comercio exterior y la orientación de la economía hacia los mercados externos. Se suponía que a mayor liberalización comercial y a mayor peso de las exportaciones en el PIB mexicano correspondería un mayor crecimiento económico, un más alto coeficiente de inversión física, una mayor generación de empleos mejor remunerados y, por tanto, más elevados niveles de bienestar social.

La apertura comercial fue realizada, en efecto, con tan asombroso celo y dinamismo que en escasos cinco años (entre 1984 y 1988) quedó prácticamente concluida. Durante la época del desarrollo estabilizador (1958-1970), 57.2% de las importaciones -en valor- estaban sujetas a licencias de importación, porcentaje que pasó a 74.1% en el periodo 1971-1980; mientras que en 1989 solamente 14.1% de las importaciones -en valor- estaban sujetas a licencias de importación, porcentaje que se redujo a 4.2% en 2005. Así mismo, el arancel promedio ponderado, que en 1981 fue de 18.3%, quedó reducido a 6.1% en 1988 y a 3.5% en 2005.

Paralelamente, la orientación de la economía hacia los mercados externos avanzó a ritmos realmente espectaculares: las exportaciones no petroleras saltaron de 2.8% del PIB en 1982 a 10.3% del PIB en 2005, sin incluir maquiladoras, y de 4.4% del PIB en 1982 a 24% del PIB en 2005, incluyendo maquiladoras. Si se agregan los productos petroleros, las exportaciones globales de mercancías pasaron de 14% del PIB en 1982 al 28.2% del PIB en 2005, incluyendo maquiladoras.

Sin embargo, la liberalización comercial y el mayor peso de las exportaciones en el PIB mexicano no trajeron consigo mayores tasas de crecimiento del producto nacional, la inversión y el bienestar. Al contrario, bajo el modelo económico precedente al neoliberal, el Producto Interno Bruto por habitante había crecido a una tasa media de 3.2% anual entre 1935 y 1982; la inversión fija bruta per cápita se expandió a una tasa media de 6% anual en ese lapso; y el poder adquisitivo de los salarios mínimos se incrementó 96.9%. En contraste, bajo el modelo neoliberal, el PIB per cápita sólo creció a una tasa media de 0.6% anual entre 1983 y 2005; la inversión fija bruta per cápita también se incrementó a una tasa media de apenas 0.6% anual, y los salarios mínimos perdieron 69.7% de su poder de compra.

La contradicción entre el éxito exportador -realmente espectacular- y el tremendo fracaso económico en términos de crecimiento y bienestar, no es sorprendente. Por una parte, la pretendida «regla de oro» del desarrollo económico como efecto del mayor peso de las exportaciones en el PIB ofrece, en el ámbito internacional, tan notables excepciones y relaciones de causalidad tan multideterminadas, que la invalidan como «verdad» universal y eterna, ergo la descartan como guía útil de política económica.

Por ejemplo, las dos economías más grandes del planeta (Estados Unidos y Japón) presentaron en 2004 una relación exportaciones/PIB muy inferior a la observada en México (7% del PIB en Estados Unidos y 12.2% del PIB en Japón, contra 27.8% del PIB en México), de manera que las dos mayores economías del planeta tienen una producción más orientada a su mercado interno que la economía mexicana.

En consecuencia, el sueño tecnocrático según el cual el incremento espectacular de las exportaciones y su mayor peso en el PIB constituiría la clave del desarrollo y del pasaje por vía rápida al primer mundo, no era una verdad sustentada en evidencias científico-factuales.

Por otra parte, mucho antes de que se convirtiera en credo de Estado en México, el dogma según el cual la liberalización comercial constituye la llave mágica del éxito económico había sido teóricamente cuestionado con rigor analítico y soporte empírico. Hace cuatro décadas, por ejemplo, Paul Samuelson (The gains from international trade once again, 1962) demostró formalmente que si bien el libre comercio puede elevar la eficiencia en la asignación de recursos y maximizar el crecimiento económico y el bienestar en un conjunto de naciones, no necesariamente maximiza el crecimiento y el bienestar en cada uno de los países participantes; por el contrario, algunas naciones pueden empeorar su economía y su bienestar a causa del libre comercio.

La razón es sencilla: las realidades de la economía (en general) y del comercio internacional (en particular) no se ajustan al ideal librecambista ortodoxo. Más aún, las imperfecciones de los mercados, los rendimientos crecientes a escala, los factores institucionales que condicionan el desarrollo y difusión del conocimiento y la tecnología, así como los efectos externos (externalidades) del desarrollo de sectores productivos específicos (fenómenos que han sido rigurosamente analizados por la investigación económica moderna, justificando las intervenciones gubernamentales), están fuera de la visión librecambista ortodoxa.

Como señaló el profesor Paul Krugman hace dos décadas (Strategic trade policy and the new international economics, 1986): «El modelo idealizado en que se basa la defensa clásica del libre comercio ha dejado de ser útil. El mundo es más complejo y no hay duda de que las complejidades plantean, en principio, la posibilidad de una política comercial e industrial activa y exitosa». Por eso, el comercio administrado y la política industrial activa son prácticas habituales en los países desarrollados y en los recientemente industrializados, cuyas políticas económicas son pragmáticas y no dogmáticamente neoliberales.

