General

Los caminos de América Latina

Ene 12 2007

Por Niko Schvarz
Bitacora

A fines de 2006 brotaron como hongos una serie de análisis tendentes a desnaturalizar o a minimizar el rasgo dominante de los acontecimientos en América Latina a lo largo del año: la conquista de los gobiernos por parte de las fuerzas de izquierda en la mayoría de los países, sobre todo en Sudamérica.

Estos hechos complementaron los que se venían produciendo desde el comienzo del nuevo siglo y milenio y permiten afirmar que la región ingresó en un nuevo momento histórico.

Se habla por una parte de populismo, de incertidumbres, de que no ha habido cambios drásticos (versión eurocentrista de Joaquín Roy). En otros casos se insiste en el populismo, se dice que esos nuevos gobiernos no constituyen un movimiento regional y carecen de un rumbo homogéneo, o que son socialdemócratas y no responden a proyectos socialistas (recopilación de Mario Osava de IPS, que toma como oráculo a Latinobarómetro). Por último Julio María Sanguinetti (reincidente en estas lides, antes en El País de Madrid y ahora en La Nación de Buenos Aires) afirma paladinamente que no hay izquierda ni »grandes causas convocantes» en Latinoamérica. En realidad este artículo está dedicado a combatir las medidas del gobierno frenteamplista que posibilitaron el enjuiciamiento de Bordaberry y Blanco y de un grupo de militares y policías golpistas, los cuales gozaron de impunidad en los cuatro gobiernos posdictadura, incluidos los dos que él encabezó. De paso, digamos que la defensa a plenitud de los derechos humanos en toda su extensión imaginable es un rasgo común al conjunto de los gobiernos de izquierda, que los diferencia nítidamente de los anteriores. Aquí sí el cambio es drástico.

Las transformaciones sobrevenidas son de tal magnitud que no caben en los antiguos parámetros de ciertos analistas. Veamos. En el período anterior estaban en el gobierno F. H. Cardoso, Menem, Zedillo, Fujimori, el general Bánzer. El neoliberalismo era dueño y señor. Antes aún imperaban las dictaduras militares impuestas por EEUU, los generales brasileños y Pinochet, el Goyo Álvarez, Videla y Somoza. Ahora están Lula y Tabaré, Rafael Correa y Chávez, Evo Morales y Michelle Bachelet, René Preval y Daniel Ortega. La seguidilla de los dos últimos meses del año es arrasadora: Lula reelecto con más de 58 millones de votos, cifra que no se alcanza en casi ningún país del mundo, al final Chávez con 62,87%, en el medio el nicaragüense Ortega y el ecuatoriano Correa. El origen social de los electos por el pueblo habla por sí solo: un obrero metalúrgico venido de la miseria extrema, un representante de los pueblos indígenas, una mujer, luchadores por los DDHH, un líder de la guerrilla que derrocó la dictadura enfeudada a EEUU. Son nuevos sectores sociales, otras clases. Correa triunfa frente a Álvaro Noboa, el mayor magnate de Ecuador y uno de los mayores del mundo, huésped de las páginas de Forbes. Chávez y Lula se sobreponen a campañas mediáticas de virulencia y extensión inusitadas. Son victorias contra el poder del gran capital y contra el poder del monopolio mediático.

»No hay cambios», se dice, todo se reduce al populismo (con una connotación peyorativa, que incluye la demagogia como ingrediente básico). Es al revés. Si miramos la macroeconomía, Brasil rompe amarras con el FMI, también lo hacen Uruguay y Argentina con otras características. En Mar del Plata, por acción decisiva de los gobiernos del Mercosur, el ALCA (plan maestro de la Iniciativa de las Américas lanzado por Bush padre en 1990) quedó definitivamente enterrado. Ambos hechos atesoran una enorme significación, tanto simbólica como intrínseca. La Bolsa Familia brasileña y el plan de emergencia uruguayo marcan el sentido de los cambios en las políticas sociales, para combatir la pobreza y las iniquidades. Al mismo tiempo se ha perfilado una política exterior independiente, soberana y de paz como denominador común de los gobiernos de izquierda, marcada por la confrontación con el imperio y expresada en la elección de la secretaría general de la OEA y del cargo latinoamericano en el Consejo de Seguridad, en la condena en la cumbre iberolatinoamericana de Salamanca y en la ONU del bloqueo a Cuba y en el rechazo a la agresión a Irak, donde sólo El Salvador mantiene tropas. Esta política se inscribe en el cuadro de la lucha contra la configuración unipolar del mundo con su correlato de guerra, agresión y saqueo, y por la democratización de los organismos internacionales.

