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Muertos en vida

Dic 15 2006

Por Zofeen Ebrahim

KARACHI, dic (IPS) – El padre y el hermano de Zahra Paracha están prisioneros en Guantánamo. La acusación contra estos dos respetados empresarios pakistaníes tiene muchos puntos oscuros. Y Zahra, a sus 14 años de edad, ya está cansada de defenderlos ante la prensa.

«Guantánamo trae imágenes de un hombre en overol anaranjado, de cabeza gacha y un soldado sosteniéndolo por la nuca, como un perro atado. A los animales se los trata mejor», dijo Zahra a IPS.

«¿Qué sentido tiene que hable con usted?», pregunta, mientras sus ojos se nublan. «Estoy cansada de decirle a los periodistas que mi padre es inocente. Hace tres años, en la primera conferencia de prensa, abrí mi corazón, pero eso no trajo a mi padre de regreso.»

«Pienso que nadie nos puede ayudar, ni el gobierno ni el presidente Pervez Musharraf», volvió a lamentarse.

«Cuandos los pakistaníes vendimos el alma y nos convertimos en aliados de Estados Unidos, perdimos todo poder de negociación», agregó Farhat Paracha, esposa de Saifullah Paracha y madre de Uzair Paracha. Ambos están presos en la base naval estadounidense en la bahía de Guantánamo, Cuba

Pero Muneeza Paracha, su hija mayor, una graduada en administración de empresas de 24 años que mantuvo a flote el negocio familiar, se muestra más tranquila. «La situación, de algún modo, es diferente que en 2003», evaluó.

«Creo que el gobierno de Bush está bajo inmensa presión para clausurar Guantánamo. Los medios hicieron mucho y todavía son sensibles a la difícil situación de los prisioneros, lo cual me genera muchas esperanzas», añadió.

Pero Muneeza no niega que la vida sin su padre ha sido dura.

Saifullah Paracha, exitoso empresario y filántropo de 60 años que residía en esta meridional ciudad portuaria pakistaní, está preso en la cárcel de Guantánamo desde septiembre de 2004.

Mientras se dirigía a una reunión empresarial en julio de 2003, fue capturado en el aeropuerto de Bangkok y conducido al celdario de la base aérea estadounidense en la localidad afgana de Bagram. Pasó 15 meses allí hasta que lo llevaron a Guantánamo.

Cuatro meses antes, Uzair Paracha, de 23 años, había sido arrestado por agentes de inteligencia cuando viajaba a Estados Unidos por negocios. Se le acusó de conspiración terrorista y presuntos vínculos con la red terrorista Al Qaeda.

Esta organización islamista, liderada por el magnate saudita Osama bin Laden, es responsabilizada de los atentados que dejaron 3.000 muertos en Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001.

«Mi esposo era una persona muy fuerte, pero el secuestro de Uzair lo quebró. Fue entonces que lo vi llorar por primera vez. Se sintió impotente por no poder ayudar a su hijo», relató Farhat.

«No sé si viviré para ver a mi hijo. Ésa es mi peor pesadilla. Lo condenaron a 30 años de cárcel», dijo Farhat, de 56, que sobrevive con antidepresivos y la llamada mensual de 15 minutos que le hace su hijo.

«Él era como cualquier joven de más de 20 años, con el mundo a sus pies y una novia. Ellos estaban desesperadamente enamorados y solamente aguardaban a que él terminara sus estudios. Ella se casó hace poco y no la culpo, porque no podía esperar eternamente», agregó, con la voz temblorosa.

Según ella, él engordó porque evita salir a hacer ejercicio, porque para eso se les exige desnudarse para un registro corporal. «Pasa mucho tiempo leyendo y también reza regularmente».

El único contacto de Farhat con su esposo desde julio de 2003 fue a través de su abogado o de correos electrónicos de algunas organizaciones de derechos humanos, además de cartas que son «breves garabatos apurados en el dorso de documentos de la Cruz Roja».

Sin haber sido acusado de ningún delito, Saifullah Paracha fue declarado sospechoso de vinculación con Al Qaeda, lo que él niega.

«Lo consideran partícipe de un plan de Al Qaeda para introducir explosivos en Estados Unidos», dijo Zachary Katznelson, de la organización no gubernamental británica Reprieve.

Katznelson se reunió con Saifullah Paracha dos veces, la última de ellas en octubre, y habló una vez con él por teléfono en noviembre.

«Él nunca ocultó haberse reunido con Bin Laden en 1999. De hecho, solía alardear de ese encuentro y quedó bastante sorprendido por su hablar suave. Dice que quería conocerlo para que le diera su versión», relató Farhat.

Acerca del posible vínculo entre el secuestro del padre y el del hijo, Katznelson dijo que «las acusaciones de ambos se relacionan con contactos que tuvieron con Majid Khan, otro prisionero pakistaní en Guantánamo».

Khan, acusado de ser miembro de Al Qaeda, negó que los Paracha tengan vínculos con esa red o con actividades terroristas. Los conoció como empresarios pakistaníes.

Saifullah Paracha está prisionero en el Campamento 5 Delta, que, según su esposa, es «como vivir en su propia tumba». «El Campamento 5 es una prisión de máxima seguridad», explicó Katznelson.

Cada celda tiene unos dos metros por dos metros y medio. Las luces están encendidas las 24 horas. A los prisioneros se les permite salir de allí dos horas por día. Durante mucho tiempo, los guardias sometieron a los prisioneros a temperaturas extremas.

Afortunadamente, desde el comienzo del Ramadán, los guardias dejaron de hacerlo y mantuvieron una temperatura generalmente fresca.

Las dos ocasiones en que Katznelson estuvo con Saifullah Paracha, el prisionero estaba con grilletes.

«La primera vez estaba en el hospital de la prisión. Tenía brazos y piernas encadenados a la cama. La segunda vez, en una sala de reuniones en el Campamento 5, estaba encadenado al piso. A mi solicitud, le quitaron la cadena de la mano, pero no la de la pierna», recordó

Aparte de exponer a los prisioneros a temperaturas extremas, los guardias practicaban un violento desvío de las normas, dijo Katznelson.

«Por ejemplo, si un prisionero que era conducido a una ducha miraba a otro prisionero o le hablaba a alguien, era golpeado. También si colocaba su bandeja de comida vacía en el lugar equivocado», explicó.

«Cualquier guardia en cualquier momento podría ordenar una golpiza, o el aislamiento de un prisionero. En condiciones de aislamiento, las barbas y las cabezas de los reclusos son afeitadas por la fuerza».

Pero el reciente cambio de comandante derivó en una reducción de las golpizas, afirmó Katznelson.

Los largos años de encarcelamiento dejaron huellas en Paracha. Según el activista, «experimentó varios dolores de pecho y está en grave riesgo de sufrir un ataque cardiaco».

El recluso fue noticia hace poco, pues se le rechazó su pedido de traslado a un centro médico civil para ser sometido a un procedimiento cardiaco.

Su esposa explicó que «él encuentra inadecuadas y riesgosas las instalaciones del campamento para llevar a cabo un cateterismo. No es una decisión impulsiva sino racional».

«Él no está recibiendo atención médica adecuada. Su vida está en riesgo. El gobierno pakistaní debe intervenir a la brevedad posible para hacer que el señor Paracha vuelva a casa», opinó Katznelson