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Narcos incólumes

Ene 5 2007

Por Diana Cariboni *

MONTEVIDEO, ene (IPS) – La coca florece en el mundo andino, se reduce un poco allí y aumenta un poco acá. El narconegocio pasa en América Latina de pocas a muchas manos, se diversifica en rutas, productos y subproductos, incorpora nuevos escenarios. Pero no da señales de mella.

Cuando en 1995 se supo que habían caído presos los jefes del Cártel de Cali, los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, hoy en manos de la justicia estadounidense, hubo un estallido de alegría en el sureño poblado de Calamar, departamento del Guaviare, por entonces principal zona cocalera colombiana.

Esas detenciones marcaban el fin del monopolio de ese cártel en la compra de pasta de coca (materia prima de la cocaína) que se producía en la zona, relató entonces a IPS el periodista estadounidense Alan Weisman, testigo de la celebración.

Con el aniquilamiento de las grandes mafias, «surgieron muchos cartelitos» de bajo perfil, dijo a IPS Francisco Thoumi, doctor en economía de la Universidad de Minnesota y director del Centro de Estudios y Observatorio de Drogas y Delito de la bogotana Universidad del Rosario (CEODD).

«Hasta cierto punto se democratizó la industria y aumentó la violencia interna. Estos cartelitos han tenido dificultades para tener brazos armados. Entonces, empezaron a subcontratar» la custodia de plantaciones, laboratorios y rutas al grupo armado que imperara en una zona determinada, en este país que lleva más de cuatro décadas de guerra civil, explicó.

La guerrilla izquierdista y los paramilitares ultraderechistas se dieron cuenta de que eran más poderosos que quienes los contrataban. Y así, «tanto las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) como paramilitares terminaron eliminando a los intermediarios» y «se han convertido en los elementos claves del negocio», indicó Thoumi.

A juzgar por la estimación del CEODD, los cocaleros de Calamar no tienen ahora mucho qué celebrar. «Los precios en dólares constantes de la cocaína al por mayor en Estados Unidos desde el año 80 hasta hoy han bajado en 90 por ciento», dijo Thoumi, contradiciendo a otras fuentes consultadas para este artículo.

Esta caída obedece al crecimiento de la producción, «mucho más que de la demanda, especialmente la de Estados Unidos», país que estaría absorbiendo «entre 35 y 40 por ciento de la cocaína que se consume en el mundo, no más», dijo.

La Oficina de las Naciones Unidas para la Droga y el Delito (Unodc, por sus siglas en inglés) calcula que existen 86.000 hectáreas de cultivos ilegales en Colombia, que generan unos 450 millones de dólares.

«Eso habría que repartirlo entre narcos, ‘paras’, guerrilleros, sobornos, campesinos, materia prima y precursores» químicos. «Sobre esa base, no se puede afirmar que la droga es el mayor financiador del conflicto armado colombiano», aseveró Thoumi.

En septiembre de 2006, autoridades uruguayas dieron con un cargamento de más de 340 kilogramos de cocaína boliviana, que una banda dirigida por colombianos e integrada por uruguayos y de otros países, se aprestaba a embarcar a Europa. Fue el decomiso más importante en la historia de este país.

Además, «pudimos desarticular la operación en todo su esquema, desde la producción y el transporte, hasta el lavado de activos», dijo a IPS el inspector Julio Guarteche, jefe de la Dirección General de Represión del Tráfico Ilícito de Drogas. Se presume que cargas similares han pasado por el país.

«Uruguay es objetivo de grupos colombianos. El narcotráfico local se vincula con mafias transnacionales: colombianos, peruanos, bolivianos, paraguayos, brasileños, rusos, nigerianos», agregó Guarteche.

Este pequeño país, con sólo 3,2 millones de habitantes, no produce, pero es consumidor y sitio estratégico para la salida a ultramar, además de tener un papel en el lavado de dinero cuya dimensión no está clara.

«En 2004, la operación más grande de Austria en toda su historia se organizó en Uruguay y nosotros la monitoreamos. Pasamos toda la información a colegas de otros países, lo que permitió desbaratar el tránsito de la cocaína desde Perú, pasando por Estados Unidos hasta Austria», sostuvo el inspector.

Según sus datos, el precio de la cocaína se ha mantenido constante aquí: la de buena calidad cuesta entre 6.000 y 7.000 dólares el kilogramo, y se vende en Europa a 30.000 euros.

En Argentina, la irrupción de la pasta base de cocaína –según diferentes estudios, producto intermedio en la elaboración de la cocaína o residuo de la misma– se vincula a una nueva «territorialización» en el Cono Sur americano en toda la cadena: producción, tránsito y consumo, dijo a IPS el abogado Alejandro Córdoba, de la Asociación Civil para el Estudio y Atención de Problemas Relacionados con las Drogas.

La obtención de cocaína a partir de la coca plantada en Colombia, Perú y Bolivia tiene al menos dos etapas diferenciadas: la maceración de las hojas para obtener pasta básica y el refinado que da lugar al clorhidrato de cocaína o cocaína a secas.

La primera se hace tradicionalmente cerca de los lugares de cultivo, mientras la segunda se concentró tiempo atrás sobre todo en laboratorios de Colombia, según Córdoba.

En virtud de la guerra al narcotráfico, con el entusiasta liderazgo de Washington, el proceso se dividió en más etapas y procedimientos, dando a luz nuevos subproductos que, con nombres similares o parecidos y contenidos diversos, alimentan mercados nacionales de drogas baratas en su camino a las grandes mecas del mundo rico.

Desde 2000 han aparecido cada vez más laboratorios de cocaína en Argentina. Los subproductos de ese refinado se venden localmente como «paco».

En Uruguay, Guarteche vincula el auge de la pasta base a la crisis económica de 2002, que afectó al narcotráfico «como a cualquier actividad económica».

«Muchos que habían comprado cocaína se endeudaron y no tenían cómo pagarla. Entonces empezaron a traer pasta base, más barata. Se conjugaron la crisis económica, por un lado, y el acceso por primera vez de sectores pobres a una droga que les ‘pegara’ fuerte», aseveró.

Pero estima que «la cúspide de la ola de la pasta base ha pasado».

Para el abogado Cristiano Maronna, del Instituto Brasileño de Ciencias Criminales, con sede en Sao Paulo, su país sigue siendo territorio de «pasaje obligatorio» entre los productores andinos y Europa y Estados Unidos.

Pero también «se afirma como polo consumidor de América Latina». Los brasileños producen marihuana y drogas sintéticas.

Maronna atribuye a la incapacidad de las autoridades que la represión se concentre en el comercio minorista de las áreas más pobres de las grandes ciudades, donde la policía aprehende cada vez más cantidad de drogas sin reducir su oferta, en una acción de «enjuagar el hielo», dice.

Un efecto grave del combate al problema es la condena judicial de usuarios como si fueran traficantes, lo cual lleva al «encarcelamiento masivo» de personas. Esta es una de las causas de la superpoblación en las prisiones. Una nueva ley, aprobada en agosto, elevó el castigo por tráfico de tres a cinco años de penitenciaría, impidiendo la aplicación de penas alternativas.

Para Hernán Peñafiel, abogado jefe de la División de Control de Tráfico Ilícito de Estupefacientes del Consejo de Defensa del Estado de Chile, la categoría «académica» de país productor, de tránsito o de consumo todavía tiene validez, porque permite simplificar el fenómeno en su característica predominante.

El territorio chileno es de tránsito, con las organizaciones criminales de los países productores aprovechando su fuerte estructura exportadora, menos controlada desde el exterior.

Sin embargo, «Chile juega un papel importante en la cuestión de los precursores químicos, de fácil producción y todavía de incipiente control», dijo.

El consumo es relativamente menor, aunque admite matices, dice Peñafiel. Las zonas pobres de la capital son vulnerables a la pasta base de Perú, un fenómeno que se acentuó gravemente en los últimos años y ahora parece estar disminuyendo.

«Hace unos 15 o 20 años en México, el consumo era reducido y localizado en ciudades fronterizas con Estados Unidos y centros turísticos. Hoy es otra historia», afirma el experto en temas de seguridad de la Universidad Autónoma Metropolitana, José Luis Piñeyro.

México aparece como potencia emergente, con una incidencia importante en toda la cadena. Casi ningún distrito está libre. Y se consume mucho más, tanto drogas «naturales» como sintéticas.

El gobierno explica el auge porque se ha sellado la frontera con el gran mercado del norte. Verdad a medias, según Piñeyro. «Se han generalizado las redes de distribución con miles de tienditas manejadas por familias», para las cuales es una forma de sobrevivir.

Los actores se multiplican. Las alianzas con los carteles sudamericanos son «evidentes», pero «lo que no se dice es que las hay también con mafias estadounidenses», afirma.

Hay corrupción «narco» en la policía y en algunos municipios. «Lo curioso es que éstos parecerían ser los únicos, lo que dudo. En el sistema financiero y en los círculos de poder está involucrado el narcotráfico, pero casi nunca vemos detenidos allí», apunta.

Perú pasó de proveedor de pasta básica a importante productor de cocaína, reconoció el presidente de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas, Rómulo Pizarro, responsable de la aplicación de las políticas antinarcóticos en el país.

«Según la Unodc, en 2005 se produjeron 180 toneladas de cocaína de las cuales solo se decomisaron 13 toneladas», explicó.

En el mercado estadounidense, esas 180 toneladas de cocaína alcanzan un valor de 4.140 millones de dólares. Pero la Unidad de Inteligencia Financiera sólo ha detectado 21 casos de lavado de dinero de la droga, por 379 millones de dólares, apenas 9,1 por ciento de lo que las mafias mueven en un año.

Pizarro señala la aparición de organizaciones peruanas que exportan a Estados Unidos y Europa en sociedad con intermediarios mexicanos o colombianos.

«Los representantes de los carteles extranjeros aseguran el financiamiento, producción, acopio y traslado de la droga. Anualmente se desbaratan de 10 a 15 organizaciones nacionales. Integrantes del cártel mexicano Tijuana son enjuiciados en el Perú», explicó. ¿Se está ganando o perdiendo la guerra? «El motor es la adicción. Pero eso no se arregla con represión», opina el uruguayo Guarteche.

* Aportes de Marcela Valente (Argentina), Mario Osava (Brasil), Daniela Estrada (Chile) Constanza Vieira (Colombia), Diego Cevallos (México) y Ángel Páez (Perú)

(FIN/2007)