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BIRMANIA: UN PAÍS DEVASTADO POR LA VIOLENCIA Y LA REPRESIÓN

Abr 11 2006

Por Son Chhay (*)

PHONM PENH, Abr (IPS) – Una reciente visita de parlamentarios de la ASEAN
(Asociación de Naciones del Sudeste de Asia) a un campo de refugiados en la
frontera tailandesa-birmana nos permitió tener una punzante visión de un
país devastado por la violencia y la represión. Agresiones militares,
trabajos y desplazamientos forzados, asesinatos y torturas cuya
responsabilidad corresponde al gobierno militar de Birmania han llevado a
miles y miles de birmanos a huir hacia países vecinos, así como a la miríada
de campos de refugiados que se alinean cerca de las fronteras. Se estima que
unos 700.000 birmanos han escapado de su país y están ahora viviendo en
Tailandia, Malasia, Bangladésh e India.

El trabajo y la reubicación forzados han sido perpetrados para permitir el
control militar sobre la actividad económica. Muchas personas han sido
desalojadas de sus tierras para llevar a cabo plantaciones comerciales y la
extracción de recursos naturales tales como la explotación forestal y
tuberías de gas o petróleo.

La sistemática violencia sexual cometida por personal militar contra mujeres
de diferentes etnias es endémica y ha sido ampliamente documentada por la
Comisión de Derechos Humanos de la ONU, así como por varias organizaciones
femeninas.

Los parlamentarios de la ASEAN que visitaron el campo de refugiados
quedaron, como me sucedió a mí, profundamente preocupados por la situación
en Birmania, que el gobierno militar ha rebautizado Myanmar. El actual nivel
de violencia siguió al ascenso al poder de los integrantes de la línea dura
después de la purga del ex primer ministro general Khin Nyunt a fines de
2004. Desde entonces el régimen ha estado amenazando con aplastar de una vez
por todas a todos los grupos de oposición e insinuó incluso que hasta grupos
que han declarado el cese del fuego no están a salvo.

Como muchos campos a lo largo de la frontera, éste que hemos visitado, y
cuyo nombre no daré por obvias razones de seguridad y políticas, alberga a
más de 20.000 refugiados, incluyendo niños, mujeres y hombres.

La guerra y la opresión militar tienen un efecto devastador sobre la vida de
la gente, ya que deja víctimas en estado de angustia, depresión y aflicción.
Esas personas desarrollan un sentimiento de desesperanza acerca de su propia
incapacidad para cambiar su situación y reconducir su futuro.

Conscientes de que había parlamentarios de la ASEAN que estaban visitando
sus hogares provisionales, los refugiados, que pertenecen a diferentes
comunidades étnicas, utilizaron la oportunidad para recordarnos cuan urgente
y necesaria era nuestra misión allí.

Nos dijeron que necesitaban nuestra voz para que habláramos en su nombre
dado que sus propias voces han sido violentamente silenciadas y oprimidas al
verse obligados a vivir en un campo de refugiados y estar privados de medios
de comunicación. Nos pidieron que le digamos al mundo que ellos quieren
libertad y justicia, así como poder retornar a sus verdaderos hogares.

Yo, que soy de Camboya, un país que todavía está recuperándose de la
devastación causada por el genocidio ocurrido durante el régimen de Pol Pot,
sentí una profunda tristeza al enterarme a través de los refugiados que
entre las muchas trágicas similitudes existentes entre nuestras naciones
está la de la utilización de niños como soldados.

En Birmania, incluso niños de 11 años son a menudo sacados a la fuerza de
sus hogares por los militares para ser enrolados como soldados en el
ejército. Según un reciente informe de las Naciones Unidas, Birmania tiene
actualmente el mayor número de niños soldados en todo el mundo, estimados en
70.000.

Incluso aquellos niños que consigue escapar al servicio militar son
frecuentemente esclavizados para cumplir con trabajos forzados. Como
consecuencia de esta situación, a los jóvenes a menudo no se les deja otra
opción que la de huir con sus familias hacia las junglas para evitar
amenazantes «servicios» que con frecuencia llevan a la tortura y a la muerte.

Camboya está tratando desde hace ya más de 15 años de recuperarse de su
horrible legado. Birmania, sin embargo, no ha cambiado desde hace más de esa
cantidad de años.

La inaceptable utilización en Birmania de niños como soldados y para la
realización de trabajos forzados debe ser enfrentada con gran urgencia. No
podemos permitir que los niños sigan viendo a la guerra y a las atrocidades
como un componente normal de sus vidas. No podemos permitir que se pierdan
generaciones de gente sumida en el miedo, la cólera y la desesperación. No
debemos permitir que se empañe el mortecino brillo de esperanza que todavía
hay en sus ojos. (IPS)

(*) Son Chhay, parlamentario camboyano