Otro rasgo común de los gobiernos de izquierda es la nueva dimensión de la lucha por la democracia. Primero, porque alcanzar el gobierno en las condiciones impuestas por los regímenes anteriores configuró en sí mismo, en muchos casos, una verdadera proeza, sólo posible de alcanzar por el apoyo de la mayoría absoluta del pueblo. Evo Morales alcanzó la victoria en el primer turno con 54% de los votos para su joven partido MAS, superando a los viejos partidos como el MNR (que abjuró de los postulados de la revolución de 1952) sumados a todos los demás partidos. Preval obtuvo más votos que los otros 31 partidos juntos. Ya hablamos de Lula y Chávez. El caso del Frente Amplio es paradigmático, ya que superó en primera vuelta la suma de todos los votos partidarios acrecentada por los votos en blanco, anulados y observados, y el Partido Colorado de Sanguinetti quedó reducido a un dígito. Lo mismo le ocurrió en Venezuela a AD y el Copei, que desaparecieron del mapa político. Los partidos de izquierda son defensores acérrimos del sufragio universal, del que ahora reniegan otras formaciones políticas, como las que siguen a la oligarquía boliviana, sobre todo santacruceña, que quieren borrar el resultado de las elecciones nacionales, de las elecciones a la Constituyente y del plebiscito autonómico, que rechazó el secesionismo.

Los partidos de izquierda alientan desde el gobierno todas las formas de democracia participativa, tanto en el ámbito nacional como local. Una vasta cantera de ejemplos en esta materia son objeto de estudio en el mundo. La lucha democrática se concibe como un espacio de conquista permanente de nuevos derechos y libertades. Esta es una de las »grandes causas convocantes» que al decir de Sanguinetti no existen. En los países donde no se ganó el gobierno como en México (posiblemente a causa del fraude) se desplegó una lucha democrática de millones de personas movilizadas durante semanas, por el respeto de la voluntad ciudadana. La sacrificada movilización campesina fue fundamental para que el Congreso boliviano superara la parálisis y aprobara la nueva ley de reforma agraria.

Se hace caudal, por parte de diversos críticos, de la diversidad y heterogeneidad de las fuerzas de izquierda y de sus gobiernos (aunque algunos se niegan a caracterizarlos como tales). Lo cierto es que los movimientos de izquierda tienen una gran variedad, actúan en realidades muy distintas, entrelazan diversas formas de unión entre ellos y de alianzas con otros movimientos, partidos y sectores de la sociedad. Pero esto demuestra la riqueza de los movimientos, que no están colados en un molde único, y su estrecha comunión con las sociedades en que están insertos. A la vez, ello no puede menos que generar ciertas contradicciones entre ellos. Aquí radica, me parece, una de las grandes paradojas de la actual situación. Porque cuando todo haría pensar que avanzaría considerablemente el proyecto de integración, principalmente sudamericana, que está en la médula de las concepciones comunes de los partidos de izquierda en el gobierno, hemos quedado atrapados en un cúmulo de contradicciones que enlentecen y desvían el proceso, lo que coloca al orden del día en forma apremiante la búsqueda de soluciones negociadas en un plano de igualdad y de respeto a las normas internacionales. Es un tema acuciante, como lo saben bien los uruguayos.

Se dice por último que esos gobiernos »no responden a proyectos socialistas». Tiempo al tiempo. La proyección hacia un régimen más justo, humano y solidario está en el horizonte de la izquierda. Esto no empezó hoy, y se mantuvo como tendencia y aspiración también después de la caída del campo socialista europeo. Lo demuestran los documentos fundacionales del Foro de Sâo Paulo, nacido en la ciudad bandeirante en julio de 1990. Tampoco existe una muralla china entre una democracia extendida y profundizada y el socialismo. Un gran pensador uruguayo decía en forma premonitoria, allá por 1989, que »la consolidación y defensa de la democracia y su profundización se nos aparece como la faena central en este momento y en este final del siglo XX. Incluso para llegar a conquistar y construir un día la sociedad socialista».