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NO CARICATURIZAR EL CONFLICTO

Feb 27 2006

Por Augusto Zamora (*)

MADRID, Feb (IPS) La crisis originada por la publicación de varias caricaturas del profeta Mahoma ha suscitado las reacciones más diversas, centradas buena parte de ellas en la presunta confrontación entre la libertad de expresión y la intolerancia o el fanatismo religioso del islam.
Al darse como un hecho la existencia de tal conflicto, pocos habrá en el mundo occidental que duden sobre qué partido tomar. La libertad de expresión es inherente al sistema democrático de forma que, si se cree en la democracia, hay que apoyar a los diarios que publicaron las caricaturas y condenar la intolerancia musulmana.

Hasta donde se sabe, nadie en el mundo islámico ha planteado el conflicto en términos de libertad de expresión, sino de respeto a la figura angular de la religión islámica, como es el profeta Mahoma. En otras palabras, que no se ataca esa libertad, sino el abuso que se ha hecho de ella, haciendo mofa y burla del fundador de su fe.

Para entender la posición del otro hace falta aplicar un mínimo de empatía.
Para el dibujante Baha Bujari, del diario palestino Al Ayyam, de Ramala, «Mahoma y la religión no son asuntos de la prensa» y las caricaturas permiten «tocar todos los temas con una sonrisa», con excepción de la religión, que «es algo entre uno mismo y Dios». En opinión del periodista Walid Wattrabi, también de Al Ayyam, dibujar a Mahoma con una bomba en la cabeza en un insulto a la fe de millones de personas, que no puede justificarse como ejercicio de la libertad de expresión. Una libertad que, dicen los códigos penales, debe respetar verdad, dignidad y honor. La cuestión no giraría en torno a la libertad de expresión, sino a la existencia -o no- de voluntad de respetar los valores y creencias de otras culturas, aunque no nos gusten o nos parezcan atrabiliarias.

Otro aspecto hay que poco se ha destacado. Es la causa de la magnitud de las protestas, que han provocado una docena de muertos y centenares de detenidos en media docena de países. Tan vehemente reacción no puede explicarse únicamente por motivos religiosos.Las caricaturas parecen haber sido la gota que desborda un vaso de décadas de agravios, centuplicados en estos últimos años.

En el presente, dos países musulmanes, Afganistán e Iraq, están ocupados por -y en guerra contra- tropas occidentales dirigidas por EEUU. Otro país musulmán, Palestina, sufre desde hace 60 años el despojo de su tierra y los asesinatos y atropellos sin fin de Israel, apoyado por Occidente. Somalia fue ocupada por EEUU y luego abandonada después de convertir una operación de paz en guerra de conquista. El Líbano es escenario de luchas de poder entre Siria, Francia y EEUU, con el propósito de derrocar al presidente Bachar el Asad, liquidando al último gobierno árabe hostil a Israel. La Península Arábiga, a su vez, está llena de bases militares estadounidenses.
Otro gran país musulmán, Irán, se encuentra en la mira de las grandes potencias cristianas. En días precedentes a esta crisis, se dio un choque frontal entre Irán y la Unión Europea, sobre la cuestión nuclear. Para impedir lo que Occidente cree una carrera para construir el arma atómica, no se han escatimado presiones y amenazas contra Teherán. Tanto celo contrasta con la flagrante tolerancia hacia Israel, poseedor de más de 200 bombas atómicas, gracias al apoyo de EEUU, Francia, Gran Bretaña y Alemania, los mismos países que dirigen la campaña contra Irán.

La canciller Angela Merkel, tras comparar a Irán con los inicios del nazismo, afirmó que Teherán había atravesado «una línea roja» de tolerancia. Poco después, Merkel afirmó en Tel Aviv que no había «la menor diferencia en los puntos de vista de Alemania e Israel» sobre Irán. La advertencia de la «línea roja» hace sospechar que Europa y EEUU preparan acciones armadas contra Teherán y fomenta los temores de que Washington espera la ocasión oportuna para atacar Irán, a menos que el país se someta a su diktat. Se estaría a las puertas de un nuevo y mayor conflicto bélico, con características de choque de civilizaciones.

Aunque no se admita, esta vasta y poblada región musulmana está sometida a un nuevo e intenso proceso de reocupación colonialista, que la ha convertido en el punto más frágil del mundo. Aunque EEUU y sus aliados justifican la ocupación militar alegando la lucha contra el terrorismo y la promoción de la democracia y los derechos humanos, la realidad es el control geopolítico de la zona y de sus recursos energéticos. No debe extrañar por ello que el terrorismo se haya multiplicado y que tantos musulmanes abominen de Occidente.

No ha sido casualidad que las manifestaciones más violentas hayan tenido lugar en países ocupados o amenazados por EEUU. Tampoco que ocurra en Estados donde han ganado las elecciones organizaciones y partidos políticos hostiles a Occidente. La religión actúa como elemento detonador de sociedades que se sienten víctimas del imperialismo militar, cultural y económico de un grupo de potencias cristianas que, en su soberbia, no tiene empacho en ofender al más sagrado símbolo de su fe. De no existir un caldo de cultivo tan extendido y hondo, la publicación de las caricaturas hubiera podido ser un episodio anecdótico e intrascendente. No ha sido así y sus causas profundas no deben soslayarse, a menos que se quiera incurrir en ceguera voluntaria.

El Próximo y Medio Oriente presenta un panorama complejo y delicado, cuyo derrotero estará determinado por la política que asuma Occidente en los próximos meses y años. Si continúa impertérrito el militarismo en curso, los agravios seguirán acumulándose y con ellos los conflictos, pudiendo desembocar en una gran guerra.

Existe otro camino, aunque pocos lo tengan en agenda. Se trata de renunciar a la amenaza y al uso de la fuerza y remitirse, por una vez y de verdad, al sistema jurídico de la ONU. No recorrer el mundo blandiendo misiles y amenazando con la destrucción y la muerte, sino apostando por la negociación y el respeto a los derechos soberanos de los Estados.

La crisis de las caricaturas puede aportar algo útil. Hacer ver a este Occidente satisfecho y prepotente, cuán elevado es el descontento y el rencor en vastos sectores de los pueblos musulmanes, constituyendo un polvorín que puede estallar al menor pretexto.Lo de las caricaturas es un aviso. El futuro dependerá de la manera en que se resuelvan las controversias con Siria y -sobre todo- Irán, y cuánto se tarde en hacer justicia a Palestina.Las fichas están en manos de Occidente. A él le toca mover. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Augusto Zamora, profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid (a_zamora_r@terra.es).