General

MEXICO-ESTADOS UNIDOS: HISTORIA DE UNAS RELACIONES DESIGUALES

Abr 10 2006

Por Joaquín Roy (*)

TIJUANA, MEXICO, Abr (IPS) – Las advertencias de los guías de turismo que
diariamente trasiegan a los visitantes estadounidenses y asimilados al otro
lado de la frontera desde sus hoteles situados en San Diego, la opulenta
ciudad californiana, llegan a cansar por lo repetitivo de sus mensajes, el
paternalismo que confieren a sus advertencias sobre los riesgos de fraude en
las compras de joyas y recuerdos, y sobre los insalvables contrastes que
separan a ambas sociedades.

Lo primero que choca es la facilidad con que se cruza la frontera hacia el
estado mexicano de Baja California y los avisos sobre los comparativamente
drásticos trámites aduaneros y de inmigración que le esperan al viajero al
retornar al norte. Conclusión: las ventajas del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte (TLCAN, mejor conocido como NAFTA) solamente benefician a
los estadounidenses y canadienses, y a un número aparentemente alto de
países europeos, pero con un alto peaje discriminatorio para los mexicanos
que no tengan su documentación de residencia en regla en los Estados Unidos.

Los controles fronterizos impuestos por Washington y los planes de
restricción de la inmigración anunciados, que han levantado las protestas de
numerosos sectores hispanos en una docena de capitales de los Estados
Unidos, reflejan la importancia que para la seguridad nacional tiene el
espinoso tema inmigratorio. Amenaza, significativamente, en convertirse en
la prioridad de la lista de preocupaciones no solamente para el gobierno
(federal y estatal), sino para la sociedad en general. A medida que avance
el nuevo siglo, presenta su candidatura para liderar la lista de las
obsesiones nacionales al plantearse su supervivencia en una época preñada de
negros nubarrones. Puede incluso superar a la importancia concedida en la
actualidad a la lucha antiterrorista y a la estrategia de la aventura en Iraq.

Obsérvese que ambos desafíos comparten dos características: tienen el
potencial de incidir decisivamente en los procesos electorales y tienen un
origen externo, no provocado por decisiones interiores ni atribuibles a la
esencia de la sociedad norteamericana. La lucha contra Bin Laden y sus
aliados, reales o imaginados, y la naturaleza incontrolable de la
inmigración tienen un origen cuyas causas aparentemente no son atribuibles a
la implicación exterior de los Estados Unidos, más allá de constituirse en
imán preferido por los que anhelan mejores horizontes laborales. Pero
curiosamente, la intromisión de Washington en Iraq y el dilema ante la
irresistible inmigración incontrolada son en realidad unos casos
excepcionales en la esencia fundacional del país que es originariamente de
tendencia aislacionista.

Contrariamente a lo que aparentemente muestra la historia a lo largo de dos
largos siglos, los Estados Unidos debieron responder a la máxima
jeffersoniana que abogaba por una abierta relación comercial con todo el
mundo, pero sentían hondas reticencias por envolverse en aventuras
exteriores. Por otro lado, la esencia inmigratoria del país fue
simultáneamente generosa y discriminatoria. Primaba la llegada de europeos,
castigando con cuotas el ingreso de orientales, y siempre esperando la
asimilación en lengua y costumbres de todas las «masas hambrientas y
acurrucadas que anhelaban ser libres», según reza el poema de Emma Lazarus
plasmado a los pies de la Estatua de la Libertad.

Pero la espectacularidad de la inmigración hispana de las últimas décadas ha
incidido en la sique política y social de los Estados Unidos no solamente
por su volumen, sino también por su origen identificado en América Latina,
sobretodo en México, y la aparente tenacidad con que los nuevos residentes,
legales e indocumentados, persisten en compatibilizar su inserción en la
cultura norteamericana y conservar sus rasgos culturales y lingüísticos.
Ayudados por la globalización y las fluidas comunicaciones, los hispanos en
los Estados Unidos violan de esta manera el contrato social de los
precedentes migratorios, para escándalo y terror de los que consideran que
amenazan con subvertir la fibra romántica e identitaria que atribuye a una
raíz angloprotestante la marca de fábrica del producto genuinamente «made in
USA».

No se sabe bien si la lucha antiterrorista será eterna, aunque al menos así
se encarga el presidente Bush de recordárselo a los estadounidenses. Pero el
reto inmigratorio presenta signos de supervivencia durante decenios: tiene
una fuerza demográfica imparable y está propulsado por el propio «sueño
americano» que los que ahora se resisten se encargaron de alimentar.

De ahí que las autoridades de los Estados Unidos procedan a una combinación
de procedimientos que comiencen por la legalización de buena parte de los
indocumentados (aunque parezca discriminatoria con los que ingresan
legalmente). Seguiría un programa racional de visados de trabajo temporales,
y una seria política de ayuda exterior (con fondos «estructurales» al modo
de la UE) para contribuir a disminuir la grieta actual. De momento, no hay
el consenso para ejecutar tal plan.