De hecho, cuando México iniciaba las negociaciones para incorporarse al área de libre comercio de América del Norte -previamente constituida por Estados Unidos y Canadá-, el Banco Mundial reportaba que los países industrializados miembros de la OCDE sometían a regulaciones no arancelarias, que son la forma moderna del proteccionismo comercial, a 48.5% de sus importaciones (en valor) y que Estados Unidos sometía a barreras no arancelarias a 44% del valor de sus importaciones (véase BM, Informe sobre el Desarrollo Mundial 1991, Washington, 1991).

En ese mismo año, México sometía a regulaciones no arancelarias solamente al 9.2% del valor de sus importaciones. México había realizado una apertura comercial unilateral y abrupta como si nuestro país fuera la primera potencia económica del mundo y los demás simples segundones; o para ser más exactos, como si fuera a cobrar realidad en México, por arte de magia de la mano invisible, el torrente de beneficios del libre cambio preconizados por la ortodoxia.

En la práctica, la liberalización comercial así como el crecimiento acelerado de las exportaciones y el mayor peso de éstas en el PIB, no sólo no trajeron consigo un mayor crecimiento económico, sino que significaron para México dos décadas perdidas para el desarrollo.

Ya lo había advertido hace casi dos siglos el brillante economista alemán Federico List (Sistema nacional de economía política, 1841): «Los intentos de algunas naciones, en el sentido de implantar unilateralmente la libertad de comercio -frente a una nación tan preponderante por la industria, la riqueza y el dominio, como por su sistema mercantil (es decir, la Inglaterra de entonces)- nos revelan que así no se logra otra cosa que sacrificar la prosperidad de algunas naciones, sin ventaja para la humanidad entera, sino sólo para el enriquecimiento de la potencia manufacturera y mercantil en cuestión».

Hoy día, el disparejo campo de juego del comercio internacional (además de las asimetrías en políticas sectoriales) es una realidad denunciada una y otra vez en los foros internacionales. Por ejemplo, el Resumen del Informe del Grupo de Alto Nivel sobre la Financiación para el Desarrollo, preparatorio de la Cumbre de Monterrey de la Organización de las Naciones Unidas, realizada en marzo de 2002 señaló: «Los principales beneficiarios de la liberalización del comercio han sido los países industrializados. Los productos de los países en desarrollo siguen encontrando importantes obstáculos en los mercados de los países ricos». Casi al mismo tiempo, el profesor Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 (en un penetrante artículo titulado «Globalism´s Discontents», publicado en The American Prospect, 2002) analizó las múltiples asimetrías en el comercio internacional, observando que estas ocurren porque «la agenda de la liberalización comercial ha sido fijado por el Norte o, más exactamente, por los intereses especiales del Norte. En consecuencia, una parte desproporcionada de las ganancias del comercio ha ido a dar a los países industriales avanzados».

Lo que realmente ocurre en la «aldea global», es que mientras los países desarrollados, como Estados Unidos, pregonan e imponen a numerosos países en desarrollo el librecambio y la rectoría irrestricta del mercado en los procesos económicos, en sus propios territorios aplican pragmáticamente estrategias de mercado administrado, conservando amplios márgenes de intervención estatal en la promoción del desarrollo económico así como del bienestar social.

No está al alcance de México poner fin a las asimetrías en la globalización; pero sí es factible desplegar una nueva estrategia endógena de desarrollo económico e inserción en los procesos globales, congruente con el crecimiento sostenido y el bienestar social. De hecho, las evidencias empíricas universales indican que sólo los países en desarrollo -como los del este de Asia- que despliegan estrategias económicas endógenas, audaces y pragmáticas -y no basadas en los dogmas neoliberales del Consenso de Washington- logran elevar aceleradamente sus niveles de ingreso y bienestar.

Así, los países del este de Asia lograron una tasa media de crecimiento de su PIB per cápita de 6.1% anual en el decenio 1981-1990 y de 5.8% anual durante el periodo 1991-2004; mientras que los países de América Latina, en su mayoría sometidos a los dogmas del Consenso de Washington, tuvieron una tasa media de crecimiento de -0.9% anual en su PIB per cápita durante el decenio 1981-1990 y de apenas 1.1% anual en el periodo 1991-2004. «La distinción clave», ha subrayado el profesor Stiglitz, consiste en que «cada uno de los países que han tenido mayor éxito en la globalización determinó su propio ritmo de cambio; cada uno se aseguró al crecer de que los beneficios se distribuyeran con equidad y rechazó los dogmas básicos del Consenso de Washington, que postulaban un mínimo papel del gobierno y una rápida privatización y liberalización».

Sólo mediante una estrategia económica endógena, audaz y pragmática -que deseche los dogmas del Consenso de Washington- nuestro país encontrará su propio camino hacia el crecimiento económico sostenido con equidad.

*Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM.