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ARGENTINA, BIRMANIA, Y LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL

Dic 29 2006

Por Kerry Kennedy (*)

NUEVA YORK, Dic (IPS) La junta militar que gobernó Argentina entre
1976 y 1983 no le daba importancia al mantenimiento de sus oficiales
navales a gran proximidad de los miles de disidentes torturados y
ejecutados por oponerse al régimen.

El grado exacto de proximidad es algo que se me hizo terriblemente
claro el año pasado durante una visita a la Escuela de Mecánica de la
Armada en Buenos Aires, un viaje organizado por Hector Timerman,
antiguo disidente y actual cónsul de Argentina en Nueva York.

Los prisioneros encapuchados eran trasladados desde sus celdas en el
piso superior a las cámaras de tortura en el sótano en las mismas
escaleras que empleaban los oficiales para ir a sus dormitorios, al
comedor, a sus oficinas, al hospital y la iglesia. La Primera Dama y
senadora Cristina Kirchner relató la historia escalofriante del
militar manifiestamente criminal que llevó un sacerdote para decir
misa a los torturados en la víspera de Navidad, unos días antes de
que ordenara que se les drogase y lanzase vivos desde aviones al
océano o al río. Un médico asistía a las sesiones de tortura para
interrumpirlas antes de que pudieran causar la muerte y también estaba
un sacerdote para impartir la extremaunción en caso de que el médico
no actuara a tiempo.

A mi regreso a los Estados Unidos, traté de explicar a mis hijas los
horrores ocurridos en Argentina mientras la junta militar exterminaba
a 5.000 civiles. ¿Cómo se explica a los inocentes una crueldad a tal escala?

Una enseñanza que recibimos del Presidente Kirchner, de la senadora,
del cónsul, así como de los supérstites de la Escuela de Mecánica es
que muchas veces la capacidad de sobrevivir de los prisioneros
dependía de saber que no estaban solos, que fuera de la cárcel había
gente que se preocupaba de ellos. Es lo mismo que nos dicen las
infinitamente valientes Madres de los Desaparecidos.

A pesar de las diferencias culturales, históricas y de las
circunstancias, he escuchado historias parecidas de otros disidentes
en todo el mundo. Desde Chile hasta Sudáfrica e Indonesia, los
defensores de los derechos humanos encarcelados, torturados y
amenazados de muerte, recuerdan que durante los momentos más oscuros
de desesperación, las noticias sobre un apoyo internacional eficaz
levantó su ánimo y les infundió determinación.

Hoy en día, el pueblo de Birmania, país del sudeste asiático, se
encuentra en una lucha similar contra una dictadura que reprime
ferozmente a quienes reclaman la restauración de la democracia. Su
líder es Aung San Suu Kyi, la única galardonada con el Premio Nobel de
la Paz que está encarcelada y líder de la Liga Nacional para la
Democracia, el partido político que en 1990 obtuvo el 82% de los
escaños parlamentarios en las últimas infaustas elecciones de
Birmania. La junta militar anuló los resultados, y desde entonces ha
gobernado por medio de la fuerza.

El encarcelamiento de Aung San Suu Kyi, es sólo el aspecto más visible
de la violación de los derechos humanos en Birmania. Los abusos de la
junta militar van más allá de la tortura brutal, el asesinato y las
desapariciones.

El régimen incendió 3.000 aldeas en la zona oriental del país en una
operación de limpieza étnica de las minorías. Está asimismo
destruyendo los suministros alimentarios y presionando a miles de
habitantes para que se sometan a tareas que equivalen a una mano de
obra esclava moderna, mientras fuerza a más de un millón de refugiados
a huir del país. Medio millón de refugiados internos sobreviven a
duras penas al encontrarse fuera del alcance de la ayuda
internacional. La organización Human Rights Watch denuncia que la
junta ha reclutado a más niños soldados que ningún otro país del mundo.

Afortunadamente, hay esperanzas. En septiembre pasado el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas colocó el caso de
Birmania en su agenda permanente por primera vez. El arzobispo
sudafricano y Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu y el ex Presidente
de Checoslovaquia, Vaclav Havel, fueron los primeros en hacer un
llamamiento para que el Consejo de Seguridad enjuicie a Birmania, una
iniciativa que los dirigentes de la Liga Nacional para la Democracia
han respaldado firmemente con riesgo de sus vidas.

Este esfuerzo llega después de reiterados fracasos de las Naciones
Unidas en Birmania. Durante los últimos 14 años las 29 resoluciones
adoptadas por la Asamblea General de las Naciones Unidas y por la
Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas no han tenido
efecto alguno. La Asamblea General autorizó la designación de dos
enviados especiales para Birmania por un período de 10 años, mientras
la Comisión de Derechos Humanos designó a cuatro relatores especiales
desde principios de los años 90.

Luego de cada visita diplomática, la junta militar prometía que estaba
dispuesta a hacer cambios. Y poco después, rompía sus promesas.

Ahora, el régimen acaba de hacer nuevas promesas. Pero se le puede creer. .

El fracaso de la Asamblea General y de la Comisión de Derechos Humanos
se debe en parte a que estos organismos no han sido diseñados para
encarar las amenazas a la paz y a la seguridad internacionales. La
gravedad de la crisis de Birmania es de tal magnitud que debe ser
afrontada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Providencialmente, Argentina es actualmente miembro del Consejo de
Seguridad y ha experimentado el trauma causado por una dictadura
militar. Por ello se espera que Argentina apoye la propuesta de una
resolución inmediata y vinculante sobre Birmania por parte del Consejo
de Seguridad. Del mismo modo que los líderes argentinos han
testimoniado que la solidaridad internacional ha sido crucial para la
lucha contra el régimen militar, el apoyo de Argentina es ahora
crucial para Aung San Suu Kyi y el pueblo de Birmania.

Es hora de tomar la delantera. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Kerry Kennedy, autora de Speak Truth to Power (Decir la Verdad al
Poder) y fundadora del Centro de Derechos Humanos del Memorial Robert
F. Kennedy.
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TESTAMENTO

Por Ariel Dorfman (*)

No les creas cuando te muestren
la foto de mi cuerpo,
no les creas.
No les creas cuando te digan
que la luna es la luna,
si te dicen que la luna es luna,
que ésta es mi voz en una grabadora,
que ésta es mi firma en un papel,
si dicen que un árbol es un árbol,
no les creas,
no les creas
nada de lo que digan
nada de lo que te juran
nada de lo que te muestren,
no les creas.
Y cuando finalmente
llegue ese día
cuando te pidan que pases
a reconocer el cadáver
y ahí me veas
y una voz te diga
lo matamos
se nos escapó en la tortura
está muerto,
cuanto te digan
que estoy
enteramente absolutamente definitivamente
muerto,
no les creas,
no les creas,
no les creas,
no les creas

(*) Ariel Dorfman, escritor y dramaturgo
chileno, nacido en Argentina. o en Chile y dramaturgo.

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