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OCCIDENTE E ISLAM

Ene 15 2007

Por Mário Soares (*)

LISBOA, Dic (IPS) El terrorismo global es un flagelo que está
poniendo en cuestión lo que queda del orden mundial (que aún perdura)
y que, debido a su carácter imprevisible, nadie puede saber cuándo,
cómo ni dónde ataca. El combate contra el terrorismo es, por lo tanto,
un imperativo moral y político de capital importancia, que no puede ni
debe ser descuidado por los gobiernos responsables.

Con todo, no puede ser éste un combate ciego, en el que se corra el
riesgo de fustigar a poblaciones inocentes o de recurrir a medidas de
seguridad excesivas que no duden en atentar contra las garantías de
los ciudadanos, los derechos humanos y el derecho internacional.
Porque, en ese caso, estaremos poniendo en cuestión los valores
esenciales que cimientan nuestras sociedades democráticas y les
confieren credibilidad política y autoridad moral. Estaremos, sin
querer, siguiendo el juego del propio terrorismo.

La lucha contra el terrorismo no puede ser concebida como una «guerra»
-y mucho menos como una «guerra preventiva»- entre Occidente y el
Islam. Porque la simplificación de los conceptos de Occidente e Islam
es reductiva, peligrosa y, en última instancia, falsa, en la medida en
que no toma en consideración la complejidad de los valores que
representan y nos conducen a cometer groseros errores (como ya ha
ocurrido) y a deslizarnos, paulatinamente, casi sin que nos
percatemos, hacia una guerra de tipo religioso, que significaría un
retroceso de varios siglos en la historia de la civilización. Sería lo
peor que podría sucedernos.

Es posible que algunos valores del llamado Occidente no sean tan
universales como juzgábamos a finales del siglo pasado, tras el
colapso del universo comunista. A pesar de todo, la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas,
por unanimidad, en 1948, junto a las diversas cartas de derechos que
la completaron en las décadas siguientes, sigue representando la mayor
contribución jurídica y política para lo que Leopold Senghor llamaba
la «civilización de lo universal».

La complejidad del islamismo, su muy excepcional historia y
civilización, que tantas valiosas aportaciones ha dado al propio
Occidente, antes y después de ese momento de convergencia y de diálogo
único que supuso Al-Andalus, la variedad irreductible de sus
diferentes corrientes religiosas, aconsejan no confundir el Islam con
el fundamentalismo global ni tampoco con los llamados países árabes
moderados, que, a pesar de ser aparentemente dóciles en relación a
Occidente, no pasan de feroces dictaduras o de intolerables
teocracias. Por lo demás, el fundamentalismo global no es exclusivo
del Islam. Con mayor o menor violencia, no podemos olvidar los
fundamentalismos cristiano, judaico o hindú, sólo para citar los más conocidos.

El fundamentalismo global no tiene únicamente raíces religiosas, sino
también geopolíticas y sociológicas que mucho tienen que ver con el
subdesarrollo, con vastas zonas de desempleo, con el hambre, con la
cultura de la violencia, que todos los días se insinúa en las
televisiones del mundo entero, con la criminalidad internacional
organizada y con la humillación, tan ostentosa, que inflige el
capitalismo financiero y especulador y de los paraísos fiscales.

Por otro lado, Occidente no es hoy un todo compacto ni, mucho menos,
homogéneo. La hegemonía de los Estados Unidos -autotitulado imperio
benigno- bajo la Administración Bush, se halla en plena carrera hacia
un desastre político, económico y sociológico de proporciones
inimaginables. La Unión Europea, incapaz de definir una estratégica
autónoma en relación con los Estados Unidos, peca por omisión e
incapacidad de intervención, carente de un liderazgo con autoridad
moral y verdadera dimensión política. Latinoamérica, el tercer polo
occidental, está hoy, en el contexto mundial, en acelerada
transformación, indecisa entre un radicalismo de raíz populista
(mestizo o indígena) y un reformismo moderado de molde más o menos
socialdemócrata. Ojalá sean capaces de entenderse entre sí…

Pero el mundo es mucho más vasto que el Occidente y el Islam y se
halla también en rápido proceso de cambio. Los llamados países
emergentes -China, India, Rusia, Brasil, Suráfrica, Indonesia- están
al acecho del momento exacto que les ofrezca mejores oportunidades de
afirmación. Es natural.

Sólo con una reforma de las Naciones Unidas, de gran calado, que pueda
apostar por una especie de alineamiento mundial, podrían encararse
-con posibilidades de éxito- los grandes desafíos mundiales: la paz,
la eliminación del terrorismo, la erradicación de la pobreza, las
amenazas ecológicas que afectan al Planeta, el establecimiento de una
reordenación mundial que suponga para los pueblos de la Tierra mayor
igualdad, mayor libertad y mayor solidaridad, en el marco de un mundo
más justo y humano. El resto no será más que mera retórica, destinada
al olvido en el mismo instante en el que los discursos sean
pronunciados. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal