General

Los sujetos del cambio

Ene 19 2007

Por Esteban Valenti (*)
Bitacora

Proletarios de todos los países unios, lanzó al mundo un programa de cambios totales y totalizadores, que incluían en forma plena e inseparable una nueva economía política, una nueva filosofía, una nueva política y sobre todo un actor central de ese proyecto: el proletariado, ese término acuñado en época de esclavos y del imperio romano, pero que asumió su verdadero significado en el siglo XIX.

Este verano no da mucho respiro para afrontar temas políticos y sociales de actualidad y en agitado movimiento, pero obliga a reflexiones que van más allá de las cotidianas tribulaciones. ¡Cuánto hemos cambiado!, hasta para hablar de estos temas tenemos que justificarnos…

La primera y la segunda revolución industrial se han completado y el proletariado, a escala universal, no alcanzó la plena conciencia de su papel histórico. Y todo ha cambiado, radicalmente. El estatismo o colectivismo forzado se ha derrumbado en su cuna, en Rusia y en toda Europa del este y de los Balcanes. La internacional explícita o implícita de partidos cuya referencia era precisamente el proletariado, en muchos países, ha desaparecido; en otros, esos partidos son irreconocibles; en algunos, combaten una batalla impar. Yo formé parte de esos partidos, por si algún lector desprevenido lo olvida.

Los movimientos, partidos, agrupaciones que en América Latina revindican su condición de izquierda no tienen como su referencia social central al proletariado. Algunos análisis politológicos describen a la izquierda actual, fundamentalmente en su esfuerzo por ocupar el centro del espectro político. Discrepo. Si la política fuera sólo o principalmente el esfuerzo por ocupar posiciones topográficas en el centro, sería la más aburrida y banal de las actividades humanas. Es y seguirá siendo todo mucho más complejo.

El análisis de los actores del cambio se puede hacer desde diversas vertientes. Desde el programa o los programas – porque en cada país asumen diferencias y peculiaridades -, desde los afluentes sociales – que en muchos casos se han organizado por fuera de los propios partidos -, o desde la composición sociológica de los votantes, de los participantes y militantes de los partidos. En cualquiera de los casos, los cambios han sido notorios y profundos.

Ganar elecciones, volverlas a ganar y gobernar países, estados, regiones, ciudades como hoy lo hace la izquierda en América Latina es entender a sus sociedades y darles respuesta a sus problemas. Y ése es el principal punto de referencia para definir a los nuevos actores del cambio.

Nuestras sociedades han cambiado en su estructura productiva, en su estructura poblacional, en su cultura y activismo social, en la propia composición, diversidad y riqueza de la sociedad civil. Aunque las frustraciones sean casi las mismas, los niveles de pobreza y de exclusión se mantengan a nivel escandaloso y el fracaso del proyecto neo liberal del mercado como supremo juez de la economía y la sociedad se haya demostrado un fracaso; y se agregue la renuncia de las propias clases dominantes vernáculas y tradicionales a buscar modelos y proyectos propios de desarrollo.

Han aflorado nuevos problemas, que si bien tienen como base esa profunda injusticia social, tienen su propia autonomía. La igualdad de oportunidades para las mujeres, para las comunidades indígenas y afro en nuestras sociedades, asume hoy un rol que nunca antes tuvo, ni a nivel general, ni para la izquierda. Y éstos son actores esenciales del cambio. Aportan su historia, su programa, sus identidades, sus urgencias.

Los pobres y los marginados – que siempre representaron para la izquierda además de la demostración evidente y estridente de la injusticia de capitalismo y en particular del capitalismo salvaje, por lo tanto inscriptos en su bandera de emancipación -, hoy asumen, o deberían hacerlo, connotaciones políticas y sociológicas mucho más claras, precisas y propias. ¿Cómo transformarlos en sujetos del cambio y no en objetos de asistencia y atención estatal? Asumamos además que estos sectores, fundamentalmente juveniles y femeninos, tienen niveles de organización y expresión ciudadana muy baja. ¿Qué papel debería jugar la información, la comunicación y sobre todo la educación en esta batalla que, además de social, es profundamente cultural y democrática?

La intelectualidad ha recibido todo el impacto del derrumbe y de sus estrechas y carnales relaciones con la izquierda y con el cambio. No sólo ni principalmente en el plano político, sino precisamente en el terreno de la elaboración de las ideas, de la producción intelectual. Los antiguos lazos »orgánicos» no son recuperables, ni estoy muy seguro que serían favorables a la necesaria independencia entre academia y política, pero las ideas siguen siendo el terreno de avanzada para construir los cambios. No habrá continuidad en los procesos si no están precedidos y abonados en cada paso por el aporte de nuevas ideas revolucionarias. El canto de las sirenas de la derecha y de algunos disfrazados de centro, de que la izquierda está condenada a administrar el sistema y a turnarse en el manejo del gobierno y del poder – si lo aceptamos – sería la peor derrota.

Luego de la gran perplejidad que siguió a la caída del muro, la verdad es que desde el punto de vista político nos hemos recuperado con extrema rapidez, pero no hemos logrado construir un discurso, una elaboración teórica que incorpore estos temas en sus diferentes fases y contenidos, en la elaboración y en la práctica de la izquierda.

Uno de los más graves errores históricos de la izquierda, y no sólo de la componente comunista, fue haber entregado completamente las banderas de la democracia a nuestros adversarios. No como discurso, sino muchas veces como práctica, como elaboración y como capacidad de desarrollo. Pero otra de las formas de entregar ahora esas banderas, que tan profundamente están arraigadas en el nacimiento de la propia izquierda con la revolución francesa, es tener el concepto y la elaboración de la izquierda como algo inmutable y detenido en el tiempo.

Democracia y poder son dos conceptos inseparables y la naturaleza y el contenido del poder han cambiado tan profundamente como los actores del cambio. Se han concentrado factores de poder como nunca antes en la historia. Agrupamientos de poder económico, tecnológico, de comunicación e información y cultural. Incluyendo en este último termino también el aspecto ideológico. Incluso el tema de la ética y la moral republicana, tan presente y angustiante en nuestras sociedades latinoamericanos, no asume su verdadera dimensión si no lo analizamos en el gran fresco histórico y actual de la democratización.

La democracia, sus formas, su constante renovación y avance son factores fundamentales de cambio. Si la izquierda las reduce a algunas líneas de participación y las cerca con los elementos institucionales, un poco por comodidad política y otro poco por orfandad teórica, renuncia a una de sus funciones más importantes: combatir y construir nuevos espacios de libertad. Tampoco nos podemos hacer los distraídos en cuanto a las relaciones entre los gobiernos y las corporaciones, asumiendo que también en nuestro terreno existen y operan corporaciones, cuyos objetivos, urgencias y prioridades pueden no coincidir con los objetivos generales y el proyecto general de la izquierda. La libertad y la democracia no son conceptos abstractos, son tensiones en pugna con otros valores e intereses.

Desde el poder, en muchos países de la región, ¿cuál es uno de los temas más agudos y más complejos que afronta o mejor dicho que subyace en la izquierda latinoamericana, en su debate?: el de la libertad, el de las formas de ampliar, profundizar y cambiar la democracia. Aceptar los extremos entre democracia representativa y participativa, es de una pobreza indigna de la izquierda y de las sociedades latinoamericanas.

El concepto de que el ciudadano es un sujeto histórico que no pertenece a una ciudad específica, sino al concepto genérico, a su imaginario social. El origen corresponde a la Revolución Francesa que proclamó los derechos del Hombre y del Ciudadano, en una distinción que anuncia la radicalidad del cambio político e institucional. La derrota de Robespierre, Couthon y Saint-Just a manos de Carnot, Lindet y Barère en Termidor fue uno de sus momentos claves de la Revolución, es su punto de inflexión, el cansancio y el agobio de la revolución, es su giro a la derecha – dentro del propio régimen. El gran triunfador fue La Llanura. No es casual que poco después los calificativos de ciudadano y de ciudadana fueron reemplazados por los de monsieur y madame.

Conviene recordarlo porque La Llanura siempre acecha, no sólo para usar la guillotina para decapitar hombres y mujeres sino sobre todo ideas, hoy más de doscientos años de ciudadanía cargan con la obligación de nuevos paradigmas, con la necesaria globalización democrática y esas son nuevas ideas en permanente lucha contra todas las Llanuras.

El centro de nuestro debate – que incluye el aspecto esencial de la ciudadanía, de los nuevos actores del cambio y de la dignidad de todos nuestros conciudadanos- es la construcción del poder y del antipoder.

Reconozcamos – aunque sea en plenas vacaciones – que estamos lejos, que estamos pobres, que estamos distraídos sobre un tema que es político, pero que es civilizatorio. Ciudadanas y ciudadanas del mundo unios y globalizaos.

Aux armes citoyens !
Formez vos bataillons !
Marchons! marchons !

(*) Periodista. Coordinador de Bitácora. Uruguay